CONTRATAPA

Pulgas y garrapatas

 Por Osvaldo Bayer

Era lindo asomarse a la vereda en aquellos años, por las noches de verano. Pasaban jovencitas del brazo y daban vueltas y vueltas a la manzana. Había mucho verde, jardines con palmeras. En casa teníamos cuatro palmeras y cercos de ligustros y muchas flores. Pasaban también parejas enamoradas, sí, del brazo. Lunas grandes que se veían entre los techos bajos de las casonas y los chalets. Hoy son todos motores, cuatro líneas de esos ómnibus que roncan como bestias desesperadas que compró Menem. ¿Pájaros? Ja, ja, ja.
Pero no todo es así; hoy hay otras apariciones que nunca anduvieron por esas calles. Los pibitos que pasan de a tres o de a cuatro, con la piel de la tierra y los ojos sorprendidos. Revisan la basura, uno después del otro. De mayor a menor. Cada bolsa de plástico es revisada por sus manitos bien al fondo. Entre metida y metida se rascan la cabeza. Les doy algunas monedas. Mientras con una mano se rascan la cabeza, a la otra la abren para ver si hay alguna moneda de cincuenta. No dicen gracias, no tienen por qué decirlo. Le pregunto al mayorcito si tiene piojos. “Sí –me dice–, pero él tiene garrapata y pulga.” Y me señala al hermanito menor de todos. ¿Cómo hacen, se lavan la cabeza? “No –me contesta–, los matamos con los dedos, así.” Y me imita con toda precisión el crac. Ponen unos papeles en una bolsa de plástico y se van sin decir más. El menor se va jugando con un juguete roto. Les pregunto todavía dónde está la mamá. “Mi hermana –contesta el mayor–; ella va por Cabildo.”
Una periodista holandesa que ha venido a hacerme preguntas sobre Kirchner se permite la gran orgía: veinte, treinta fotos de los pibitos. Pero le espera más. Ahora sí, ya ha empezado a formarse la cola al costado de la verdulería de enfrente. Ahí esperan con paciencia principalmente mujeres y algún chico: a las doce, el verdulero saca la verdura que a la mañana ya no puede vender. Mandarinas sólo podridas en la mitad; verdura desmayada, pero todavía verde; bananas que se pueden pelar y quitar los ojos negros, duraznos todavía buenos alrededor del carozo. Naranjas achatadas de puro podridas, pero con algún gajo bueno. Argentina año dos mil. Pero el espectáculo está en el otro frente, la panadería. ¿Mendigos, vagabundos, pedigüeños? No, gente, gente. La cola de unos cien se apuesta junto a la puertecita de un costado del negocio, donde entran en sí la harina y las nueces peladas. Ahora va a salir el peón con las bolsas de panes que, por lo viejos, ya no se pueden poner mañana en el mostrador. Es buen pan, tal vez un poco húmedo o ya duro. Sería un buen teatro hacer pasar en ese momento a un actor que recitara a Rubén Darío y a su Argentina de las mieses doradas. Porque no puede ser, es apenas una situación escenificada, quiero pensar. ¿Cómo? ¿En la Argentina, la gente con la mano abierta va a mendigar pan? En el barrio de Belgrano, caserón de tejas, alcurnia y jardines, sirvientes y bridge. Antes. Ahora, autos, rascacielos, policía privada. Todos somos desconocidos.
No, no, ya no se ve la luna grandota; la esconden rascacielos que tapan todo. El indiecito de la garrapata y la pulga ligó un pan flautín sin hacer la cola. En casa vuelvo a leer el final de la conquista del desierto de Roca en la crónica del diario El Nacional. Otra vez, sí; la leo otra vez: “Llegan los indios prisioneros con sus familias. La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que, hincadas y con los brazos al cielo, dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano, unos indios se tapan la cara, otros miran resignadamente el suelo, la madre aprieta contra el seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia...”. (Es decir, el Ejército Argentino ya tenía antecedentes en el secuestro de niños que luego llevaría a la desaparición de recién nacidos para regalarlos. Claro, primero se prueba con los indios, luego con los subversivos. Pero Mariano Grondona por Radio Diez dijo que se trataba de indios chilenos. Ah, bueno. Los medios como fuente de educación. Lo tengo grabado para no olvidarlo. Es que hay que tener en cuenta lo que dijo Roca en el Congreso de la Nación: “El éxito más brillante acaba de coronar esta expedición, dejando así libres para siempre del dominio del indio esos vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de deslumbradas promesas al inmigrante y al capital extranjero”. El pibe de las garrapatas y las pulgas se lleva el flautín apretándolo contra el pecho. Debe haber tenido una abuela ranquel o mapuche. O chilena, como dice Mariano Grondona.)
Y, aunque me repita, leo otra vez la lista de los estancieros que cofinanciaron la campaña de Roca para ganarse las interminables pampas. La Sociedad Rural la presidía José Martínez de Hoz, tatarabuelo del ministro de Economía de la dictadura de desaparición de personas de 1976. Es que el Ejército Argentino es fiel a sus principios. Y lean los apellidos de aquel entonces, que integraban la recién fundada Sociedad Rural, igual que los de ahora: Amadeo, Leloir, Temperley, Atucha, Ramos Mejía, Llavallol, Unzué, Miguens, Terrero, Arana, Casares, Señorans, Martín y Omar, Real de Azúa.
“Los ranqueles no tienen salvación porque no tienen sentido de la propiedad”, escribió ya en 1827 el coronel Rauch, contratado en Europa por Rivadavia para “eliminar” a los ranqueles. Por eso, de dueños de las pampas a que vayan a comer del tacho de la basura. Porque el ser humano viene al mundo para tener propiedades, si no, ¿para qué viene? Occidentales y cristianos, nosotros. Para Roca, la estatua más grande de Buenos Aires y el billete de cien pesos. Para San Martín, el Retiro y el billete de cinco.
Prendo la radio y salta el anuncio: la firma Bayer propone un nuevo método para hacer desaparecer pulgas y garrapatas. Los establecimientos del capital, siempre atentos. Voy a preguntar a la farmacia cuánto cuesta. Claro, no, los pibitos de la basura no lo van a poder comprar. Pero tal vez sí las manzaneras o los planes Trabajar agreguen algo contra los bichos que invaden las cabezas del pobrerío, de aquellos que tienen una abuela mapuche, perdón, chilena.
Roca ya hubiera solucionado el problema, diría Blumberg. Porque bien lo decía el diario La Tribuna adicto a Roca, del 1º de junio de 1879: “Para acabar con los restos de las que fueron poderosas tribus, ladrones audaces, enjambre de lanzas, amenaza perpetua para la civilización, no se necesita ya otra táctica que la que los cazadores europeos emplean contra el jabalí. Mejor dicho, contra el ciervo. Porque el indio es ya sólo un ciervo disparador y jadeante. Es preciso no tenerles lástima”.
Claro, así, como lo dijo Blumberg. E íbamos a ver cómo se acabarían de repente los piojos, las pulgas y las garrapatas.

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