CONTRATAPA

Fintas

 Por Juan Gelman

Se acerca el primer aniversario del fatídico 11 de setiembre. También la guerra contra Irak. Bush hijo anuncia que consultará al Congreso antes de declararla, que pedirá al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que la arrope con su manto y que demandará que la acompañen a los miembros permanentes del Consejo, que tienen el poder de vetarla. Hay una cierta distancia entre esas declaraciones y la soberbia del no muy lejano “vamos solos aunque nadie nos apoye”. Parecen, sin embargo, fintas y se enumeran brevemente sus causas.
Las divisiones –reales o presuntas– en el seno del gobierno Bush. Mientras el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, insisten en la guerra ya, el secretario de Estado, Colin Powell, brega por un paso previo: reanudar el envío a Irak de inspectores de la ONU que detecten y desmantelen todo armamento de destrucción masiva que Bagdad podría conservar. Sería el duelo de una paloma solitaria contra halcones en su nido, pero en Johannesburgo Powell subrayó lo obvio: “La única postura que finalmente y realmente cuenta es la del presidente”. La posición de Powell, concertada o no, lo ha convertido en la figura de la Casa Blanca más popular. Una encuesta de Time le concede un 78 por ciento de aprobación, por encima del 69 de Bush, el 51 de Rumsfeld y el 49 de Cheney.
La reacción de los gobiernos aliados. Salvo el británico Tony Blair, los líderes de la Unión Europea sólo aprobarían la guerra contra Irak y, en última instancia, si la ONU presta el marco. Por su parte Rusia, uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, la vetaría. Su ministro de Relaciones Exteriores, Igor Ivanov, acaba de aseverar: “Estamos estudiando los comentarios de Washington sobre la inevitabilidad de una solución militar al problema iraquí. No se ha expresado una sola argumentación fundamentada que pruebe que Irak amenaza la seguridad nacional de EE.UU.. Son comentarios de naturaleza política”.
Los “aliados” árabes. Egipto encabeza –de manera más o menos enérgica– su oposición a la guerra. En especial después de escuchar no hace mucho por boca del almirante Peter Pace, vicepresidente del Estado Mayor Conjunto, que los objetivos potenciales de la llamada “guerra antiterrorista” no se limitan a Irak: incluyen además a Irán, Yemen, Sudán, Líbano, Somalia, Libia, Siria, Georgia, Malasia, Indonesia, las Filipinas. Y Colombia, claro.
La opinión pública. Para no hablar del mundo árabe y/o islamita –notoriamente encrespado por el apoyo irrestricto de EE.UU. a Israel– véase sus temperaturas en el aliado norteamericano más firme. Los resultados de una encuesta de ICM Research que el londinense Daily Mirror publicó el 2 de setiembre indican que el 71 por ciento de los británicos interrogados no quiere que su país participe en una guerra contra Irak. La semana anterior esa cota era del 52 por ciento y se advierte a las claras el rápido vuelco cuestionador de la política de Blair. No le va mejor a Bush hijo. Una encuesta de ABC News Nightline registra la declinación del entusiasmo bélico local producida en apenas dos semanas y media. El 11 de agosto último, un 69 por ciento de los consultados estaba a favor de una acción militar contra Irak; el 29 de agosto ese índice bajó abruptamente al 56 por ciento. Una aplastante mayoría del 80 por ciento opinó además que Bush debería tener la autorización del Congreso para atacar a Irak. En síntesis: enflaqueció el consenso “antiterrorista” que Powell supo construir después del 11/9 tanto fuera como dentro de EE.UU. Aun así, guerra habrá.
La decisión de concretarla se tomó hace tiempo, exactamente en la tarde del mismo 11 de setiembre. David Martin, corresponsal de la CBS News para asuntos de seguridad nacional, dio a conocer el 4 de este mes que Rumsfeld pedía a sus asesores la preparación de un plan de ataque contra Irak a las 5 horas de que un avión se estrellara, a las 9.38 de la mañana, contra un muro del Pentágono. El periodista tuvo acceso a las notas necesariamente telegráficas que el personal del Centro Nacional de Comando Militar tomó ese trágico día: a las 14.40 p.m. su jefe pedía que se prepararan planes de represalia para “golpear a S.H. (Saddam Hussein) al mismo tiempo. No sólo a UBL (Osama bin Laden)”. “Masivos –dicen las notas que Rumsfeld dijo–. Barrer con todo. Cosas relacionadas y no.” Martin comenta: “Casi un año después, hay muy pocas evidencias todavía de que Irak esté involucrado en los ataques del 11 de setiembre. Pero si las notas son exactas, eso a Rumsfeld no le importaba”.
Bush hijo y sus halcones no sólo piensan invadir Irak para cambiar el régimen: controlar sus grandes reservas petrolíferas exigiría una ocupación militar prolongada. No convencen a James Webb, ex subsecretario de Defensa estadounidense, los argumentos a favor de la invasión que Bush hijo esgrime. En el Washington Post del 3 de setiembre pasado, se pregunta si existe “algún interés nacional vital que nos lleve de la contención a la guerra unilateral y a una larga ocupación de Irak. ¿Acaso esa guerra y sus secuelas aumentarán realmente nuestra capacidad de ganar la guerra contra el terrorismo internacional?”. Es una buena pregunta. Claro que, como recuerda este ex funcionario de Reagan, la canción country más popular hoy en Estados Unidos, compuesta por Toby Keith, advierte a los enemigos que, si se meten con su país, “les plantamos una bota en el culo, es el estilo norteamericano”. Parece que sí.

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