CULTURA

“La voz está viva, es biológica, pero la escritura, en cambio, es mineral”

El italiano cuestiona el montaje de la escritura y reivindica el fluir de la oralidad.

POR OCTAVI MARTI*
DESDE PARIS

Tristano muere es el nuevo libro de Antonio Tabucchi (Vecchiano, Italia, 1943). Su historia es la de los últimos días de vida de un héroe –Tristano– que quiere dejar las cosas claras antes de morir y se confiesa a un escritor para revelarle el sentido y la complejidad de hechos que habían sido descritos antes de manera maniquea. Es también una nueva investigación sobre las formas del relato.
–Usted desconfía de la novela como género, de las obligaciones que comporta.
–El libro lleva como subtítulo Una vida y no “novela”. Hace ya muchos años que mantengo una relación difícil con la novela, no sé si es ella la que me esquiva o si soy yo el que no quiere encontrarla. En cualquier caso, “una vida” no sigue un orden lógico, sino que es una serie de acontecimientos. Para el narrador, lo importante es comprender la significación de los mismos, pero no quiere perder el tiempo hilvanándolos. Al escritor al que le cuenta su vida se la ofrece como el material rodado de una película y se desentiende del trabajo de montaje, que deja en sus manos. Para Tristano, una vida no puede contarse y ve al escritor como un tipo arrogante, como alguien que cree poder capturar a esa bestia selvática que es la vida y encerrarla en unas páginas. Una vida no se escribe, se vive.
–Tristano muere parece un libro pensado más para ser escuchado que leído.
–Hay una voz que habla y un escritor que escucha y que no soy yo sino un personaje. He privilegiado la oralidad, quería reproducir ese flujo verbal... He escrito tres versiones del libro, la última después de haberlo dado por acabado, y sobre esa última versión escrita aún hay cambios que los filólogos no encontrarán nunca porque son modificaciones surgidas de decir el texto en voz alta. Me lo sabía de memoria. Para Tristano, la voz ha de tener un estatuto superior al de la palabra escrita. En los mitos antiguos siempre es la voz la que tiene el poder, ya sea en el mito de Orfeo, en las referencias a los oráculos o en la idea de que “al principio fue el verbo”. La voz está viva, es fisiológica y biológica, la escritura es mineral.
–La vida de Tristano es un repaso crítico y desengañado de más de 50 años de historia.
–Pero el desengaño o desánimo no está en el origen: cuando él lucha como partisano no sabe que todo va a acabar desembocando en Berlusconi. El combate por un mundo ideal, cree en la democracia, pero luego ésta resulta que no es tan ideal como la soñaba. Y Tristano, en la medida en que agoniza, en que habla bajo los efectos de la morfina, es alguien que ya no tiene por qué mentir. No es como esos escritores que, una vez muertos, aún quisieran corregir ciertos detalles de su vida o de la lápida de su tumba. Tristano sabe que Italia no ha conocido una catarsis respecto de su pasado, que es un país que ha vivido en la ficción de que el fascismo era minoritario, cuando la realidad es que todo el país estaba detrás de Mussolini, exceptuada una aristocracia obrera e intelectual. En España, la República se enfrentó al fascismo y fue derrotada, pero nunca se entregó de cuerpo y alma al fascismo. En Italia, la sociedad es muy hipócrita, vive de espejismos. Hoy nadie dice haber votado a Berlusconi, pero ganó las elecciones.
–Usted cita a Paul Celan y a Adorno para referirse a la dificultad de escribir en el siglo del Holocausto.
–Hay alemanes que han vivido con el peso de la vergüenza de lo que hizo su país pero han seguido escribiendo en alemán. Paul Celan sufrió persecución, vio cómo mataban a su familia, pero él siguió escribiendo en alemán, se sirvió del idioma como vehículo de cultura. Mi lengua es mi patria y yo hablo en italiano, como Mussolini, pero lo único que comparto con él es el idioma. Las banderas o los himnos no me interesan, sólo me identifico con el idioma. Uno puede sentirse a gusto manejando otras lenguas, pero no por ello te sientes en casa. Respecto de la posibilidad de escribir poesía después de Auschwitz, creo que Primo Levi ya ha demostrado que sí es posible.
–El desánimo de Tristano sobre el mundo va acompañado de un cierto escepticismo sobre el papel de los escritores.
–Claro. Quiere corregir la biografía que el escritor escribiera años antes sobre él. Quiere mostrarse bajo otra luz, dejar un universo de buenos y malos, demostrar que el mismo héroe puede ser un bellaco. Eso es difícil en el mundo de Berlusconi o de Blair y Aznar, de gente que miente continuamente, que declaran una guerra por unas razones que luego olvidan y cambian por otras, que dicen querer acabar con unas armas de destrucción masiva que, al revelarse inexistentes, se trocan en una misión de exportación de la democracia.
–El libro tiene como portada la foto de un hombre andando por la playa...
–¡Un hombre vestido de una manera sorprendentemente elegante! Es una foto que encontré y he decidido que es la del padre de Tristano que acude a su propia boda. La foto es una forma de expresión que me interesa mucho porque tiene una relación muy fuerte con lo real. Tiene que ver con la pregunta del inicio, ¿quién testimonia por el testigo? Puede que el testimonio sea una convención social, que todo se basa en nuestra aceptación de su veracidad, aunque a veces haya razones más que suficientes para dudar de ella pero... pero sin testimonio no hay transmisión, y sin transmisión no hay cultura.

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.

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