DEPORTES › MURIO AMILCAR BRUSA, EL ULTIMO SABIO DEL PUGILISMO ARGENTINO

Monzón lo espera en el rincón

Responsable de haber consagrado catorce campeones mundiales, su máxima creación fue el mediano santafesino, el mejor boxeador de la historia del deporte nacional. Falleció ayer en Santa Fe, cuatro días después de haber cumplido 89 años.

 Por Daniel Guiñazú

Con la muerte de Amílcar Brusa, sucedida ayer en el Sanatorio Mayo de Santa Fe cuatro días después de haber cumplido 89 años, desaparece, acaso, el último sabio que le quedaba vivo al boxeo argentino. Fue sin dudas el técnico más importante de la historia del pugilismo nacional. El supremo hacedor de Carlos Monzón. Y el responsable de haber consagrado otros 14 campeones del mundo de distintas nacionalidades. Pero ninguno tan grande como el santafesino. Brusa tuvo, para Monzón, la autoridad de un padre. Le marcó límites, le puso los puntos, le alumbró caminos y se hizo respetar como quizás a nadie respetó en su vida el extraordinario campeón mundial de los medianos.

Nacido el 23 de octubre de 1922 en Colonia Silva, una localidad situada 135 kilómetros al norte de la capital santafesina, Brusa no fue el descubridor de Monzón. Flaco, desgarbado y anémico, Monzón llegó una tarde con siete peleas amateurs al gimnasio de Unión de Santa Fe, donde Brusa daba cátedra a principios de los ’60. Lo seducían dos cosas de él: su fama de entrenador duro y exigente. Y, sobre todo, sus buenas vinculaciones con la policía. Más de una vez (y aun siendo consagrado campeón profesional), Brusa debió apelar a sus contactos con algún comisario para que tras una reyerta callejera o un escándalo familiar, Monzón fuera liberado o dejara de ser buscado. Más de una vez, le puso plata y un pasaje de micro en la mano y le recomendó que se fuera de la ciudad. Cuanto más lejos, mejor.

En esas interminables horas de entrenamiento, el ojo experto y los formidables conocimientos boxísticos de Brusa, además de una intuición genial que le permitía distinguir a un crack de un mediocre con sólo mirarlos un minuto, le indicaron que ese morocho flacucho y fibroso que pegaba y rompía todo era un diamante en bruto. Había que pulirlo. Y Brusa lo pulió con paciencia de orfebre y mano de experto. También con un grito o una palabra fuerte cuando la rebeldía veinteañera de Monzón parecía desmadrarse. Le dedicó días, semanas, meses y años hasta forjar al boxeador que terminó siendo el más grande del siglo pasado en la Argentina.

Monzón reconoció todos esos esfuerzos con una lealtad descomunal. Le hizo caso siempre. Aun en los tiempos en los que la fama, el dinero, el alcohol y las mujeres lo transformaron en un personaje mucho más complicado de lo que siempre fue. Si, por ejemplo, había que iniciar una concentración un domingo al mediodía, Monzón llegaba. Fumado y alcoholizado, pero llegaba. Sabía que con Brusa no se embromaba. Y que mientras duraba la preparación para una pelea, el cigarrillo y el vino a los que era tan afecto le estaban prohibidos. Brusa fue el único que consiguió controlar a un tipo incontrolable. Había que tener mucho carácter para hacerlo. Y Brusa lo tenía. Conocía a Monzón mejor que ninguno.

Sobre el ring, Monzón también le guardó obediencia ciega. Hizo lo que su técnico le decía que hiciera y nunca se apartó de allí en cada una de las casi 100 peleas en las que lo tuvo en el rincón. Para Monzón, las peleas se las ganaba Brusa en el gimnasio. Y no se concebía boxeador sin él en la esquina. Cuando en 1977, Brusa le dijo que dejaría de atenderlo porque ya no le quedaba nada más para ganar, Monzón llamó a los periodistas y anunció su retiro para siempre.

Monzón fue su obra maestra irrepetible. Pero no el único. Después de que, en 1975, Juan Carlos Lectoure le cerrara el Luna Park para sus pupilos por diferencias económicas con las bolsas de Monzón, Brusa consagró campeón mundial mediopesado en 1977 a otro santafesino: Miguel Angel Cuello. Luego llevó su docencia y su trabajo a Venezuela y a Colombia. Y allí siguió funcionando su máquina de hacer campeones del mundo. Vinieron en serie el dominicano Francisco Quiroz (minimosca 1984), el venezolano Antonio Esparragoza (pluma 1987), los colombianos Miguel Happy Lora (gallo 1985), Sugar Baby Rojas (supermosca 1988), Tomás Molinares (welter junior 1988), Luis Mendoza (supergallo 1990) Rafael Pineda (welter 1991) y Francisco Tejedor (minimosca 1995), el salvadoreño Carlos Hernández (superpluma 2003) y otro argentino: Carlos Baldomir (welter 2005). En 2009 se hizo justicia e ingresó al Salón de la Fama de Boxeo de Nueva York como uno de los más grandes entrenadores de todos los tiempos.

A la Argentina retornó recién en 1991. La Federación de Box lo repatrió para manejar el gimnasio de Castro Barros 75. Pero allí duró poco. Las internas entre los entrenadores, la poca actividad y las magras bolsas lo convencieron de que había tomado la decisión equivocada. De todos modos, se dio tiempo para consagrar otros dos campeones del mundo: Juan Domingo Córdoba (minimosca) y Jorge Rodrigo Barrios en una versión menor del título superpluma. La última fue una dama: Alejandra Oliveras, quien el pasado 12 de agosto ganó el título liviano AMB.

Sentado en la primera fila del ring side y apoyado en un bastón porque los años le habían pasado factura a su físico imponente, sus indicaciones siempre precisas llevaron a la jujeña, aquella noche en Río Cuarto, rumbo al título del mundo. El último de una trayectoria que espiando boxeo debajo del ring y en la dura rutina de los gimnasios durante más de medio siglo lo llevó a ser, sin dudas, el mejor de todos los tiempos en la Argentina.

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