DEPORTES › LA PATRIA TRANSPIRADA

Brasil, sabemos qué se siente

(24 pulgadas, en reposo)

 Por Juan Sasturain

Una lástima, porque enseguida nos quedamos sin partido. Rarísimo lo que pasó. La sucesión de goles en la mitad del primer tiempo desnaturalizó todo. O, mejor, ya fue antinatural esa secuencia: “No es posible” que te hagan cuatro en diez minutos. Y entre equipos de algún modo con jerarquía equivalente. Además si es algo excepcional en un partido común, cuánto más en un Mundial, en semis y de local, cuando todo importa tanto... Y si encima –nada menos– sos Brasil. ¿Cómo puede ser? Y puede. Ya vimos que puede suceder –lo de España contra Holanda fue (aunque en menor grado) parecido– y todo lo que puede suceder, sucede.

Estas cosas son más comunes en el boxeo. También en el tenis. Pero ahí, en esos casos, hay una segmentación del tiempo o de las secuencias de competencia (rounds, sets) que pueden disolver la catástrofe, interrumpirla al menos. En el fútbol, no. Ni siquiera, como en el básquet, cuando te arrasan con tres o cuatro posesiones letales, se puede cortar: podría haber pedido minuto, Scolari, después del segundo, por ejemplo. O alguno que atine a tirarse al suelo, hacerse el muerto (no les costaba tanto). Pero es que enfrente estaban precisamente esos tipos, los “culpables”. Qué bárbaros, los bávaros, ya dijimos.

No es cuestión de asombrarse, en el fondo, ni menos de gastar al dolorosamente caído. Si nosotros podemos decir algo, precisamente, es porque –como dijo famosamente Scott Fitzgerald de su quiebre personal– “hablamos con la autoridad que da el fracaso”. Sabemos qué se siente. Aquel 1-6 ante los checos en Suecia, cuando todavía no estábamos vacunados contra la soberbia, y los correctivos 0-4 ante Holanda en el ‘74 y el último cuaterno con los mismísimos alemanes (estos mismos, matatis mutandis) ayer apenas, en Sudáfrica, con la descaminada conducción de Diego. Así que, en ese sentido, nada que decir: observar, callar y tomar nota.

Más allá de los excesos negativos para Brasil que convergieron en este partido anómalo –la desgraciada lesión de Neymar, la ausencia clave de Thiago Silva, la increíble falta de reacción de un equipo rápidamente quebrado, sin alma, apenas sostenido con hilvanes– está la solidez de Alemania. Es obvio, claro que sí. Ya lo dijimos un par de veces en estas semanas: al verlos jugar, cuando engranan, el fútbol parece fácil porque no hacen cosas raras ni espectaculares, pero convierten a cualquier adversario en un principiante.

Lo raro fue que ayer el que los sufrió fue nada menos que Brasil. Le puede pasar a cualquiera. Parafraseando la canción de moda, pero sin su espíritu chicanero: sinceramente, Brasil, sabemos qué se siente. Y de algún modo te acompañamos en el sentimiento.

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