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Una mitología hecha pelota

Ya está, ya fue, ya pasó: crónica de una muerte anunciada. Uruguay se quedó afuera del Mundial después de haber estado al borde de una hazaña que, en rigor, le hubiese significado una sobrevida. Pero ocurrió lo que debía ocurrir, y ahora, durante cuatro años, lamentará el cabezazo increíblemente desviado de Morales, con todo el arco a su disposición, cuando concluían los dos minutos de descuento y Senegal estaba nocaut en pie, con el resultado empatado en tres. El cabezazo desviado del goleador negro –era más fácil hacerlo que errarlo, suele bramar la gente en estos casos– fue una metáfora a la uruguaya: quedó ahí, vibrando en el ánimo de millones de televidentes del mundo para ayudar a pensar todo lo que el equipo pudo haber sido y no fue. “¿Quién escribirá la historia de lo que pudo haber sido?”, se pregunta Andrés Calamaro en un tema de Honestidad brutal.
Uruguay fue vapuleado en el primer tiempo: Senegal le hizo tres goles en 20 minutos, y le perdonó la vida un par de veces. Parecía la confirmación, en forma de pesadilla, de que pasar a la segunda ronda era un sueño excesivo para un equipo devorado por sus propios miedos. Perdido por perdido, el entrenador Víctor Púa hizo lo que medio planeta futbolístico le reclamaba desde el principio del torneo: puso en la cancha a Morales, el héroe de la clasificación, y a Forlán, uno de los pocos uruguayos que compiten en el primer nivel internacional. Morales y Forlán marcaron dos goles en menos de media hora. A Morales le harían luego el penal que Recoba transformó en empate. Ahí pudo cambiar la historia para siempre pero, en la tarde de Corea, Dios era africano y Morales, aunque negro, uruguayo. Dio pena ver a Forlán, Recoba, Morales, Regueiro, Darío Silva y Darío Rodríguez despedirse así del torneo. Pero tenían un contrapeso mortal en sus propias filas y en el banco. Pena fue lo que más dio Uruguay en este Mundial.
¿Pueden ser los jugadores mejores que su técnico? Sí, pueden. El ex ayudante de campo de Daniel Passarella se equivocó feo en lo táctico y en lo estratégico. Jugó a la defensiva, siendo la defensa lo peor del equipo y no aprovechó en el ataque a sus mejores jugadores, como si los adversarios le hubiesen escrito el libreto. Uruguay perdió ante Dinamarca un partido que bien podría haber empatado, no se animó a ganar el choque ante el fantasma de Francia, y frente a Senegal se acordó tarde de atacar. Un equipo uruguayo sin garra ni amor propio evidente durante 225 de los 270 minutos que le duró el Mundial es casi un insulto al pasado. Uruguay no es un equipo más en la historia de los mundiales: ganó dos, aunque allá lejos, hace tiempo. El primero, imponiéndose de local a la Argentina, en 1930. El segundo, de visitante ante Brasil. Ni el pasado remoto ni el pasado inmediato –Francia se fue ayer de este certamen sin haber hecho un solo gol– garantizan triunfos, pero siempre inspiran respeto. A menos que un equipo no se respete a sí mismo.
El más futbolero de los músicos uruguayos, Jaime Roos, cree que para el paisito un Mundial es más importante que para Italia, Francia o Alemania. Para los uruguayos, dice, el fútbol fue constructor de identidad. “Antes éramos campeones / les íbamos a ganar / hoy somos los sinvergüenzas / que caen a picotear”, escribió en “Los olímpicos”, uniendo el triunfo en los Juegos Olímpicos de 1928 en Amsterdam con los años del exilio. “En un país tan ateo como Uruguay, el fútbol fue el reemplazo de cierta mitología que, en otras culturas, provee la religión”, dice Jaime. “La gran hazaña no fue para nosotros Aquiles peleando contra Ayax sino la de la tarde aquella en que el pardo Abadie se la jopeó por arriba de la cabeza a no sé quién, y le puso el centro a Spencer, que la metió en un ángulo, en esa jugada maravillosa, imposible, que nadie esperaba. El fútbol es la mitología griega de los uruguayos.” Por eso el mito de Obdulio Varela, el Negro Jefe, que fue capaz de enmudecer el Maracaná y luego entristecerse con la congoja de los brasileños. De entristecerse tanto como para no festejar el título ganado,en la que sigue siendo la mayor hazaña colectiva de la historia de los mundiales.
Ya está, ya fue, ya pasó: los uruguayos deberán resignarse a Batlle, a las historias gastadas por el paso del tiempo, a la melancolía de los años dorados en que Solé inventaba el relato radial. Qué lástima, Uruguay, no haber podido convertir en sobrevida la historia de una muerte anunciada.

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