DIALOGOS › MáXIMO VICTORIA, UNO DE LOS PRINCIPALES INVESTIGADORES EN ENERGíA NUCLEAR

“El sistema nuclear argentino se hunde lentamente”

Fue detenido tras el golpe de 1976, pero la presión internacional forzó su liberación. Debió exiliarse y desde entonces trabaja en Europa. Aquí, advierte que el desarrollo nuclear pacífico en Argentina está a punto de colapsar y propone que el país se sume a una de las apuestas energéticas más fuertes de la humanidad: el reactor nuclear de fusión. Máximo Victoria sostiene que, en época del calentamiento global, las centrales nucleares actuales son la mejor alternativa para generar energía.

 Por Pedro Lipcovich

–Me preocupa mucho, hoy, la situación de la tecnología nuclear en la Argentina –subraya Máximo Victoria–. En este país, que ciertamente necesita energía, se ha desaprovechado la experiencia que databa desde la década de 1960. Especialmente en 1994 se dio un punto de inflexión, cuando el presidente Carlos Menem llegó al extremo de intentar vender las centrales nucleares: no pudo hacerlo, era una empresa imposible, pero, a partir de eso, toda una estructura científica y tecnológica con eje en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) se fue desarmando. Hoy la CNEA está, no sé si moribunda, pero ciertamente en muy malas condiciones. La ingeniería nuclear tiende a manejarse desde otra entidad, la empresa mixta NA-SA (Nucleoeléctrica Argentina S.A.).

–¿En qué podría afectar eso proyectos concretos?

–Lo que más me preocupa es la posibilidad de que, luego de más de 40 años de desarrollo nuclear, la Argentina termine comprando una central nuclear llave en mano, perdiendo la posibilidad de recuperar su propia capacidad de ingeniería nuclear. Según la información de que dispongo, el Gobierno está negociando la compra de una central nuclear pero sin darle a la CNEA ninguna participación; la NA-SA sí viene participando, por lo menos en el aspecto técnico. Si la CNEA no tiene lugar en este orden de decisiones, veo muy mal su futuro institucional.

–¿Cómo serían las mejores condiciones para adquirir una nueva central nuclear?

–Es probable, sí, que el reactor haya que comprarlo “llave en mano”, pero, sin perjuicio de esto, hay dos opciones bien distintas. Una es simplemente comprarlo y dar por terminada la cuestión hasta que llegue el momento de comprar el siguiente. La otra es aprovechar esa elevada inversión, que puede llegar a los 3000 millones de dólares, para recrear el sistema nuclear. Si existe voluntad política, el reactor que se compre puede ser parte de un programa de desarrollo tecnológico por el cual la siguiente central ya no sea “llave en mano”, sino que esté diseñada y armada en la Argentina. Es más, sería una oportunidad para una colaboración internacional, especialmente con Brasil, para encarar el reprocesamiento del combustible. Así planteado, en cinco o diez años la Argentina y Brasil podrían constituir un consorcio capaz de vender centrales nucleares en América latina y el Tercer Mundo.

–Habría capacidad tecnológica para ese proyecto...

–Si bien el sistema nuclear argentino ha venido hundiéndose lentamente, las instituciones todavía están: la empresa estatal Invap demostró su capacidad par diseñar y vender reactores de investigación y llegó a diseñar un reactor generador de energía. Y, claro, está la CNEA que, por ejemplo, desde hace 50 años da cobertura financiera a una institución esencial en el sistema científico tecnológico argentino: el Instituto Balseiro, que, en Bariloche, forma físicos e ingenieros en el mejor nivel internacional. Sus graduados tienen asegurado su lugar en cualquier laboratorio del mundo. No conozco otras instituciones científicas que, en la Argentina, hayan mantenido durante medio siglo el nivel científico y técnico del Balseiro. Si bien es un ente universitario, el hecho de pertenecer a la CNEA ha servido para mantenerlo financieramente, y preservó un nivel académico que quizá no habría podido mantenerse bajo los vaivenes de las universidades argentinas. Bueno: sería una pérdida terrible que el Balseiro, en caso de que la CNEA se desestructure por completo, llegue a desaparecer.

–¿Usted ve a la CNEA en riesgo de desestructuración completa?

–Debo aclarar que el Gobierno actual, como el anterior, han cumplido en cuanto al resguardo de la ciencia y la tecnología, especialmente mediante la acción de Lino Barañao (actual ministro de Ciencia y Tecnología). Sería doblemente lamentable que, en un país que otorga a esas actividades tanta importancia como para destinarles un ministerio, la CNEA pudiese morir de inanición, en lugar de desempeñar su papel fundamental en el desarrollo tecnológico del país. Entretanto, al no existir ya un programa nuclear, no ha sido posible el recambio generacional de los grupos de profesionales formados en el tema. En la CNEA y, a partir de ella, en otras instituciones, se había logrado construir un caudal que, si no se ha perdido, está disperso. Por ejemplo, en el programa de centrales nucleares que se construyen en Sudáfrica, hay cantidad de ingenieros que provienen de Bariloche; es una mano de obra que se podría haber utilizado en la Argentina.

–¿En qué contexto internacional se enmarca esta situación?

–Viene a coincidir con un renacimiento de la energía nuclear en el mundo. Durante un largo período y salvo en Francia, donde el 80 por ciento de la energía procede de reactores nucleares, en la mayor parte del mundo no se construyeron centrales nucleares; incluso, las grandes empresas que las fabricaban, como Westinghouse, General Electric y Siemens, fueron perdiendo su caudal de ingeniería y de personal capacitado. Pero hoy existe, a la vez que una alta necesidad mundial de energía, una fuerte presión para que el crecimiento energético no siga contaminando el medio ambiente, y una gran inquietud por el calentamiento global. La energía nuclear, limpia en cuanto a la contaminación ambiental directa, es la principal candidata en las actuales circunstancias, y yo me animaría a decir que no hay otra opción: entre las llamadas energías alternativas, ninguna tiene capacidad para producir la densidad de energía que produce un reactor y que es la necesaria para uso industrial.

–Esa resistencia internacional a la construcción de centrales nucleares se vincula con el accidente en Chernobyl.

–Sí, pero, está probado que las centrales existentes y en construcción, que son cientos, no hay posibilidad de un nuevo Chernobyl. Vale recordar que en Estados Unidos se dio el peor accidente nuclear que puede sufrir una central atómica. Y no pasó nada grave. Llegó a salir al ambiente una pequeña cantidad de gas radiactivo, tan escasa que ni siquiera hizo falta evacuar a los habitantes de la zona. La seguridad en las centrales nucleares ha sido estudiada por grupos independientes en todo el mundo; creo que hay menos seguridad en una gran planta química que en una central nuclear. Pero después sucedió Chernobyl y los relojes retrocedieron veinte años en cuanto a la energía nuclear.

–¿Por qué no podría tener lugar otro Chernobyl?

–Chernobyl era un tipo de reactor que, destinado a generar energía eléctrica, se usaba también para generar plutonio con fines militares: en la base del accidente estuvo el hecho de que el reactor estaba siendo constantemente manipulado para retirar el plutonio. Además, en Chernobyl, como en otros reactores de ese tipo que siguen funcionando en Rusia, los bloques de grafito que contienen el combustible no están contenidos en un recipiente que los aísle, mientras que el diseño convencional de las centrales incluye un recipiente de presión y una estructura de hormigón de muy alta resistencia.

–A propósito del ejemplo estadounidense, un argentino escéptico podría objetar que, sí, ese accidente se controló en Estados Unidos pero ¿en países con un clima de falta de mantenimiento y administraciones corruptas?

–Todo reactor nuclear debe cumplir con requerimientos de seguridad internacionales. Y el hecho es que las centrales nucleares argentinas ya llevan 30 años sin que se hayan producido otros percances que los considerados normales en los reactores. También en la Argentina puede funcionar la energía nuclear.

–En cuanto a los desechos radiactivos de las centrales, ¿cuál es la situación y las perspectivas?

–En los reactores llamados de primera generación, como los que tiene la Argentina, la eficacia con que se usa el combustible puede no superar el 10 por ciento: quiere decir que el residuo radiactivo es mucho mayor de lo que podría llegar a ser. En los de tercera generación, ya en funcionamiento, la eficacia supera el 20 por ciento, y se proyecta una cuarta generación con el objetivo de superar el 80 por ciento de eficacia. Esto reduciría mucho la cantidad de residuos.

–¿Qué se hace actualmente con los residuos radiactivos?

–Lo que de hecho se hace en prácticamente todo el mundo, incluida la Argentina, es retirar los combustibles quemados y depositarlos en una pileta con agua.

–Es, por supuesto, un destino provisorio.

–Claro, pero, con los debidos recaudos, resulta seguro. Para su destino final, se plantean dos posibilidades. Una es el reprocesamiento, que consiste en separar de los residuos la sustancia propiamente radiactiva, lo cual reduce mucho el volumen, y guardarla en sistemas vitrificados. El método ya se viene aplicando en Europa, especialmente en Francia. Hasta ahora, muestra suficiente estabilidad como para guardar el combustible quemado. Cierto que es difícil extrapolar esta seguridad a los cientos de miles de años que dura la radiactividad.

–¿Cuál es el otro método?

–Estados Unidos no quiere el reprocesamiento porque éste implica separar los elementos activos y entre ellos el plutonio, que podría servir para hacer armas atómicas, y ve un riesgo de proliferación nuclear. El proyecto norteamericano es poner los residuos en un “sarcófago”, un recipiente de acero blindado, que se guarda en algún lugar; esto requiere mucho lugar para almacenamiento, y están horadando una montaña, en Nevada, para este fin.

–La política internacional de Estados Unidos con respecto a la cuestión atómica, ¿puede afectar el desarrollo nuclear de la Argentina?

–Estados Unidos tiene una política muy fuerte y cerrada en cuanto a la proliferación, a partir del riesgo de que las centrales comerciales puedan emplearse para generar material que se use para armas nucleares. Tiene una política muy dura en cuanto a programas nucleares en países que no considere confiables en ese sentido, pero no es el caso de la Argentina; en términos de seguridad nuclear, no hay problemas con Estados Unidos.

–Usted trabajó durante muchos años en relación con la perspectiva de construir reactores, no de fisión, como los actuales, sino de fusión nuclear: ¿cuál es el estado de ese proyecto? Desde hace varias décadas se plantea esa expectativa de esos sistemas que, en relación con los reactores actuales, vendrían a minimizar la contaminación.

–Había un chiste entre científicos: que a los “fusionistas” siempre les faltaban y siempre les faltarían 50 años para lograr hacer un reactor. Pero eso está cambiando. Sí, yo empecé a trabajar en esto alrededor de 1980, y para eso me llevaron a Suiza. Pero el proyecto viene desde principios de la década de 1950, y procura el aprovechamiento de la energía termonuclear, la misma que dio origen a la bomba de hidrógeno. Aunque parecerá broma, en la Argentina hubo alguien que, de un modo muy particular, contribuyó a impulsar el proyecto del reactor de fusión: Ronald Richter, que casi le vendió a Perón la idea de construir, en la isla Huemul, cerca de Bariloche, un reactor de este tipo. Lo de Richter se reveló inviable pero el anuncio internacional de la idea le dio un empujón a la puesta en marcha del proyecto; el tema nuclear era prioritario en la seguridad norteamericana, en una época en que todavía no había ningún acuerdo internacional sobre el uso de la energía atómica.

–¿Cómo se hace un reactor de fusión?

–La fusión nuclear es de algún modo el proceso inverso al de la fisión. En ésta, se bombardea con neutrones un átomo muy pesado, el de uranio: esto lo fisiona, lo parte, lo cual libera energía y produce lo que se llama una reacción en cadena: se emiten neutrones que a su vez fisionan otros átomos de uranio. En el caso de la fusión, en cambio, se toman dos átomos muy livianos, de deuterio o tritio, que son formas del hidrógeno: la unión de dos átomos para formar helio generará energía; es el mismo mecanismo que, en el interior del sol, genera la energía que llega a la Tierra. La fusión no genera reacciones en cadena porque los neutrones que se emiten están tan cargados de energía que no reaccionan con otros átomos.

–¿Por qué es tan difícil obtener un reactor de fusión?

–Es muy difícil porque, para que esos dos átomos se junten, hay que empezar por suministrarles una cantidad muy alta de energía; eso hace falta para que puedan unirse dos núcleos atómicos que en principio, por tener ambos carga eléctrica positiva, se repelen. Para obtener estas energías se prepara un “plasma”, un gas ionizado, como ese que se usa para pantallas de televisores, sólo que por éste se hacen pasar corrientes eléctricas que elevan su temperatura hasta millones de grados. ¿Cómo manipular ese plasma, que quemaría todo recipiente? Mediante imanes superconductores, es posible comprimirlo durante el tiempo suficiente para que se produzca la reacción de fusión. Lo importante es que esto ya está demostrado, ya se logró en un reactor experimental de la Unión Europea, en Inglaterra: se obtuvieron neutrones de alta energía, aptos para generar electricidad.

–¿Y en qué estado se encuentra el proyecto en este momento?

–Ya tenemos una razonable seguridad de que los problemas para el reactor de fusión se están resolviendo. Precisamente hace pocos días empezó a construirse, en el sur de Francia, el reactor experimental ITER: es un proyecto que involucra a la Unión Europea, Japón, Estados Unidos y China, a un costo total de 12.000 millones de dólares.

–¿Qué conseguiría el reactor ITER?

–Este reactor será la primera máquina en la que se produzca efectivamente la generación de electricidad a partir de la fusión atómica. Para eso deberá lograr que el plasma se mantenga comprimido y estable durante algunos segundos; en el experimento de Inglaterra, fue sólo una fracción de segundo, lo cual fue suficiente para mostrar que la reacción era posible, pero para la generación comercial es necesario ampliar ese lapso. Esa y otras pruebas que se harán gracias al ITER demandarán unos diez o 15 años.

–¿Qué más hay que resolver para lograr un reactor de fusión?

–La segunda cuestión que venimos resolviendo es la de los materiales con los que se fabrica el reactor: debo decirle que a esta cuestión le he dedicado los últimos 30 años de mi vida. Es que los reactores de fusión plantean dos problemas graves: primero, esos neutrones de tan alta energía producen daño, pueden llegar a arruinar aun los aceros convencionales más resistentes. Un aspecto, entonces, fue desarrollar materiales que pudieran soportarlo. Pero, además, esos neutrones son tan energéticos que convierten en radiactivos los materiales de que está hecho el reactor: entonces, tuvimos que obtener aleaciones que, aun en estas condiciones, produjeran una radiactividad relativamente baja y por períodos relativamente cortos: me refiero a algunos centenares de años, en comparación con los cientos de miles de años que dura la radiactividad del combustible quemado en una central atómica convencional. En resumen, los reactores de fusión, que tendrán mucha más capacidad potencial de generar energía, también producirán desechos radiactivos, pero éstos durarán menos tiempo y su actividad será más débil que la de los desechos de las centrales de fisión.

–Los nuevos materiales así de-sarrollados, ¿pueden tener otras aplicaciones?

–Sin duda. Esta tecnología ha llevado a producir aceros de máxima pureza, que ya se usan para motores en grandes centrales eléctricas. Y los electroimanes diseñados para contener el plasma podrán tener aplicación en motores de todo tipo.

–¿Las centrales de fusión podrían reemplazar a las actuales? ¿Cuándo llegaría a suceder esto?

–Una vez que el ITER cumpla su cometido, la humanidad estará en condiciones de construir reactores comerciales de fusión; es razonable prever que estén en plena actividad de aquí a 20 o 30 años, y que en unos 50 años hayan desplazado a las centrales nucleares de fisión.

–¿Cómo debería, a su juicio, ubicarse la Argentina respecto de esta tecnología emergente?

–Lo mejor sería, preferiblemente en conjunto con Brasil, ingresar en el consorcio de países que desarrolla el ITER. Ahora, y por un año o dos más, el ingreso está abierto; más adelante, cuando la máquina empiece a funcionar, será mucho más difícil. Eso nos permitiría acompañar el desarrollo de la ingeniería de la máquina, estar bien al tanto de la tecnología y capacitar investigadores. Llegado el tiempo de los reactores de fusión comerciales, el país estaría en condiciones, si no de construir uno en forma total, sí de participar en la construcción dentro de sus posibilidades, y no volver a la historia de comprar “llave en mano”.

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