ECONOMíA › ADRIAN RAMOS, JEFE DEL EQUIPO ECONOMICO DE RICARDO ALFONSIN

“Las retenciones a la soja seguirían igual”

El economista anticipa las ideas fuerza del precandidato radical: plan contra la inflación, reforma previsional, moderación en el gasto y suba de tarifas están en el menú.

 Por David Cufré

Adrián Ramos es el economista que acompaña a Ricardo Alfonsín a sol y sombra. Fue designado por el precandidato como coordinador de su equipo técnico en el área, del que participan unos treinta profesionales. Entre ellos aparecen algunos ex funcionarios de la Alianza como Guillermo Rozenwurcel y Nicolás Gadano, economistas con base en universidades como Sebastián Galiani (San Andrés), Guido Sandleris (Di Tella) y Gustavo Baruj (UBA, UNGS) y el ex economista jefe del Banco Central en tiempos de Eduardo Duhalde, Eduardo Levy Yeyati. Ramos le puso pausa a una trayectoria de más de quince años en la Cepal, en los equipos de Daniel Heymann y Bernardo Kosacoff, para dedicarse full time a trabajar en el radicalismo, partido del cual es afiliado histórico. En esta entrevista con Página/12 desgrana el pensamiento económico del bunker de Alfonsín. Reclama una política antiinflacionaria integral, una moderación del gasto público, la suba de tarifas de luz y gas para los sectores de altos ingresos, un plan de desarrollo industrial y una reforma del sistema de jubilaciones.

–¿Qué puntaje le pondría al funcionamiento de la economía?

–Es una pregunta difícil, porque el escenario internacional y las transformaciones estructurales que se dieron en el país en las últimas décadas presentan un panorama muy favorable. Sin embargo, la política económica del kirchnerismo ha sido y es bastante pobre. Cuando uno mira las tendencias de largo plazo advierte que hubo cambios muy importantes. La participación creciente de China, India y otros países asiáticos como motores del crecimiento mundial es muy beneficiosa para la Argentina. Son grandes demandantes de materias primas que empujaron una fuerte suba de los precios de los productos que exporta el país.

–¿Pero el crecimiento se explica sólo por China?

–No, lo que digo es que hay condiciones externas muy positivas. Lo mismo ocurre con las tasas de interés, que hoy en el mundo están muy bajas y eso favorece los flujos de capitales hacia las economías emergentes. A la vez, Argentina registró cambios profundos. Por ejemplo, durante mucho tiempo, prácticamente desde los años ’30 hasta fines de los ’80, la producción de granos y oleaginosas osciló entre 20 y 30 millones de toneladas. Desde fines de los ’80 hasta hoy el salto ha sido dramático. Hablar de 100 millones de toneladas no sorprende a nadie. Algo similar ha sucedido con el turismo y con otros sectores. Estas son las grandes tendencias. Ahora bien, qué ha pasado en los últimos años. Para mí, el principal problema es que el Gobierno carece de una estrategia que permita aprovechar plenamente estas oportunidades.

–La economía creció desde 2003 a un ritmo de entre 7 y 9 por ciento. ¿Cuánto más podría haber crecido?

–De nuevo, uno aprende mucho cuando mira las variables en un período más largo. Por ejemplo, si vemos cuánto creció la economía argentina entre su punto máximo de la década del ’80, que fue el año ’87, y su punto máximo de los ’90, que fue el ’98, el promedio da 3 por ciento por año. Por supuesto, creció con mucha volatilidad, con crisis e hiperinflaciones. Ahora, cuando se analiza qué pasó entre 1998 y 2010, el promedio de crecimiento fue otra vez del 3 por ciento. Lo que quiero decir es que la economía argentina todavía tiene que demostrar que puede sostener tasas de crecimiento más altas que las que tuvimos.

–Pero de 1999 a 2002 hubo una profunda recesión y de 2003 en adelante la economía creció muy fuerte, con modelos de política económica distintos.

–Esa es la historia argentina, períodos de expansión fuerte con etapas de recesión o crisis. Eso tiene unos costos sociales altísimos. Para hacer una evaluación de la economía de los últimos años, diría que la política económica fue mala y a la economía le fue bien. El Gobierno carece de una estrategia de mediano y largo plazo que permita conciliar estabilidad, crecimiento y mejora distributiva.

–¿Cuál sería la diferencia en un gobierno de Alfonsín?

–Qué le venderá la Argentina al mundo, cómo va a incorporar tecnología, cómo generará empleo, cuáles serán los sectores dinámicos. Esas cuestiones no se discuten y no-sotros las vamos a plantear. También creo que uno de los déficits más importantes de la política económica ha sido la ausencia de un plan industrial. En eso estamos trabajando muy fuerte. Se trata de armar un esquema integral con instrumentos tradicionales de financiamiento y fiscales, nuevos instrumentos de asistencia técnica y la incorporación de los sectores generadores de nuevas tecnologías como las universidades y algunos centros de investigación.

–El Gobierno acaba de presentar un plan estratégico industrial a 20 años.

–Sí, pero cuando uno lo revisa lo único que encuentra es un conjunto de metas y objetivos a alcanzar, sin ninguna explicación del cómo, más allá de decir que se van a reunir a debatir esos diez sectores que fueron seleccionados. La forma más sencilla de darse cuenta de que esta estrategia no existió es analizar la integración nacional de los productos industriales: se mantiene casi en los mismos niveles que había en los ’90. El caso típico es el automotor. Es un sector que ha tenido un aumento de producción muy alto en los últimos años, pero cuando uno mira la demanda de autopartes importadas advierte que se mantuvo e incluso se incrementó respecto de sus valores históricos.

–¿Qué rescata del proceso de 2003 en adelante?

–La reestructuración de la deuda, creo que fue encarada de forma positiva. También reconozco la búsqueda de toma de decisiones en forma autónoma. Pero creo que la política económica ha sido muy flojita y hoy tiene algunos problemas y algunos desequilibrios.

–¿Por ejemplo?

–El primero es la aparición de un proceso inflacionario que se aceleró en los últimos tiempos. Esto genera varios inconvenientes, como el distributivo. Pero también hay una cuestión vinculada al acortamiento de horizontes, porque los agentes económicos tienden a reducir los plazos de toma de decisiones, lo cual afecta planes de inversión y financiamiento.

–El Gobierno lo encuadra como dispersión de precios.

–La inflación está en 25 por ciento por lo menos. Eso se asocia con otro tema. La tasa de devaluación esperada para el año es del 5 por ciento. Es decir que se producirá una apreciación del peso del 20 por ciento, que es el nivel que también se registró en 2010. Eso se soporta en el corto plazo, pero a mediano plazo es insostenible. Después está la cuestión fiscal, donde ha reaparecido el déficit, si bien en la presentación contable se refleja superávit. La verdad es que básicamente el superávit es producto del financiamiento extraordinario del Banco Central al Tesoro a partir del traslado de ganancias.

–¿Usted plantea que hay que bajar el gasto público?

–No, para nada. El que dice eso no entiende nada. La situación fiscal se puede corregir fácilmente. El gasto puede seguir aumentando, pero no a tasas del 40 por ciento. El gasto está creciendo muy por arriba de los ingresos y eso no se puede sostener.

–¿Por dónde ajustaría?

–Los subsidios a la energía eléctrica y al gas son ciertamente regresivos. Se subsidia a sectores de altos ingresos de los centros urbanos. Eso es mala política económica.

–Entonces habría que aumentar las tarifas.

–No hay que subsidiar a los sectores de altos ingresos. Obviamente pueden pagar más.

–¿El dólar debería estar arriba de 4,06 pesos?

–Es difícil saber cuál es el tipo de cambio de equilibrio. Hay que hacer análisis precisos por sectores, estimar los aumentos de productividad, comparar con las monedas de países con los que se comercia, como Brasil, donde el real se ha apreciado. Pero en términos generales, la utilización del ancla cambiaria para la política antiinflacionaria es inconsistente en el mediano plazo.

–¿Cuáles son las causas de la inflación?

–Cada uno puede decir algo distinto. Están aquellos que lo vinculan a la suba de precios internacionales de los alimentos, otros a una política fiscal inconsistente, otros a una política monetaria que no ayuda, otros a la puja entre precios y salarios. Y la verdad es que la inflación es un proceso. No importa cuál fue la causa que inició la dinámica. Si uno mira hacia atrás irá encontrando en diferentes momentos cada una de esas causas.

–¿Y cuál debería ser la respuesta?

–La respuesta debe considerar todas esas cuestiones y no estar atada a una sola variable. La política antiinflacionaria del Gobierno se reduce a tener planchado el tipo de cambio y tener planchadas las tarifas. Eso es inconsistente. Hay que usar todas las herramientas disponibles en un programa integral, utilizando la política fiscal, cambiaria, monetaria, de ingresos, es decir de precios y salarios, todo junto con un solo objetivo, que es encarar un proceso de desinflación.

–¿Qué haría con las retenciones a las exportaciones?

–Las retenciones cumplen varias funciones. La más común es la fiscal, pero también sirven para establecer precios relativos diferentes entre distintas actividades de producción y para desligar los precios internos del mercado internacional. Hay que tener en cuenta todos esos aspectos. Yo creo que en algunas actividades van a permanecer, en otras tendrán que bajar y otras deberán eliminarse. Las de la soja probablemente sigan como están. Y también las de los hidrocarburos. En algunas producciones regionales, como frutas, podrían bajar o suprimirse.

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Adrián Ramos trabajó más de quince años en la oficina en Buenos Aires de la Cepal.
Imagen: Pablo Piovano
 
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