ECONOMíA › OPINION

El enigma chino

 Por David Cufré

La celebración del 66º aniversario de la República Popular China movilizó el último martes una multitud de funcionarios y empresarios argentinos a la embajada de ese país en Buenos Aires. El 1º de octubre –aunque la recepción de Yang Wanming fue dos días antes– ya es una fecha ilustre del calendario diplomático nacional, junto al 4 y al 14 de julio, por los festejos de la independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa. Hace diez años, e incluso cinco, era impensable que 500 figuras del Gobierno y del establishment asistieran a recordar la gesta de Mao. El peso que tiene hoy la economía china a nivel mundial y también para el país transformó esa realidad. Pero esta vez, a la avidez por consolidar lazos con una potencia de 1300 millones de habitantes se sumó el interés por conocer de primera mano alguna versión sobre lo que está pasando allí. ¿La crisis internacional que arrancó en 2008 en Estados Unidos golpeará finalmente al gigante asiático, cuyo principal índice bursátil se derrumbó más de 50 por ciento desde el 12 de junio pasado, cuya moneda encadenó en agosto una serie de devaluaciones que depreciaron el yuan 4,6 por ciento, cuyas empresas aparecen entre las más endeudadas y cuyo sistema financiero empezó a sembrar dudas sobre la fortaleza de algunos actores?

La última reunión de ministros de Economía y presidentes del banco central del G-20 en Turquía ubicó a ese tema y al probable aumento de las tasas de interés en Estados Unidos como prioridad. Los representantes chinos se mostraron como lo que son, la segunda potencia mundial, y dieron poco espacio a los intentos por conocer datos sensibles que solo ellos manejan. Ofrecieron garantías, de todos modos, de que el gobierno de Xi Jinping mantiene las variables bajo control y que la etapa que se ha iniciado para cambiar el perfil del desarrollo económico será conducida con sabiduría oriental. “Son los dolores del crecimiento”, describió el embajador Yang Wanming en los festejos de esta semana, según relató a este diario Ernesto Fernández Taboada, director ejecutivo de la Cámara de Comercio Argentino China.

La proyección del gobierno chino para este año es de una expansión del PIB del 7,0 por ciento, la más baja en 25 años. En 2014 la tasa fue del 7,3, la menor en 24. Al cabo del primer semestre, el crecimiento se ubica en 7,0 puntos. El primer ministro Li Keqiang sostuvo anteayer que la meta prevista para 2015 se cumplirá, a pesar de que el país “ha sido objeto de un buen número de dificultades y presiones a la baja”. Las palabras de Li fueron en respuesta a las especulaciones crecientes de analistas internacionales que advierten que distintos indicadores que se fueron conociendo a lo largo del tercer trimestre harían prever que el resultado final del año estaría por debajo de 7, incluso acercándose a 6,5. Además, algunos ponen en duda la confiabilidad de las estadísticas chinas y señalan que las cifras serían más bajas de lo informado por el gobierno. Sobre este punto, en el G-20 las autoridades chinas descartaron esas especulaciones de modo tajante.

Aunque no haya otra potencia que crezca ni siquiera la mitad, para el funcionamiento acostumbrado de China en las últimas dos décadas el declive alimenta temores. El país representa en la actualidad un 25 por ciento del crecimiento global, según estimaciones del Banco Mundial, y una desaceleración de esa locomotora repercute en el resto de las economías. En especial, en las que dependen de su consumo de materias primas, como las de América latina. Las preocupaciones afincan en dos planos, el financiero y el de la economía real.

El derrumbe de la Bolsa de Shanghai a partir de junio marcó el final de un período de más de un año en el que las acciones registraron una estampida de casi 150 por ciento. El Gobierno le había dado aire a esa suba y a la participación cada vez más activa de pequeños inversores. Se estima que en esa etapa unas 90 millones de personas apostaron ahorros en la plaza bursátil. El cambio de signo en las cotizaciones agitó el fantasma de la explosión de una burbuja, provocando quebrantos masivos y generando un efecto de estampida, en particular de capitales extranjeros. Pero a diferencia de lo que ocurrió en Wall Street en 2008 con la crisis de las hipotecas subprime, el gobierno chino intervino rápidamente y con decisión para detener la fuga. Hasta el momento, el dique de contención va logrando su objetivo, aunque las presiones no han desaparecido.

En paralelo con esa evolución de la Bolsa, instituciones financieras como bancos regionales y cooperativas quedaron en observación por su alta exposición con créditos a empresas que podrían presentar dificultades para pagar si la economía se enfría, aunque sea poco. Son entidades que concedieron fuertes volúmenes de préstamos a actividades que eran rentables bajo determinadas condiciones que no se han dado. El Estado, como en el caso del mercado accionario, tiene poderosas herramientas de intervención a mano, sobre todo en materia de encajes y de asistencia financiera, pero eso no termina de despejar dudas en gobiernos de Occidente –a su vez con intereses geopolíticos y económicos en juego– sobre la efectividad de las respuestas.

La sombra que le quitó brillo a la actividad financiera cubrió también a las empresas. El FMI reveló esta semana que las compañías chinas lideran el ranking de las más apalancadas entre los países emergentes, y advirtió que la probable suba de la tasa de interés en Estados Unidos pondría una dificultad extra para afrontar esos compromisos. A la vez, el sector privado no financiero chino encadenó en julio y agosto los resultados más flacos de rentabilidad desde 2011.

La principal explicación es la debilidad de la demanda internacional. “Los 27 países de la Unión Europea ampliada son los mayores compradores de productos chinos. En segundo lugar aparece Estados Unidos, tercero está Japón y cuarto Corea del Sur. Son economías estancadas o con bajo crecimiento desde hace años y eso finalmente se hizo sentir en los volúmenes de comercio”, explica Gustavo Girado, docente de la UBA y de la Universidad de La Matanza.

Por esa razón, la devaluación del yuan de agosto fue interpretada por algunos especialistas como un intento de recuperar competitividad y márgenes de ganancia. El gobierno asegura que se trató de una corrección menor y que no se embarcará en una guerra de monedas. “Estados Unidos y Japón vienen reclamando que China aprecie el yuan, no que devalúe. El ajuste debe entenderse como una muestra de fortaleza, no de debilidad. China quiere internacionalizar su moneda y formar parte de los DEG del FMI (valor de referencia en base a una canasta de monedas, conformada por el dólar, el euro, la libra y el yen). Lo que hizo fue demostrar la importancia que tiene hoy su economía y lo que puede pasar si las otras potencias no reconocen su lugar”, considera Ariel Slipak, docente de la Universidad de Moreno.

En esa línea, para disminuir su dependencia del comercio internacional el gobierno chino puso en marcha un programa orientado a fortalecer todavía más el mercado interno, a fin de que vaya transformándose gradualmente en el mayor dinamizador del crecimiento. Sobre 1300 millones de habitantes, unos 700 millones son población urbana y 600 millones rural. El gobierno estimula el traslado de campesinos a las ciudades con créditos y diversas medidas de asistencia. La clase media urbana, a su vez, ronda los 350 millones de personas. El enorme potencial de incremento del consumo de millones de personas es la apuesta de este momento para China, en base a un aumento del poder adquisitivo de los salarios. Al mismo tiempo, la planificación económica “pretende reemplazar el ‘made in China’ por el ‘created in China’”, explica Girado, elevando las inversiones en investigación y tecnología. “China está comprando empresas dueñas de patentes en distintos rubros”, agrega Slipak. Ese proceso virtuoso, sin embargo, está siendo encarado al mismo tiempo que pierde vigor el mayor puntal de la economía hasta el momento, las exportaciones. La inversión pública entonces se ve más exigida. El mundo está pendiente del enigma chino: podrá cambiar un motor por otro en un contexto global complicado. La suerte de numerosas economía, incluidas la argentina y las de la región, dependen en buena medida de cómo termine la historia.

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Imagen: AFP
 
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