ECONOMíA › POR QUE DISCUTEN TANTO EL MINISTRO Y EL BANQUERO CENTRAL

Desafinada sonata a cuatro manos

 Por Julio Nudler

¿Qué quiere Mario Blejer? Evitar la hiperinflación. ¿Qué pretende Roberto Lavagna? Terminar con la hiperrecesión. ¿Cómo pueden ponerse de acuerdo si hablan de cosas distintas? Con alguna fórmula intermedia, que no sea chicha ni limonada. Entre uno y otro, como piedra de la discordia, están los 71 mil millones de pesos que hay en los bancos, sometidos desde hace casi seis meses a toda clase de restricciones. ¿Qué sentido tiene mantener maniatados esos medios de pago mientras agoniza la economía por falta de demanda? ¿Pero quién garantiza que ese dinero, una vez que se le conceda la libertad condicional, se volcaría a la compra de bienes, y que los proveedores de esos productos resolverían entonces adquirir insumos y aumentar su producción? Los blejeristas creen que, en el estado actual de las expectativas, los pesos terminarán presionando sobre el mercado del dólar, creándole al Banco Central la disyuntiva de dejar que se espiralice el tipo de cambio o liquidar reservas para contenerlo.
Si Blejer tiene razón, la fórmula de Lavagna para reactivar sería un boomerang, porque aceleraría –a través de la suba del dólar y la consecuente alza de los precios– la disgregación del ingreso real, desembocando en una depresión aún más profunda. Como el ministro de Economía no tiene ningún argumento para rebatir de modo convincente al presidente del BCRA, porque la discusión gira en torno de hipótesis sobre la conducta de los agentes económicos, todo lo que puede ofrecer como prenda de acuerdo es fijar condiciones muy restrictivas para la desprogramación de los plazos fijos. El peligro es arribar a un mecanismo que tenga mucho de lo malo y poco de lo bueno de la idea original.
Ahora bien: ¿evitar la hiperinflación sería reactivante? ¿La vía Blejer sería una ruta más larga e indirecta pero también más segura para encender los motores de la economía? No parece. A la Argentina le faltan demasiadas cosas para volver a crecer: no tiene moneda, no tiene bancos, no tiene mercado de capitales, no hay confianza, no hay buen gobierno, no hay instituciones y tampoco hay horizonte político. En estas condiciones, la discusión tal vez sólo se reduzca a cómo evitar males peores: más miseria, más violencia, más degradación, y cómo conquistar cierto margen para iniciar una lenta reconstrucción.
De hecho, el sistema ni siquiera puede convivir con el corralito tal cual es hoy, porque su drenaje remonta obcecadamente al dólar. De modo que lo razonable es esperar que se endurezcan las limitaciones a disponer del dinero y se fuerce su conversión en títulos de alguna clase –estatales o emitidos en un esquema de fideicomiso– a muy largo plazo, con un mercado de reventa para quienes prefieran saltar por la ventana a esperar que las llamas sigan ascendiendo. Pero quizá pierdan los ansiosos y ganen los pacientes, como sucedió con el Bónex. La llegada de cierta ayuda externa, duramente condicionada en términos políticos, sería una bocanada de aire fresco pero ninguna panacea.
Los exportadores, que no viven en otro mundo, ven lo que todos: un presidente extraviado, que funciona a sopapos, con un gabinete por momentos patético, reprobado masivamente por la población, y todos ellos incapaces de definir algún rumbo. ¿Puede esperarse que liquiden puntualmente las divisas que obtienen, o, por el contrario, que esperen a que el dólar suba más, aumento al que de paso contribuyen? En todo caso, el peso ya se ha devaluado lo suficiente como para dudar de que pueda evitarse la indexación generalizada, y con ella un motor autónomo para la inflación. Es casi asombroso, por ejemplo, que el Estado pueda seguir pagando jubilaciones nominales de 150 ó 200 pesos, sin siquiera contemplar su reajuste. ¿Cuánto tiempo podrá continuar fingiendo que no ve?
En estas condiciones, sumando a ellas la inflación, las retenciones y la cesación de pagos, el dilema fiscal está aparentemente resuelto, pero sólo si se consideran aceptables las consecuencias sociales de un dólar libre a más de 3,50, con salarios que siguen 1 a 1. En realidad, si Blejer todavíaestá en su puesto e incluso promete quedarse algunas semanas más es porque se trata de una paridad muy cómoda, a pesar de que las reservas van cayendo hacia los 10 mil millones. Aun así, con un dólar estratosférico, el jefe del Central le teme a cada peso que escapa de la celda bancaria y al costo monetario de mantener en pie un circuito financiero cuyo flujo de caja es persistentemente negativo.
Toda polémica crea la impresión de que alguna de las partes tiene razón. Pero en el caso de la discusión entre Lavagna y Blejer, la sospecha es que ninguno propone un sendero que conduzca a la salida del laberinto. Cualquiera que recibe unos pesos y no sabe qué hacer con ellos comprende que ni Lavagna ni Blejer aciertan con la cuestión central, quizá porque los excede ampliamente.

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