ESPECTáCULOS

Una llave de acceso a algunos de los secretos de Juan Rulfo

Canal á estrena hoy un documental sobre la vida y la obra del mexicano, responsable de “Pedro Páramo” y “El llano en llamas”.

 Por Verónica Abdala

La historia de la literatura registra pocos casos como el del mexicano Juan Rulfo (1918-1986), al que dos libros le bastaron para fundar un mundo y un estilo y asegurarse, por eso, un lugar entre los mejores escritores de la historia de la lengua castellana. En sus obras fundamentales –Pedro Páramo, una novela corta, y El llano en llamas, una colección de grandes cuentos– Rulfo pintó con exquisita sensibilidad un universo habitado por los personajes característicos del México profundo. Indisociables de la tierra, pero con suficiente vuelo como para encarnar los fantasmas, las voces y los silencios de un pueblo. El argentino David Viñas dijo que la obra de Rulfo puede entenderse como “el significado fundamental, más elaborado y conciso, de la polvareda de significantes que flota por encima de México”.
Tan difícil como penetrar en el léxico de Viñas, un gran analista literario, es acceder a algunos de los secretos de la seca y a la vez poética escritura de Rulfo. Pablo Rulfo, uno de sus cuatro hijos, Víctor Jiménez, amigo personal más cercano y director de la Fundación Juan Rulfo, dedicada a la difusión de su obra, y su viuda, Clara Aparicio, aportan algunas claves para la mejor comprensión de sus textos, en un documental que emitirá Canal á hoy, desde las 19, en el marco del ciclo Ciudad Natal. El documental está sazonado con anécdotas que ayudan a entender la personalidad del literato.
Pablo narra momentos de la vida doméstica del gran escritor y reflexiona sobre eso que, cree, forjó su compromiso con la literatura: la búsqueda de un “sentido último”, de la vida. La madre de Pablo rememora emocionada el momento en que Rulfo le propuso casamiento, en un banco de plaza, y aquel en que dieron el sí, inaugurando medio siglo de vida juntos. Jiménez, en tanto, narra aspectos de su vida pública, y algunos hábitos vinculados a su exigente formación autodidacta. En ese marco cuenta que Rulfo, dueño de un perfeccionismo proporcional a su talento, era un lector voraz, que devoraba dos títulos por día. Esa visión corresponde a otro de sus colegas y compatriota Carlos Fuentes: “Si algo había sido publicado en español, él lo había leído”. Incluso durante los tres meses de agonía a que lo sometió el enfisema de pulmón que finalmente le causó la muerte, mantuvo un promedio de un libro diario.
“Cuando murió, en 1986, su biblioteca personal sumaba 10 mil volúmenes -recuerda Jiménez–, y sin embargo él consideraba que ni siquiera se acercaba a una de la que podría haberse vanagloriado.” Los dos entrevistados para la emisión coinciden en que sus ficciones se corresponden exactamente con aquello que, él decía, “le hubiera gustado leer, pero no había encontrado”, con un vacío que estaba dispuesto a compensar de algún modo. Rulfo, considerado con justicia el mayor narrador de un país de grandes narradores, maduró internamente durante casi dos décadas las peculiaridades de su más famoso personaje, Pedro Páramo, y el paisaje que éste habría de habitar. Después escribió la novela (que se publicó en 1955, dos años después de la aparición de El llano...) en sólo cuatro meses, “como si una voz se lo hubiese dictado”. Fuentes advirtió por esos días que se trataba del libro que renovaría y fecundaría para siempre a la tradición mexicana, adelantándose a lo que vendría. Aunque las cifras de ventas –confirmando aquello de que ni la cantidad de títulos publicados por un autor ni el éxito editorial que puedan alcanzar éstos mantienen relación alguna con su posibilidad de trascendencia– no lo acompañaron: se vendieron sólo mil ejemplares durante los cuatro años posteriores a la publicación.
La afición de Rulfo a la fotografía (arte en el que se formó por su cuenta y con el mismo grado de exigencia con que se planteaba la escritura) lo llevó a recorrer el territorio mexicano en distintas oportunidades con su máquina al hombro, para retratar la dignidad de esos mismos hombres y mujeres que nombró en sus libros. “Tenía 700 libros de fotografía, y coleccionaba imágenes que recortaba de diarios y revistas”,recuerda su amigo en el bloque del documental dedicado a su pasión por la cámara. Para Rulfo, la literatura y la fotografía, lejos de ser una distracción, deberían ser entendidas en todos los casos como medios para el “mayor conocimiento de la humanidad”. “Son dos formas posibles de conocer desde adentro el pensamiento de los otros”, decía. ¿Alguien duda de que sabía de lo que hablaba?

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Juan Rulfo en una lectura, acompañado por Günter Grass.
 
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