ESPECTáCULOS › CON ROBERT DE NIRO Y EDDIE MURPHY

Una pareja despareja

“Showtime” promete una parodia de los “reality shows” y de las películas policiales, pero después de su arranque, no exento de gracia, el film se toma en serio aquello que antes satirizaba.

 Por Horacio Bernades

“¡Usted es el peor actor que vi en mi vida!”, brama un ex actor, devenido director de televisión, a un policía devenido actor. La gracia del asunto es que quien le echa en cara al otro sus escasas cualidades actorales no es otro que William Shatner –el capitán Kirby de Viaje a las estrellas–, firme candidato a la corona de Actor Más Tronco del Siglo (si no fuera porque en este papel se lo ve sumamente desenvuelto) y el que recibe las pullas es el mismísimo Robert De Niro. A quien el lugar común colocó, hace décadas, en el sitial de Mejor Actor del Mundo (si no fuera porque desde hace un rato largo lo único que hace es caricaturizarse a sí mismo).
Prototipo de lo que se conoce como film de concepto, la idea que anima a Showtime da para una sátira incisiva. “¡Este tipo es un nuevo Harry el sucio!”, exclama exultante una productora de televisión (Renée Russo) cuando comprende que acaba de descubrir a una figura vendedora. En medio de un operativo secreto, un detective de la policía (De Niro) disparó sobre una cámara de televisión que se le puso en el camino. Su rostro avinagrado y desafiante ya llegó a las primeras planas de los diarios, convirtiéndolo en el villano de turno. ¿Por qué no ponerlo entonces todas las semanas en televisión? Sólo se trata de inventar un formato ad hoc, que podría ser un reality show policial, y encontrarle un compañero que ponga algo de aceite entre tanto vinagre. Es allí donde aparece Trey Sellars, inepto vigilante callejero que con tal de llegar a la tele es capaz de cualquier payasada. La bocaza bien abierta, la vista clavada en la cámara y una disposición natural para el gesto excesivo, quién otro podía ser Sellars sino Eddie Murphy.
Sí, es verdad que Murphy ya había hecho lo mismo en 48 horas o Un detective suelto en Hollywood. ¿Pero acaso es ésta la primera vez que De Niro se pasa la película entera con la expresión de quien acaba de entrar a un baño poco higiénico? De lo que se trata es de darle al público lo que el público ya conoce, y es allí donde Showtime muestra los primeros signos de que su originalidad no llegará muy lejos. Antes de traicionarse a sí misma, sin embargo, la película mantiene el interés. Sobreactuando su personaje para la TV, dando mil vueltas carnero y rodando sobre el capó del auto como si fuera un doble de Starsky & Hutch, lo de Murphy tiene gracia. Como la tiene De Niro cuando utiliza sus cinco minutos de “confesionario” (¿qué sería de un reality show sin él?) para devorar su almuerzo frente a cámara, o imitar a Clint Eastwood y otros duros, en gesto de desdén hacia productores y televidentes.
Todo esto, salpimentado con frecuentes ironías a la producción y consumo de shows televisivos, se acaba en el momento en que guionistas, director y productores se acuerdan de que también Showtime es un producto. Allí es cuando deciden convertir la película en una nueva 48 horas, con De Niro haciendo el papel de Nick Nolte y Murphy el de Murphy, y con ambos tomándose en serio lo que hasta entonces parodiaban.

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Eddie Murphy y Robert De Niro, dos tipos audaces.
 
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