ECONOMíA

Cavallo no está loco

Por Alfredo Zaiat

El autoexilio en universidades estadounidenses, refugio que le concedieron amigos por servicios prestados durante años, no fue muy prolongado. Apenas tres años, un breve período pero que para el vértigo de los acontecimientos en Argentina parece extenso. Puede ser que por esa velocidad él piense que la memoria colectiva es corta y, en realidad, en algunas circunstancias la sociedad se lo ha confirmado. Si no, no hubiera vuelto a ser ministro de Economía. Lo que pasa es que varios medios de comunicación y ciertos periodistas (no es el caso de los dos que lo encararon en el reportaje que se publica en esta misma página) aportan para que la amnesia sea una característica en este rincón del planeta.
Domingo Cavallo reapareció como si hubiera descendido de una galaxia lejana para ilustrar a los desorientados argentinos qué se está haciendo bien, cuál es el camino equivocado, quién tiene la culpa de la peor crisis que padeció el país y cómo se debería manejar la economía. Explica cómo ha sido víctima de una conspiración y manipulación de la opinión pública. Si no fuera que durante décadas engañó a políticos, economistas y a la población con sus gritos destemplados, con recurrentes extorsiones sobre la proximidad del cataclismo si no se hacía lo que él quería y con sus medidas inconsistentes para la mayoría y beneficiosas para unos pocos y poderosos intereses económicos, se puede llegar a pensar que se trata de un hombre herido por su fracaso y que padece un grave problema de negación de la realidad. Y de su realidad. Pero no. Se trata de un Cavallo auténtico. Y escucharlo ahora, luego de los desastres que legó, lo hace más patético.
Cavallo no es uno más de los políticos y economistas que gobernaron la Argentina en los últimos 25 años. Es el hombre clave que recorrió ese período de decadencia, frustración, millonarios negociados y el de la más violenta transferencia de ingresos del sector del trabajo hacia el del capital. Puede llegar a ser de utilidad para comunicadores desorientados y algún otro desmemoriado recordar que Cavallo, desde la presidencia del Banco Central durante la dictadura militar, en 1982, fue el que impulsó el mecanismo de seguros de cambio que estatizó la deuda externa privada. Esa pesada mochila condicionó el desarrollo de la economía futura, a la vez que prestó un servicio que bien supieron pagar más adelante los grupos económicos que se liberaron de esos pasivos pasándolos al resto de la sociedad.
Una de esas facturas fue la financiación de su centro de estudios –la Fundación Mediterránea–, base para su carrera política, que comenzó con un acuerdo vidrioso con el PJ cordobés de José Manuel de la Sota para tener una banca de diputado nacional. Desde ese lugar se dedicó con particular vehemencia a defender al grupo Massuh en su pelea con Papel del Tucumán de la familia Bulgheroni. Su rutilante irrupción en el ocaso del alfonsinismo fue la contribución patriótica de viajar a Washington para que el FMI y el Banco Mundial suspendieran la asistencia financiera al país, lo que aceleró la debacle gatillando la traumática hiperinflación del ’89. Carlos Menem ganó las elecciones luego de esa crisis devastadora, y antes de desembarcar en el Palacio de Hacienda hizo escala en la Cancillería, cuyo aporte fue el de convalidar el envío de naves argentinas a la Guerra del Golfo. Decisión que tuvo la virtud de involucrar al país en un conflicto ajeno, que regaló trágicas consecuencias como fueron los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA.
Antes de alumbrar a su criatura, la convertibilidad, fue el ideólogo del antecesor del corralito: el Plan Bonex. A través de uno de los miembros de su equipo en el Banco Central, Felipe Murolo, diseñó, negoció e implementó la confiscación de plazos fijos que fueron canjeados por bonos. Con ese mismo plan también puso en marcha otra renegociación y licuación de deudas de importantes grupos económicos con el sistema financiero local. Con tierra arrasada por la hiperinflación de Menem con Antonio Erman González como ministro y con el Plan Bonex que restó circulación monetaria, preparó las bases para su irrupción en Economía para su gran obra de terror: fijar la paridad 1 a 1 prometiendo que será eterna. La historia económica argentina ya registraba dos antecedentes de cajas de conversión, con los mismos efectos y resultados desastrosos que se repitieron a lo largo de los ’90.
En ese período, con Cavallo como dueño y señor de la Economía, se concretó el más veloz, amplio y corrupto proceso de privatización de empresas públicas del mundo. La apertura de la economía que provocó el cierre de cientos de empresas. La desregulación de sectores que dejaron en la calle a miles de trabajadores. La flexibilización que barrió con históricas conquistas laborales al establecer condiciones de precarización que aún persisten. También impulsó el gran negocio financiero del siglo, como la privatización del sistema previsional creando las AFJP.
En la negociación de la deuda, primero con el Plan Brady de 1992, y luego con el megacanje de Fernando de la Rúa, de 2001, Cavallo le reservó un papel relevante a su amigo David Mulford, ex subsecretario del Tesoro de EE.UU. Financista que jugó a través del First Boston un papel clave en la colocación de las acciones en el mercado de capitales de YPF, como así también de varias colocaciones de bonos de la deuda. ¿Cuáles fueron las razones para que Cavallo le entregara tantos negocios a Mulford?
Puso varias veces al país al borde del colapso, con un strees políticoeconómico insoportable, como en el caso Yabrán, a cuya familia luego le pidió disculpas por sus denuncias nunca probadas en estrados judiciales. Los desastres que hizo en materia de política económica, con el corralito como broche final, durante el gobierno de Fernando de la Rúa, para salvar un modelo inconsistente como la convertibilidad son tan recientes que no deja de llamar la atención que alguien pueda pensar que debe ser consultado para hablar de economía.
Para que la historia no sea reconstruida con sus recurrentes falacias, y aunque sorprenda a muchos, fue Cavallo quien decretó el fin de la convertibilidad y la posterior e ineludible devaluación: el corralito, con la imposibilidad de conversión de pesos a dólares, fue la medida que selló que ya no existía la paridad 1 a 1.
Muchos lo ven como un loco. Otros como un Satanás. Cavallo es otra cosa.

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