EL MUNDO › ESCENARIO

Rocío (y después)

 Por Santiago O’Donnell

Cae lluvia muy dura. Estados Unidos se desliza rápido hacia un estado de guerra permanente. Las últimas noticias lo confirman.

En Irak terminó la retirada de Obama. Pero ya se anunció que 50.000 soldados seguirán por lo menos hasta fines del año que viene. Esto es más de un tercio de los que llegaron y más de la mitad de los que estaban. Se llama retirada pero es un repliegue. Y los que se quedan no se pueden ir.

Se quedan para “apoyar a las fuerzas armadas iraquíes”, explicó la Casa Blanca. Para apoyar qué. Siete años y cinco meses de ocupación. Un millón de muertos y contando. Esta semana más de ochenta en una sola explosión. Votaron en un baño de sangre, veinte muertos en atentados suicidas. A cinco meses de las elecciones no pueden formar gobierno. Sunnitas y chiítas al filo de una guerra civil.

“Estamos cumpliendo con la promesa que hice durante la campaña para mi presidencia”, celebró el comunicado de Obama. Pero los soldados que vuelven de Irak se fueron de noche como ratas. Llegaron al hotel en Kuwait y gritaron “ganamos” sin convicción, cerveza en mano para las cámaras. Los demás siguen ahí para cuidar a los nuevos dueños del oro negro. Mientras exista riesgo con Bagdad, los soldados quedarán.

En Afganistán la situación es peor. A poco de asumir, Obama fijó la fecha de retirada para julio del 2011. Ese mismo día anunció que mandaba más soldados. Treinta mil refuerzos para llegar a noventa y cuatro mil soldados. ¿Para qué? El mes pasado Obama tuvo que echar al jefe de su ejército invasor. El general Stanley McChrystal le había dicho a la Rolling Stone que no alcanza con lo que hay, que no se puede ganar la guerra sin más refuerzos. Esta semana fue el turno de su reemplazante, el general David Petraeus. Dijo que las tropas podrían quedarse más allá de lo que dijo el presidente. “Para consolidar las conquistas que se empezaron a lograr”, aclaró con esa dosis de optimismo que le faltó a McChrystal para conservar su trabajo.

Pero Afganistán no está peor porque faltan refuerzos. Está así porque metieron demasiados. Después del fiasco de Colin Powell con armas de destrucción masiva, Saddam Hussein dejó de meter miedo. La guerra de Irak perdió su encanto. Entonces Obama la mudó al escondite del cuco de todos los cucos.

Petraeus, el nuevo comandante, lo dijo esta semana con ese lenguaje cowboy que tanto les gusta a los norteamericanos. “Atrapar vivo o muerto a Bin Laden sigue siendo uno de los principales objetivos de esta guerra.” Recordó, también, que Bin Laden sería el factótum detrás de la voladura de las torres. Está bueno que lo recuerde, porque hace años que Bin Laden no da señales de vida. Mucho menos de conducir una guerra contra la OTAN.

Mientras persiguen al cuco invisible sostienen a Karzai. El presidente afgano se mantiene en el poder por el fraude electoral que Naciones Unidas denunció sin que Washington se diera por enterado. El narcogobierno corrupto de Kabul se cae a pedazos; provincias enteras escapan a su control. Millones de dólares en coimas al enemigo para pavimentar caminos que no avanzan. Aldeas enteras voladas a control remoto.

El frente militar es un desastre. La campaña de primavera no dio ningún resultado. Europa sale corriendo. Los jefes tribales hacen lo que quieren. Los servicios paquistaníes dan descarado apoyo a la insurgencia talibán, se lee en los Wikileaks. Pero hay gas y hay opio y hay sed de venganza. Obama prometió que iba a ganar la guerra. Por eso se quedan los soldados.

Las noticias del frente interno tampoco son buenas. Hace dos años se discutía por Guantánamo, por Abu Ghraib, por los derechos humanos. Ahora sólo se habla de cazar inmigrantes y prohibir mezquitas.

Esta semana les tocó a las mezquitas. Nueva York aprobó un templo musulmán a dos cuadras de donde cayeron las torres. Obama fue y volvió en su defensa de la libertad religiosa. Primero dijo que apoyaba la decisión, después aclaró que no opinaba sobre la “sabiduría” de la misma. “No corresponde que juzgue decisiones que se toman a nivel local”, quiso zafar.

No le sirvió de mucho. Los candidatos republicanos reventaron las casillas de correo. Quieren que la mezquita sea un eje de la campaña legislativa, dice el New York Times, “Es preocupante que el presidente Obama haga oídos sordos otra vez ante lo que piensan y lo que preocupa a los americanos,” guapeó James Renacci, candidato en Ohio. “Ground Zero es tierra sagrada para los americanos”, definió Elliott Maynard, candidato en Virginia del Oeste. “¿O creen que los musulmanes permitirían un templo judío o una iglesia cristiana en La Meca?”

Primero habría que comprar el terreno. En Manhattan, a dos cuadras de Ground Zero, el dueño del lote es un inversor inmobiliario nacido en Nueva York. Se llama Sharif el-Gamal. Quiere hacer un centro comunitario con salas de reuniones, gimnasio, canchas de básquet, lugar de oración, auditorio para cuatrocientas personas, guardería y memorial a los caídos del 11-9. Gamal dice que hace falta. Hay dos mezquitas a pocas cuadras de ahí que revientan de gente. Eligió un mal momento. Ahora quieren cerrar mezquitas en Brooklyn, Statten Island, Ohio, Wisconsin y Tennessee con denuncias truchas de ruidos molestos.

Pero hay guerra, ¿qué querés? Hay guerra en continuado. Antes no era así. Durante un siglo fue ritual de pasaje para las generaciones. Primera Guerra, Segunda Guerra, Corea, Vietnam, Líbano-Panamá, primera guerra de Irak. Bien o mal, con más o menos muertos. Eso se veía después. Quedaba para los libros que se escribían en los intervalos de paz.

Hasta que un día se derrumbaron las torres. Desde entonces la guerra se festeja, se critica, se agranda, se achica, y cuando parece que afloja, vuelve a empezar. Pasan los años y se naturaliza. Se hace más videojuego, reality, megaevento, un vicio más. La tortura gana el EMMY, la invasión se lleva el Oscar.

Las malas noticias son para bancar, para sufrir, para redoblar el compromiso. Diez muertos, ocho muertos, cien muertos. Las buenas noticias sirven para el respiro. Retirada con gloria, ofensiva final. La guerra sale con ketchup y te la sirven en cajita feliz.

Hace cuarenta años hizo falta todo un movimiento social, toda una revolución, para sacar a las tropas del pantano. Por qué no recordarlo. Tomaron Berkeley, bloquearon bases, murieron baleados en Kent State. Impusieron el símbolo del óvalo con tridente y el saludo de los dedos en V. Se amaron en el rocío de Woodstock, marcharon a Washington, llenaron el Central Park. Dylan preguntó cuántos más deben morir, Lennon imaginó la Navidad sin guerra.

“Uno, dos, tres, cuatro.
¿Para qué peleamos?
Cinco, seis.
Siete, ocho y qué mas da.
La próxima parada es Vietnam.”

El himno de Country Joe y se escuchaba en todos lados. Joan Baez se encerró en un campanario. Mohammad Alí dejó el título en la cárcel. Eugene MacCarthy fue candidato a presidente. Jane Fonda viajó a Hanoi. ¿Todo eso para qué? “Trepamos la montaña más alta, pero igual no fuimos a ningún lado”, resumió el hombre del tamboril.

Hoy nadie marcha ni pinta paredes ni escribe una puta canción. Nadie habla de la guerra en el sucio boulevard. Es como dice Lou Reed. “Dalos vuelta y pínchales la cola con un tenedor. Están listos.”

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