EL MUNDO › PANORAMA POLITICO

N.O.

 Por J. M. Pasquini Durán

(continuación)
El 12 de febrero último el senador demócrata Robert Byrd, hablando ante sus pares, lo anunciaba así: “Esta nación está a punto de embarcarse en lo que es la primera prueba de una doctrina revulsiva que será aplicada de manera extraordinaria en un momento desafortunado. La doctrina de la prevención –la idea de que Estados Unidos o cualquier otro país puede legitimar el ataque a otra nación que no es una amenaza inminente pero puede ser una amenaza en el futuro– es una variante nueva y radical de la idea de la defensa propia. Parece contravenir el derecho internacional y los postulados de la ONU. Y se está poniendo a prueba en un momento en el que existe un terrorismo a escala mundial que hace que muchos países alrededor del mundo se pregunten si nuestra nación, o cualquier otra, está en la lista de los asesinos”. Una corrección: la novedad consiste en que esta doctrina fundamentalista alcanzó ahora la hegemonía, facilitada por los atentados terroristas del 11 de septiembre y el previo derrumbe de la Unión Soviética, pero no es nueva en absoluto.
Así como para explicar el llamado “neoliberalismo” económico había que buscar sus orígenes en teorías elaboradas al principio de la Guerra Fría, la idea de un planeta regido por la Casa Blanca, sin sujetarse a los principios de la Carta de la ONU, estaba en la visión del mundo que tenían los halcones del reaganismo, a principios de los años ‘80. Al igual que George W. Bush, Reagan dividía a las naciones en dos bandos, el de sus aliadas y el de las encanalladas por la influencia del comunismo soviético, encarnación del Mal absoluto en aquel tiempo. También opinaba que la ONU era inservible porque equiparaba, mediante el sistema de un voto por país, a la mayor potencia con países insignificantes, sobre todo los del Tercer Mundo. Los ideólogos del “Nuevo Orden” tuvieron que esperar más de veinte años para ver su proyecto en acción. Por esas vueltas y revueltas de la historia, los blancos inaugurales de esta “guerra global” han sido dos regímenes que fueron creados por Estados Unidos: el de los talibanes en Afganistán, instalados para desalojar a los ocupantes soviéticos, y el de Saddam Hussein en Irak, entrenado y armado por el Pentágono durante el conflicto con Irán, después de que el nacionalismo religioso desalojó al Sha Reza Palevi, tradicional aliado del antisovietismo norteamericano. El mismísimo Bin Laden fue una prolongación instrumental de las actividades de la Central de Inteligencia (CIA) en esa región.
Aunque no sea el objetivo último de esta flamante cruzada medieval, la captura de la producción petrolera influyó con seguridad en la elección de Irak, segundo productor en el mundo, para invadirlo, así como explica el activismo norteamericano a favor de los enemigos de Hugo Chávez en Venezuela, tercer proveedor de crudo a Estados Unidos. No es casual que George W. Bush haya sido gobernador de un Estado petrolero y que el vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y el canciller Colin Powell, entre otros, sean ejecutivos de las mayores corporaciones de la misma industria. Durante la administración de Bill Clinton, estos personajes firmaron un proyecto en el que recomendaban el control directo de Estados Unidos sobre Irak. La codicia es tanta que, según informaron las cadenas noticiosas, la invasión fue precipitada por el temor de que los pozos fueran incendiados por los leales de Hussein.Les preocupan las potenciales pérdidas económicas y los daños al medio ambiente, dicen los voceros de Washington, los mismos que se negaron a comprometerse con el Tratado de Kyoto contra la contaminación ambiental.
No es la única hipocresía del discurso de los invasores que, además, para justificar su presunto humanismo –una guerra sin víctimas inocentes– están aprovechando el control de las cadenas de televisión para mostrar los bombardeos sin ninguna presencia humana. Las personas son más invisibles que los aviones “Sigilo”. Así fue la guerra del Golfo, al grado que Baudrillard pudo decir, que no había tenido lugar sino como representación para la televisión. Comentando esos dichos Umberto Eco acotó: “Los medios masivos venden por definición felicidad y no dolores: estaban obligados, por lo tanto, a introducir en la lógica de la guerra un principio de felicidad o por lo menos de mínimo sacrificio. Pues bien, una guerra que no debe comportar sacrificio y se preocupe de salvar el principio de felicidad debe durar poco”. La diferencia con la guerra del Golfo que condujo Bush padre, a principios de los años ‘90, es que esta vez, pese a la propaganda y a la información recortada, el movimiento internacional de oposición fue masivo y multinacional, con manifestaciones de protesta que ocurrieron incluso en Estados Unidos. De acuerdo con encuestas divulgadas ayer por la CNN en español, el sentimiento antinorteamericano en la Argentina subió del 55 al 70 por ciento de la población. Porcentajes similares se registraron en Gran Bretaña y España, cuyos gobiernos actúan de escuderos de Bush.
La invasión sorprendió a los políticos locales en la antesala de los comicios presidenciales, o sea en plena cacería de votos. De modo que ninguno quiso ignorar esos sentimientos públicos, con excepción de Carlos Menem, que se quedó pegado a los años ‘90 y reclamó alineación inmediata con Washington. Coincidieron Tula, el bombisto, y Bernardo Neustadt, aunque con argumentos más rústicos: hay que estar al lado de los que tienen plata, afirmaron, sin mayores pretensiones filosóficas. Para ser equilibrados, hay que decir que no fueron los únicos en razonar de ese modo en el país y en el mundo: los países “voluntarios” que el presidente Bush menciona a cada rato fueron seducidos en su mayoría a cambio de préstamos y promesas de ayuda. La buena voluntad de Turquía, como lo saben todos los que siguen las noticias, costó 30 mil millones de dólares, valor del peaje que los aviones de Estados Unidos pagarán para sobrevolar ese territorio. Comparados con estos pragmáticos criterios contables, los manifestantes por la paz parecen condenados a batirse con la misma desventaja que los niños palestinos que enfrentan con piedras a las tanquetas del ejército israelí.
Los pacifistas también tienen que lidiar con la propaganda interesada que pretende colocarlos al lado de Hussein o del terrorismo. De modo que para condenar al “Nuevo Orden” parece obligada la aclaración acerca del despotismo del tirano iraquí y la condena a los actos terroristas. No hay razón para esquivar la solidaridad con Irak, porque una nación no es sólo su gobierno. Como lo acaba de explicar el escritor mexicano Carlos Monsivais en un mitin contra la guerra: “Una nación es algo más que la suma de sus operaciones financieras, por indispensables que éstas sean; una nación –y apena decirlo, pero el alegato guerrerista obliga a ello–, una nación es economía, pero también política, cultura, vida espiritual, generosidad social y familiar, lucha a favor y en contra de los prejuicios, vida emocional, altruismo, minorías y mayorías que exigen sus derechos, arte, humanidades, tradiciones que se mantienen y tradiciones que desaparecen; una nación es un conjunto de instituciones y leyes y ha sido también, gracias a sus minorías dirigentes, la costumbre de envilecer y trastornar sus instituciones y leyes; en síntesis, una nación es demasiadas personas y situaciones como para reducirla a lo que, en la visión de los partidarios del sí a la guerra, es un grupo aterrorizado yaterrorizable que si se aparta de la voluntad de George W. Bush conocerá indefectiblemente el abismo, y pagando renta además”. La oposición hoy a la invasión de Irak es una batalla en defensa de las naciones, que pretenden ser anuladas por el “Nuevo Orden”, de la libertad, que quieren sacrificar en nombre de la seguridad, de la democracia, inservible si lo que cuenta en el mundo es la voluntad imperialista, y el derecho de los pueblos a decidir su destino. La guerra es la expresión del fracaso de la política, en especial si se prolongan los bombardeos, como en este caso, a la manera de alargar las sesiones de tortura para “quebrar” al régimen. Puede ser que el movimiento pacifista tenga que insistir hasta el hartazgo para ser escuchado, pero vale un razonamiento que le pertenece a Norberto Bobbio, un veterano utopista: “Un grano de arena, llevado por el viento, puede introducirse en cualquier mecanismo y detener la máquina más poderosa o sofisticada”. Vale la pena seguir soplando.

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