EL MUNDO › OPINION

Cuando llegue la dura realidad

Por Jacques Amalric *

A pesar de su arrogancia, su baja estima del adversario y sus errores de cálculo, Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa, ganará seguramente su guerra contra Irak. Pero habrá de aquí en adelante perdido la paz, y por eso compromete gravemente los planes a largo plazo hechos por sus aliados neoconservadores, esos “imperialistas” de la democracia para los cuales Irak no es más que el primero de una larga lista de países que deben normalizarse en nombre de la guerra contra el terrorismo.
El mayor error cometido por Washington cuando la elaboración de la campaña de Irak revela sin duda alguna un fenómeno de autointoxicación: haber creído que el pueblo iraquí colaboraría con la victoria de la coalición norteamericano-británica. Al mismo tiempo, los responsables norteamericanos denunciaban a Saddam Hussein por lo que es: un implacable dictador a la cabeza de un temible régimen policial y de una guardia pretoriana fuerte compuesta por varios centenares de miles de hombres. El asombro de los estrategas norteamericanos al verlo a Saddam Hussein listo a resistir hasta el último iraquí tiene por qué sorprender. Como buen discípulo de Stalin, el dictador había tomado la precaución de hacer que sus secuaces dividieran en zonas no solamente Bagdad, sino también las ciudades chiítas del sur. Como para descorazonar todo movimiento de revuelta contra un régimen que había reprimido con sangre las rebeliones de 1991, llevadas a cabo frente a un ejército norteamericano que permanecía con las armas a sus pies. Sólo los kurdos iraquíes, escapados ya de la empresa de Saddam Hussein, cooperan con las fuerzas americanobritánicas. Pero aun esta alianza está envenenada porque los objetivos a largo plazo de unos y otros son contradictorios. Los kurdos, a pesar de lo que dicen hoy, no tienen nada que hacer con un Irak perenne, y saben que su enemigo de mañana está más en Ankara que en Bagdad.
Donald Rumsfeld y los suyos se han referido a menudo, antes de la guerra de Irak, a la ocupación de la Alemania nazi y de Japón con respecto a la Segunda Guerra Mundial, para afirmar que los soldados serían recibidos como libertadores, por lo menos en el sur chiíta. Ningún testimonio respecto de estos dos episodios habla de una tal bienvenida. Deberían más bien haber meditado sobre la resistencia soviética a la invasión nazi después de la ruptura del pacto germano-soviético por Berlín. Aunque cubierto de sangre de sus conciudadanos, Stalin logra exaltar con éxito el sentimiento nacional ruso con el concurso de la Iglesia ortodoxa, que él perseguía sin embargo hasta ese momento. Las únicas disidencias notables tuvieron lugar en los confines del imperio, en las repúblicas bálticas y en Ucrania. Ahí también hay que constatar que Saddam se inspira en su maestro utilizando el patriotismo iraquí y árabe como el islamismo que combatía todavía ayer.
La resistencia de las fuerzas fieles a Saddam Hussein y la guerra de los partisanos que se entabla no van a facilitar, por el contrario, la tarea de la coalición norteamericano-británica. Apurados por terminar y evitar el estancamiento de una guerra de guerrillas para la cual sus tropas no están preparadas, Estados Unidos va, por la fuerza de las circunstancias, a respetar cada vez menos su compromiso de limitar al mínimo las víctimas civiles. Ya es lo que pasa en Kerbala, Hindiya, Najaf y más cerca aún de la periferia de Bagdad. Y esto no hará más que multiplicarse en caso de una guerra urbana. Esta situación inquieta al Estado Mayor británico que lamenta, con palabras encubiertas, “los recursos excesivos de la fuerza en los encuentros con civiles” de parte de las unidades norteamericanas.
Por más que lo diga en público, Donald Rumsfeld tiene necesidad de una victoria rápida, aun a un precio elevado, para no ser a la guerra de Irak lo que el ex secretario de Defensa Robert McNamara fue a la guerra de Vietnam: un intelectual pretencioso, ideólogo, ignorante de las realidades del terreno, demasiado confiado en la superioridad tecnológica de su país, poco preocupado por las desgracias de la guerra. Es por eso que debió haber revisado por encima el plan de guerra que había impuesto sin el acuerdo de su Estado Mayor. Seguro de estas certezas, intoxicado por sus aliados neoconservadores y algunos dirigentes de la oposición iraquí en exilio, él había creído, pero sin motivo, que la dictadura de Saddam Hussein, de treinta años de antigüedad, no resistiría más tiempo que el régimen de los talibanes afganos. Error fatal el de confundir una sociedad literalmente medieval, fundada sobre los intereses contradictorios de etnias y clanes diferentes, con una dictadura policial, centralizada y contenida por un único partido. Falta de oportunidad suplementaria: ningún rastro convincente de armas de destrucción masivas, químicas bacteriológicas o nucleares han podido ser descubiertas todavía por la coalición.
Al punto en que estamos, una victoria militar no impedirá el sueño de un Irak democrático de virar a la más completa utopía. Los libertadores anunciados ayer se van a transformar en ocupantes en el corazón de una de las regiones más explosivas del mundo. Para gran alivio de los países inscritos sobre (o en las cercanías) el “eje del mal” denunciado por George W. Bush: Corea del Norte, Irán, Siria, Libia. Sale la virtualidad. Vuelta a la realidad. El aterrizaje será rudo.

* Editorialista del diario francés Libération. Traducción: Celita Doyhambéhère.

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