EL MUNDO › LA CELEBRACION QUE NO FUE EN MEDIO DE LA OCUPACION

Ultimo cumpleaños de Saddam

 Por Eduardo Febbro

“Saddam, éste ha sido tu último cumpleaños feliz”, dice la banderola desplegada al frente del hotel Palestina en cuyo centro la estatua de Saddam Hussein montado a caballo yace en mil pedazos desparramados por el piso. Ni fiestas, ni cantos, ni velitas de cumpleaños prendidas en todo el país como lo imponía la costumbre vertical instaurada por Saddam Hussein.
El 28 de abril de cada año era un día feriado. El pueblo estaba autorizado a festejar el nuevo año de su eterno presidente. Esta vez la fiesta fue al revés. Los iraquíes festejaron “la posibilidad de no tener que festejar nada”, según decía a Página/12 Ahmed, un comerciante del barrio Karrada. El signo más claro del estado de ánimo de la sociedad fue la manera en que los miles de retratos y monumentos de Saddam Hussein fueron desfigurados. En la capital iraquí, los pocos que quedaban intactos desaparecieron ayer: borrados, pintados a la brocha gorda, desfigurados o simplemente destruidos a balazos. “Es un gran día para mí”, decía Abdullah, un vecino del barrio Al-Mansur. Con una impecable Kalachnikov en los brazos “comprada especialmente para esta ocasión”, Abdullah recorrió las calles del barrio en busca de las faraónicas representaciones de Saddam Hussein que se salvaron de la venganza popular. A balazo limpio, el hombre desfiguró cuanto retrato encontró por el camino. Su iniciativa, aplaudida por la gente que se iba sumando a su caminata, acarreó un incidente con los soldados norteamericanos cuando Abdullah, apostado como un eximio cazador, agujereó a balazos una placa del tráfico. A la derecha, el signo de la placa indicaba una calle a contramano. A la izquierda de ella, la silueta de un peatón mostraba que no se podía cruzar por ese lado. El dibujo representaba la silueta de Saddam Hussein. Ante una concurrida y festiva asistencia, Abdullah empezó a ametrallarlo hasta que los soldados pusieron fin a la algarabía.
En el centro de Bagdad, la gente se reunía para burlarse de los años anteriores en que estaba obligada a soplar la velita del presidente. En la calle Saddun, una banderola decía “Por favor, que no vuelva”. Munhal, un profesor universitario de 45 años, comentaba: “Es un gran día para los iraquíes. Saddam no está más entre nosotros. ¡Qué alivio!”. La única manifestación “popular” a favor de Saddam fue organizada en la ciudad natal del ex presidente, Tikrit, donde pequeños grupos organizaron marchas de apoyo a Saddam. “Por lo menos, Saddam no es un producto importado. Es un iraquí”, decían sus partidarios. La fiesta se acabó cuando dos tanques norteamericanos y dos helicópteros de combate vinieron a poner las cosas en claro: “Vuelvan a sus casas, lo que están haciendo está prohibido. Si continúan, utilizaremos la fuerza”, repetía hasta el cansancio un mensaje difundido en árabe a través de los altoparlantes de un tanque.

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