EL MUNDO › OPINION

La alianza marciano-selenita

 Por Claudio Uriarte

Donald Rumsfeld, secretario de Defensa norteamericano, encabezó en abril de 2001 un equipo de trabajo encarado a diseñar lo que habría de ser la quinta fuerza armada norteamericana (después de Ejército, Marina, Marines y Fuerza Aérea): una Fuerza del Espacio que sobrevolaría el planeta en futuristas naves suborbitales, desplegando una política militar en red con la Fuerza Aérea, los satélites, los sistemas de radares, la Internet y el escudo de defensa antimisilística cuya proyección signó los primeros meses de la administración Bush –para ser luego brutalmente bajado a tierra por la demolición de las Torres Gemelas–. ¿Puede inferirse que el programa anunciado ayer por George W. Bush para la colonización de la Luna y la conquista de Marte encierra esa intencionalidad militar ulterior?
La respuesta es: difícilmente. Una fuerza suborbital no requiere la colonización del satélite, que queda demasiado lejos para ser útil en menesteres tan terrestres; el establecimiento de una base militar en la Luna sólo se explicaría si el enemigo estratégico estuviera en el Asteroide 134 C, o si la hipótesis de conflicto fuera la intercepción o destrucción del cometa Halley; similarmente, la colonización de Marte tendría sentido militar únicamente si el enemigo estuviera en Venus (lo que tal vez se relacione a la célebre boutade de Robert Kagan de que “los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus”). Así las cosas, el único “enemigo” en que puede pensarse es el programa espacial y militar chino, pero, como siempre tiende a ocurrir cuando se trata de China (de la que también se fantasea que será la hiperpotencia única en 2025, con la única ayuda de un método tan poco serio como proyectar indefinidamente sus actuales tasas de crecimiento sin contar el crecimiento de su población, ni considerar el bajísimo piso del que parte), las noticias de su despegue han sido grandemente exageradas: Pekín dispone al presente de una flota de 30 misiles intercontinentales, capaces a lo sumo de alcanzar Los Angeles; EE.UU. tiene hoy todo el potencial económico y tecnológico para ahorcar al niño en su nacimiento antes de construir una OTAN en escala marciano-selenita.
Por lo demás, no hay dinero. El presupuesto norteamericano soporta un asfixiante déficit de 500.000 millones de dólares; la misma, ambiciosa escala temporal de los anuncios del presidente sugiere que la NASA no está al borde de recibir un diluvio de miles de millones federales; y el argumento de que los fondos se conseguirán cortando otros programas es el hazmerreír de cualquier burócrata que se precie: todo programa en funcionamiento despliega una llamativa tendencia a su autopreservación. La conquista de Marte no implicará la de Washington D.C. (o por lo menos, no más allá de noviembre de este año).

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