ESPECTáCULOS › TERMINO LA 9ª EDICION DEL FESTIVAL INTERNACIONAL DE LAPATAIA

En los límites del jazz y la postal

El pianista Kenny Werner fue la estrella de un encuentro que mostró virtudes y debilidades. La programación privilegió a los artistas que garantizaban no violentar las fronteras del jazz ambiental.

 Por Diego Fischerman

Con una mañana espectacular y una noche que, paradójicamente, terminó siendo lo más flojo de esta novena edición, concluyó el Festival Internacional de Jazz de Lapataia. El tambo El Sosiego, donde se fabrica el mejor dulce de leche imaginable, fue el escenario de una conjunción estilística cuyas virtudes y debilidades reflejaron, de manera casi simétrica, las de su director artístico, el saxofonista y clarinetista Paquito D’Rivera. De ahí que la representación del jazz latino, en este festival, haya sido mucho mayor que la que existe en el mundo del jazz a secas. Y de ahí también que esa latinidad haya estado, en algunos de los casos, más afín con la postal turística que con nuevos buceos como los del saxofonista David Sánchez, por ejemplo.
El cierre, con el grupo del vibrafonista y marimbista David Samuels y con el del propio D’Rivera, desnudó esas limitaciones y presentó, en todo caso, una visión bastante adocenada y convencional del jazz latino, cercana a los trabajos rentados de esos músicos cubanos, puertorriqueños, dominicanos y hasta argentinos, que de algo tienen que vivir en una Nueva York atestada de intérpretes de jazz tan competentes como nativos. D’Rivera no es el programador más actualizado del mundo ni su estética la más innovadora, y esa tendencia al costumbrismo está empezando a notarse. Podría pensarse que el éxito de un festival de esta naturaleza, que para su subsistencia necesita más del público con dinero que del que ama el jazz (si ambos coinciden, en todo caso, mejor), radica en no violentar demasiado los límites del jazz ambiental. Cualquier conflicto estético podría ahuyentar a los concurrentes. Sin embargo, las actuaciones más aplaudidas fueron también las que asumieron una mayor cuota de riesgo estético. Y la prueba del choripanómetro resultó en cada noche incontrastable: el interés de las propuestas musicales sobre el escenario podía medirse en relación inversa con la cantidad de gente que comía choripanes en el quincho cercano.
La estrella de esta novena edición fue, sin duda, el pianista Kenny Werner junto a su trío y a un invitado de lujo, el excelente saxofonista Chris Potter, que terminó, además, tocando casi tres shows. El primero fue en la inauguración, el segundo fue interrumpido por la tormenta cuando ya llevaba más de media hora. Y el tercero, en el inusual horario del domingo a las 10.30, que completaría la presentación inconclusa, fue el más largo e intenso de los tres. Nuevamente, el nivel técnico extraordinario de cada uno de los integrantes, la claridad en los planos de Werner, la imaginación de Potter y la interacción del grupo produjeron un set de altísimo nivel. En comparación, el esperado James Carter, que tocó saxo soprano, alto y tenor pero no viajó con barítono, saxo bajo ni clarinete bajo, fue impactante pero poco profundo. Y sus permanentes demostraciones de dominio instrumental acabaron pareciendo un poco payasescas.
Ya a la noche, se trataba de homenajear a Paquito D’Rivera, que cumplía cincuenta años con la música y aprovechó para su discurso gusano de ocasión después de que la esposa del presidente uruguayo le diera un regalo (un mate, para más datos): “Aquí me recibe la mujer del presidente y en mi país ni siquiera puedo entrar a mi departamento”, dijo para los aplausos de gran parte del público. Pero después vino lo mejor: la cuerda de tambores de Maldonado subió al escenario y Paquito primero y su grupo después se sumaron al candombe con sus instrumentos. Antes había actuado el trío del bajista uruguayo Popo Romero y después llegó el grupo de Samuels. Este percusionista especializado en instrumentos de placa, que en la década del setenta y el ochenta participó en proyectos interesantísimos, como el grupo Double Image o sus trabajos junto al oboísta Paul McCandless, viene dedicándose, desde hace unos años, al jazz latino. A pesar de los buenos oficios del pianista argentino Darío Eskenazi y el baterista Mark Walker (actual percusionista del grupo Oregon), de los prolijos arreglos y del buen nivel de los solistas, la música no logró despegar casi nunca del correcto aburrimiento. Tampoco alcanzó a levantar la puntería el grupo de D’Rivera, haciendo música brasileña y contando con la participación, como invitado, del opaco cuarteto vocal The New York Voices.

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Paquito D’Rivera concretó un show correcto pero convencional.
 
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