ESPECTáCULOS

Un paseo sexual en cinco ciudades

“Hoteles”, de Aldo Paparella, pone una nota distinta en el panorama del cine argentino, con un trato visual y argumental que asume varios riesgos.

 Por Luciano Monteagudo

Por varias razones, Hoteles, primer largometraje de Aldo Paparella (Buenos Aires, 1958), es un caso insólito en el contexto del cine argentino. En primer lugar, en un cine por lo general pudoroso en materia de sexo y, en muchos casos, lisa y llanamente pacato, represivo y moralizante, Hoteles se plantea desde su origen, sin eufemismos, como un film erótico, que no tiene vergüenza ni miedo en llegar a ser explícito. En una segunda instancia, Hoteles también es una rareza, una anomalía en la medida en que viene a rebelarse contra la religión del realismo que profesan, en una u otra variante, la mayoría de las expresiones del nuevo (y también del viejo) cine argentino. El film de Paparella –cuya experiencia anterior, el mediometraje Los sabuesos de Sófocles, se internaba en un universo mítico– está concebido como un sueño, una metáfora, una fantasía, que no pretende tener ninguna relación con el mundo exterior, porque asume que el territorio del deseo no obedece a los imperativos de la realidad.
La estructura de Hoteles también es atípica. Dividido en cinco episodios, titulados como las ciudades donde supuestamente transcurren (aunque casi todo el film se rodó en interiores locales), el film de Paparella –que casi no tiene diálogos– hace de Shanghai, Asunción, Nueva York, Buenos Aires y Chernobyl espacios de la imaginación, destinos quiméricos connotados apenas por una combinación de objetos, por detalles de vestuario, por unos sonidos que no intentan reproducir esas ciudades sino insinuarlas, evocarlas, invocarlas incluso, como si fueran fantasmas.
En Shanghai un hombre y una mujer, aparentemente extranjeros en el lugar, se aburren y, para matar ese aburrimiento, se entregan a un sexo olímpico, ajenos a esa ciudad que se supone bulle del otro lado de la ventana. En Asunción, un sórdido frigorífico abandonado sirve de marco para que una prostituta provea sus servicios sadomasoquistas a un cliente, bajo la protección de un gordo siniestro que prepara un guiso. En Nueva York se impone el paisaje urbano, reconstruido con fotos fijas de sus edificios y rascacielos, de sus signos viales y culturales, que enmarcan el encuentro de una pareja que parece salida de la iconografía publicitaria estadounidense. En Buenos Aires, dos chicas se refugian en un recreo del Tigre, se sacan fotos, hacen vehementemente el amor y conjuran el fantasma de Leopoldo Lugones, que se suicidó en esa misma cama donde se fusionan sus cuerpos. Finalmente, en Chernobyl (el episodio más flojo del conjunto) un hombre que toma muestras radiactivas, enfundado en un fatigoso traje anticontaminante, se ve asaltado por una chica que se comporta de manera casi animal.
Paparella y sus fotógrafos (Ariel Vilches y Mariano Molinari) utilizan distintos soportes, recursos y estilos para cada episodio: video, súper 16mm, 35mm solarizados, ralenti, foto fija. Impera en todos sin embargo un mismo clima apocalíptico, final, del que parece hablar también el título del film. Hoteles insinúa una condición esencialmente transitoria, un puro presente sin noción de futuro, antes que referir a los lugares de encuentro de esas parejas, que son también fábricas y depósitos desiertos.
La prepotente juventud de los intérpretes, sus figuras apolíneas, su estilo muchas veces fashion hacen del film algo bastante más convencional y menos subversivo de lo que podría parecer en una primera instancia. Mucho más interesante que lo que hace Paparella con sus actores (¿modelos?) es lo que consigue con el mundo inanimado. Para el director, todo objeto es pasible de una mirada erótica y –con la ayuda del montajista Julio Di Risio– va construyendo una serie de asociaciones libres, con formas turgentes, pliegues oscuros, orificios insondables que no son los de la anatomía humana, pero la sugieren magníficamente.

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Los episodios de Hoteles están unidos por un clima apocalíptico.
 
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