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Ardió la Mezquita Roja en el día de su reapertura y hubo trece muertos

Volvió la violencia a Pakistán. A semanas del ataque militar que dejó más de 300 muertos en la mezquita de Islamabad, los estudiantes islamistas echaron al clérigo del gobierno y en las cercanías un ataque suicida en un hotel dejó un tendal de muertos y heridos.

Un atacante suicida mató ayer al menos a 13 personas y más de 60 resultaron heridas cerca de la Mezquita Roja de Islamabad, en Pakistán, poco después de que cientos de islamistas se enfrentaron con la policía, en la reapertura oficial del templo. “¡Musharraf es un perro!, ¡muerte a Musharraf!”, gritaban contra el presidente los jóvenes, mientras otros tomaban el complejo religioso donde hace dos semanas murieron cerca de 300 personas en un ataque militar del gobierno.

Recién restaurada y con las paredes pintadas de color beige, la mezquita abrió sus puertas ayer en medio de un nuevo conflicto. Manifestantes tiraron piedras a la policía, denunciaron a Pervez Musharraf y exigieron por micrófono el retorno del clérigo Abdul Aziz, detenido en las primeras semanas de julio cuando se escapaba de las madrasas, que junto a su hermano y miles de estudiantes habían tomado en oposición a las autoridades. Los jóvenes embadurnaron con baldes de pintura las paredes exteriores del templo, mientras decenas más se subieron al techo y colgaron banderas y pancartas islamistas. Además, echaron al clérigo nombrado por el gobierno para dirigir la mezquita y realizaron una advertencia. “La muerte del ex líder del complejo religioso Abdul Rashid Ghazi –fallecido en el ataque al edificio de hace dos semanas– traerá una revolución islámica”, dijeron los manifestantes.

Aunque la policía no intervino contra las protestas en un primer momento, más tarde disparó gases lacrimógenos, después de que los estudiantes radicales dijeran por los altavoces del interior del recinto que habían tomado el control del centro islamista.

Luego, cuando los disturbios habían cesado dentro y fuera de la mezquita, un suicida se inmoló en un hotel de una zona comercial, causando la muerte de siete policías que estaban desplegados para prevenir hechos de violencia por la reapertura del templo. Según Geo TV, tras el atentado las autoridades se apresuraron a declarar el alerta roja en Islamabad, que ya había sufrido otro acto de violencia el pasado 17 de julio, cuando un ataque suicida reventó un acto previsto por el presidente del Supremo, Iftikhar Chaudhry. En ese atentado habían muerto 16 personas, mientras que otras 63 resultaron heridas, la mayoría de ellas miembros de la formación opositora Partido Popular de Pakistán (PPP). Liderada por la ex primera ministra exiliada Benazir Bhutto, el partido fue el único que apoyó al gobierno en la operación militar de asalto a la Mezquita Roja a comienzos de julio.

Hasta ese incidente, el centro religioso estuvo dirigido desde 1990 por los hermanos Abdul Aziz Ghazi y Abdul Rashid Ghazi que practicaban la línea dura del Islam inspirada en la ley coránica o sharia. Los líderes habían lanzado una agresiva campaña para imponer la ley islámica en la capital, que incluyó el rapto de chinas acusadas de prostitución y amenazas de inmolaciones con explosivos para defender la mezquita, lo que causó temores por la expansión del extremismo islámico en el país. Ante la presión del gobierno y el sitio militar, cientos de estudiantes se atrincheraron en las madrasas del complejo junto a mujeres y niños durante ocho días hasta que el ejército atacó el lugar y puso fin a la toma pero con un sangriento saldo de víctimas, la mayoría de ellos estudiantes radicales que resistieron a los tiros, según informó el gobierno. Luego del letal operativo, la mezquita fue cerrada por las autoridades para prevenir nuevos hechos de violencia y permitir su reparación.

Sin embargo, la mano dura de Musharraf dio pie a una ola de ataques contra sus tropas y atentados suicidas, sobre todo en las áreas tribales del oeste de Pakistán, donde los radicales tienen una mayor presencia. Más de 300 personas murieron desde el asalto militar al complejo religioso el 10 de julio que dejó 102 muertos.

En el último mes, los enfrentamientos multiplicaron la presión exterior sobre el presidente paquistaní, que llegó al poder con un golpe de Estado en 1999. Antes de los incidentes de ayer, Musharraf rechazó una vez más la amenaza que hizo Estados Unidos. El secretario adjunto para Asuntos Políticos del Departamento de Estado, Nicholas Burns, advirtió ayer que Washington se reservaba el derecho de bombardear posiciones de la red de Osama bin Laden, en referencia a la frontera de Pakistán con Afganistán. “Dentro de nuestro territorio sólo operarán fuerzas paquistaníes, que son plenamente capaces de desempeñar su tarea. Combatimos el extremismo por nuestro propio interés nacional y no tenemos que complacer a nadie”, respondió en forma tajante el mandatario.

Pero ésa no es la única fuente de tensiones para el mandatario ya que este mes sufrió un duro revés cuando la Corte Suprema paquistaní reinstaló a su titular, antes destituido por el cuestionado Musharraf.

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Un policía herido después del ataque suicida en las cercanías de la Mezquita Roja.
 
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