EL MUNDO › LA COMUNIDAD INTERNACIONAL PRESIONA PARA QUE ISRAEL LEVANTE EL BLOQUEO QUE IMPUSO HACE CUATRO AñOS

El asalto dejó al desnudo la crisis de Gaza

La ayuda de las organizaciones internacionales y locales, los sueldos del sector público y la economía de los túneles por los que ingresa el contrabando desde Egipto son los responsables de que la gente no se muera de hambre.

 Por Sergio Robart

Desde Tel Aviv

Cuando empieza a despejarse la espesa cortina de humo creada por el filtro de la censura militar y de los ridículos justificativos oficiales, el asalto a la flota que transportaba ayuda humanitaria a la Franja de Gaza perpetrado por un comando de la Marina israelí puede ser evaluado a la luz de sus resultados. En primer lugar, nunca hubo una constelación internacional y regional más propicia para presionar al gobierno de Tel Aviv a que desmantele el bloqueo que impuso a los habitantes de Gaza cuatro años atrás. Es realmente difícil pensar en un logro político más preciado a ojos del declarado enemigo de Israel, el movimiento islamista Hamas. Una vez más, en tal sentido, el uso indiscriminado de la fuerza estatal-militar sirve a los intereses del bando contrario, al que se pretende combatir.

La ilegalidad del bloqueo seguramente será tratada en el Consejo de Seguridad de la ONU próximamente. Egipto, que hasta ahora también participaba de la medida restrictiva a la libertad de movimiento de los palestinos de Gaza, anunció ayer que permitirá la apertura del paso fronterizo de Rafah para casos humanitarios, como el traslado de personas que necesiten asistencia médica de la que carecen los hospitales locales. Por su parte, la Autoridad Palestina (AP), que gobierna en Cisjordania, decidió enviar una delegación a Gaza con la finalidad de reflotar los esfuerzos conciliadores con su fuerza rival, Hamas, y sumarse al reclamo de que la ONU exija la cancelación del bloqueo de la Franja sitiada. El titular de la AP, Mahmud Abbas, no estuvo dispuesto a ir tan lejos como lo pretendía el líder del movimiento islamista, Ismail Haniyeh, quien lo instó a interrumpir la negociación indirecta con Israel.

Si bien la dirigencia palestina oficial no guarda expectativa alguna del resultado que pueda surgir del canal diplomático que, a través de la mediación norteamericana, mantiene con el gobierno de Benjamin Netanyhau, tampoco quiere servir de excusa a la recurrente posición israelí que acusa a los palestinos de ser los que no están dispuestos a firmar un acuerdo de paz. “No hay crisis humanitaria en Gaza”, afirmaron varios de los dirigentes israelíes. Ellos se basan en el hecho de que Israel permite el ingreso de productos básicos. En parte, son comprados y distribuidos a la población por organizaciones internacionales. La mayoría son vendidos a los comerciantes de la Franja palestina, quienes a su vez los venden en los mercados y negocios. La periodista Amira Haas, del diario Haaretz, explica que este abastecimiento se convirtió en una situación permanente, en la rutina que justifica la versión del gobierno israelí acerca de la inexistencia de una crisis, que debería ser la desviación de un estado de cosas normal, un cambio radical respecto de la situación que lo precedió. Haas agrega que también en lo de “humanitaria” el lenguaje oficial revela la realidad. “Es correcto –sostiene– si la intención es afirmar que cientos de miles de personas no se mueren de hambre o de sed. No hay crisis humanitaria si se piensa que todo lo que un ser humano necesita para vivir es una cifra dada de calorías por día. A quien vive en Tel Aviv o en Jerusalén le resulta fácil desentenderse del dato rutinario, es decir alejado de cualquier situación de crisis, que consigna que el 90 por ciento del agua que se extrae en Gaza de la única fuente existente no es potable. El que no consigue agua purificada está expuesto a las siguientes enfermedades: presión alta, daños en los riñones, problemas intestinales.” La ayuda de las organizaciones internacionales y locales, los sueldos del sector público y la economía de los túneles por los que ingresa el contrabando desde Egipto son los responsables de que la gente no se muera de hambre. Por último, la periodista israelí pregunta: “Pero, ¿qué pasa con la necesidad del ser humano a la libertad de movimiento, el derecho a producir, crear, mantenerse y estudiar, acceder a tiempo a un tratamiento médico, el derecho a pasear? Los voceros que intentan demostrar que la situación es aceptablemente buena reducen las necesidades del ser humano a una tabla que contiene agua, alimentos y techo. Esa tabla dice mucho acerca de sus diseñadores y nada del ser humano tomado como objeto estadístico”.

Otra consecuencia inevitable del operativo contra la flota de barcos que intentaba llegar a las costas de Gaza es la profundización del deterioro de las relaciones entre Israel y Turquía, que venían empeorando desde el ataque militar israelí a Gaza llevado a cabo en enero de 2009. Dado que el gobierno de Ankara apoyó la organización del convoy marítimo, y gran parte de los muertos y heridos son ciudadanos turcos, su reacción ha sido la más enérgica y airada. Retiró a su embajador en Tel Aviv, exigió la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU con el objeto de condenar a Israel y llamar a la creación de una comisión investigadora internacional.

Ahora el premier Recep Tayyip Erdogan, quien canceló su gira por Sudamérica para regresar a su país, deberá tomar una decisión estratégica: extremar las medidas anti-israelíes hasta el límite de la ruptura de las relaciones diplomáticas o aprovechar la actual crisis para impulsar el liderazgo de Turquía como mediador diplomático del conflicto de Medio Oriente. La primera opción implicaría el afianzamiento de la coyuntural alianza que mantiene con Irán y con Siria, y, por consiguiente, su alejamiento del bloque occidental (con el daño que ello le infligirá a su aspiración de integrarse a la Unión Europea). Si Erdogan eligiera, en cambio, la segunda opción, podría condicionar la normalización de las relaciones con Israel al establecimiento de una agenda de levantamiento del bloqueo contra Gaza, la participación turca en el proceso diplomático palestino-israelí y la reanudación del diálogo indirecto, con Ankara de mediador entre Tel Aviv y Damasco.

Si bien esas condiciones no serán potables para el gobierno de Netanyahu, sí serían aceptables para los Estados Unidos, que dependen de Turquía en varios terrenos. Además, el líder turco podría promover la reconciliación intrapalestina entre Fatah y Hamas, colocando a Israel en una posición aun más embarazosa en el contexto internacional que la que su actual gobierno se ha “ganado”.

Los intereses israelíes, por su parte, también se verían afectados en caso de que Turquía decida romper los vínculos que mantiene con Israel. Los aspectos comerciales y turísticos de ese intercambio son los más conocidos. Su lado militar, a pesar de ser sumamente significativo, es menos mencionado. En la última década, por cierto, el país musulmán se convirtió en uno de los cinco mercados más importantes para la exportación de armamentos israelíes, junto con la India, Singapur, Estados Unidos y la Unión Europea. La relación entre las fuerzas armadas de ambos países incluye la utilización de bases y el espacio aéreo turcos en provecho de aviones israelíes, la realización de maniobras aéreas y marítimas conjuntas y la cooperación en el área de Inteligencia. No es necesario ser un experto en la materia para entender la importancia estratégica de Turquía, que limita con los dos principales enemigos de Israel: Irán y Siria. Aunque el ejército de ese país no está interesado en la ruptura con Tel Aviv, está por verse si su peso podrá contrarrestar la presión que podría ejercer el gobierno islamista en caso de que decidiera redoblar su desafío al bloque norteamericano-europeo-israelí.

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La mayoría de los habitantes de Gaza no acceden a agua potable.
 
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