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Ojos arrogantes

 Por Carolina Bracco *

En un escenario impensado hace un año, cuando era inminente que su hijo Gamal lo sucediera luego de 30 años en el poder, Hosni Mubarak, el ex presidente egipcio, se convirtió ayer en el primer gobernante árabe procesado en su país.

Mubarak enfrenta cargos de corrupción y de dar la orden de abrir fuego contra los manifestantes, lo que causó la muerte de 850 personas durante los 18 días de la revolución que estalló el 25 de enero, responsabilidad que comparte con su ministro del Interior, Habib al Adli, que fue quien la ejecutó. Por estos cargos ambos pueden ser condenados a la pena de muerte. También se encontraban tras las rejas de una celda construida para la ocasión Gamal Mubarak y su hermano Alaa, que enfrentan cargos de corrupción. Tan pronto como Hosni Mubarak entró en el tribunal, las redes sociales –donde se gestó la revolución que lo llevó del sillón presidencial al banquillo de los acusados– estallaron de exclamaciones de felicidad, para luego transformarse en simpatía y piedad. Las primeras expresiones de algarabía, “Mi hermano Muhammad ahora descansa en paz”, escribía Salma, hermana de uno de los mártires de la revolución; “No creí que viviera para ver este momento”, “La revolución ha triunfado”, fueron pronto opacadas al ver al ex presidente entrar en la sala en una camilla. Fue entonces cuando desde las mesas de los cafés, donde se habían congregado cientos de egipcios para seguir por la televisión nacional el espectáculo, hasta muchos jóvenes que lo seguían on line comenzó a retumbar una sola palabra: “Haram” (pecado), que suele expresarse cuando se siente pena por alguien. “Haram, ya tiene suficiente con estar viejo y enfermo”, “Haram, es un héroe de la patria”, fueron de los primeros tweets; luego siguieron otros del tipo “Si tu padre comete un error, ¿no lo perdonarías?”, que fueron cientos.

Algunos recordaron aquel mensaje que envió Mubarak en su discurso del 10 de febrero, cuando parecía dispuesto a incendiar el país antes de renunciar, en el que se pronunciaba como padre de todos los egipcios. Este mismo mensaje gritaban afuera de la Academia de Policía –antes llamada “Mubarak”, donde se celebraba el juicio– simpatizantes del ex presidente, a la vez que lanzaban piedras contra opositores, ante la indiferencia de la policía y las fuerzas de seguridad. No por casualidad el primer grupo, mayoritario, era de los pocos que habían tenido acceso al lugar franqueando las largas y frondosas filas de oficiales de todo tipo que rodeaban la Academia. Desde allí captaban la atención de los medios extranjeros a los que se les había negado el acceso al tribunal.

La ceremonia duró apenas unos minutos, los acusados comparecieron, se declararon inocentes y se fijó una nueva audiencia para el 15 de agosto. La arrogancia en los ojos de Hosni Mubarak, aun postrado y tras las rejas, fue sin duda lo más notable de la jornada.

Si bien el juicio tiene una importancia meramente simbólica, el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas (SCAF por sus siglas en inglés), en el poder desde el 11 de febrero, intentó evitarlo a toda costa. Claro simpatizante del ex mandatario, no querría verlo terminar sus días degradado públicamente; pero la presión de los manifestantes que exigieron desde un primer momento el proceso se hizo cada vez mayor y más intensa, por lo que no tuvo alternativa.

Acorralado él mismo por las denuncias de asesinatos, torturas y toda clase de abusos a los detenidos a quienes por miles está procesando en juicios militares sin defensa ni posibilidad de apelación, el SCAF continúa con su política, o mejor dicho su maniobra, de hacer este tipo de concesiones simbólicas para disminuir la tensión entre él y los jóvenes revolucionarios.

En este caso, el juicio a Mubarak viene a “tapar” lo sucedido el primer día del mes de Ramadán, el 1º de agosto, cuando el ejército junto a la policía y sus matones desalojó a los tiros la plaza Tahrir, como lo hiciera el 9 de marzo, dejando un saldo de más de 300 heridos. Allí se encontraban acampando desde el 8 de julio pasado familiares de las víctimas de la brutal represión por la que ahora el ex presidente está siendo procesado, junto con otros activistas y militantes. Entre los principales reclamos de los allí asentados estaban el cese de los juicios militares, el avance en las reformas y el juicio a Mubarak.

Tan desconcertantes como efectivas, las medidas de este gobierno parecen poner a prueba constantemente la fortaleza y la constancia del pueblo egipcio, que tiene las esperanzas acorraladas y los bolsillos vacíos. El agravamiento de la situación económica y la sensación de que no ha cambiado nada desde la renuncia de Mubarak acompañan este mes de Ramadán.

* Politóloga de la UBA, master en Cultura Arabe (Universidad de Granada).

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