EL MUNDO › OPINION

Sonríe: el Southcom te está filmando

 Por Miguel Bonasso

La posibilidad de que la anschluss norteamericana en Irak se imponga rápido y con escasos costos para el invasor puede tener consecuencias onerosas para América Latina en general y Argentina en particular. El naufragio del derecho internacional, el desprecio por la opinión de las mayorías mundiales y una política de apropiación de los recursos naturales que tiene todas las características de una recolonización colocan a nuestros estados nacionales (ya amenazados de muerte por los teóricos de la “globalización”) ante la mayor encrucijada de su historia.
La “amenaza terrorista”, esa excusa espectral utilizada por Washington para invadir países soberanos con o sin la aprobación de la ONU y los propios aliados de la OTAN, lo habilita para hacerse presente —como gendarme universal— en cualquier lugar de la Tierra. Y con más razón en los países que siempre han integrado su “patio trasero”. Quienes piensen que esta es una tesis alarmista deben remitirse a las declaraciones del general James Hill (jefe del Comando Sur del ejército norteamericano), quien advirtió hace pocos días en Miami que el “narcoterrorismo es una fuerza de destrucción penetrante que afecta a todos los países de las Américas”. Según el general Hill, el comercio de drogas y el lavado de dinero financian “a los grupos radicales islámicos vinculados con Hamas, Hezbollah y otros, que operan en la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay o en la isla venezolana de Margarita”.
Las declaraciones del jefe del Southcom se vieron complementadas por una verdadera campaña de la CNN acerca del posible paso de un jefe de Al-Qaida por la Triple Frontera. En las últimas horas subieron la apuesta: ahora sería el propio Osama Bin Laden el que habría dado vueltas en torno a la Garganta del Diablo. Hasta el presente, lo único que se ha visto fehacientemente por Misiones son soldados norteamericanos en ejercicios presuntamente sanitarios contra el mosquito Aedes, que han carecido del permiso parlamentario que exige la Constitución. Como también carecieron de ese permiso los ejercicios militares “Cabañas 2001” realizados en la Salta feudal de Juan Carlos Romero, con la mira puesta en el posible desarrollo de los conflictos sociales como el protagonizado por los piqueteros de General Mosconi.
En agosto del 2002, diversos funcionarios militares, policiales y civiles de la región, acompañados por presuntos “ambientalistas”, se reunieron en el Paraguay para acordar que el Comando Sur norteamericano ayude en tareas de “defensa, seguridad y desarrollo ambiental”. El cónclave levantó protestas en Argentina, Bolivia, Chile y Uruguay, donde numerosos especialistas destacaron que la presencia vigilante del Southcom en el área violaba la soberanía de los distintos países.
La escalada norteamericana en Colombia, que sigue instalando “asesores” para ayudar a combatir el “narcoterrorismo” y mañana puede enviar tropas, preocupa sobremanera a las fuerzas armadas de nuestro principal aliado y socio que es el Brasil. Varios meses antes de que asumiera Lula da Silva, el gobierno brasileño anunció su propósito de llegar a una integración militar con Argentina. Antes, calificados voceros militares habían expresado el deseo de conservar a Sudamérica libre de la presencia de tropas ajenas a la región. En un cónclave realizado en San Pablo, algunos jefes militares brasileños expresaron su temor de que Estados Unidos terminara estacionando efectivos en zonas fronterizas de Colombia, ricas en petróleo. Brasil comparte 1600 kilómetros de frontera con Colombia y no quiere ver soldados norteamericanos en la estratégica región del Amazonas. Tampoco debe hacerlos muy felices la permisividad argentina hacia los uniformados que vienen del Norte a matar mosquitos y las continuas informaciones sobre bases militares estadounidenses a instalarse en nuestro país.
El cuadro se ensombrece mucho más al recordar que Washington propició el golpe de abril de 2002 contra el venezolano Hugo Chávez, a quien algunostextos que se leen con unción en la Casa Blanca (como el Santa Fe IV) denominan “dictador castrista”. En enero último, cuando los golpistas venezolanos intentaron su segunda movida con la huelga petrolera, la presencia norteamericana en la conspiración no fue tan evidente como unos meses antes. Pero eso se debió –casualmente– a la intensificación del conflicto con Irak, que aumentó la dependencia del petróleo venezolano. Nadie podría asegurar que una vez derrocado Hussein no vuelvan a las andadas contra Chávez y contra todos los que etiqueten como “dictadores” o “narcoterroristas”. Aunque algunos de sus principales subordinados en la región sean, paradójicamente, algunos políticos que la DEA investigó alguna vez como narcotraficantes o lavadores de dinero.

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