EL MUNDO

Papa de Sudamérica, no gracias

 Por Martín Granovsky

Como antes el argentino Leonardo Sandri, ahora el brasileño Odilo Scherer (foto) aparece como uno de los cardenales a quien la nobleza vaticana podría elegir Papa. Disculpas, pero no se trata de fútbol. Ningún orgullo nacional está en juego. Y tampoco un orgullo sudamericano. Más bien lo contrario: lo peor que podría pasarle a Sudamérica sería la elección de un papa de aquí. Más aún cuando los cardenales de Brasil y la Argentina son conservadores que en los últimos años dedicaron parte de sus esfuerzos a cuestionar los procesos políticos de reforma social en los dos países más grandes de la región.

En Brasil, a los obispos se les agrega el tratamiento de Dom. El gaúcho Dom Odilo Scherer nació el 21 de septiembre de 1949 en el estado de Rio Grande do Sul. Tiene 63 años. Es uno de los cardenales ordenados por Benedicto XVI en 2007, el mismo año en que fue designado arzobispo de San Pablo. Su nombramiento consolidó el desplazamiento de los franciscanos al frente de diócesis brasileñas. Uno de ellos fue Aloisio Lorscheider, ungido obispo en 1962 por el papa Juan XXIII y cardenal en 1976 por el papa Pablo VI, los dos pontífices del Concilio Vaticano II que sesionó entre 1962 y 1965 para modernizar a la Iglesia.

Otro franciscano fue Paulo Evaristo Arns, obispo y cardenal por decisión de Pablo VI. Retirado y en oración, a los 91 años Arns cumple mañana cuatro décadas como cardenal. Obviamente no integró el pelotón de electores porque pasó largamente los 80. Dom Paulo fue dirigente de la agrupación Tortura Nunca Mais de Brasil. Frei Betto, uno de los fundadores de las Comunidades Eclesiales de Base, contó que entre los devotos de Cristo y San Francisco de Asís figuró siempre Luiz

Inácio Lula da Silva. Leonardo Boff, el teólogo condenado a silencio por la Congregación para la Doctrina de la Fe (la antigua Inquisición), suele definirse como “católico, apostólico y franciscano”, porque dice que “romano” alude a un lugar y no tiene relación alguna con el fondo del cristianismo.

A diferencia de obispos como Dom Aloisio, Dom Paulo y el célebre Dom Helder Cámara, Dom Odilo no fue cercano en absoluto a la Teología de la Liberación ni alentó a los cristianos de base que, junto con militantes de izquierda y dirigentes sindicales, fueron una de las vertientes fundadoras del Partido de los Trabajadores en 1980. Más bien, Scherer representó el castigo con que la Santa Sede de Juan Pablo II y Benedicto XVI quiso domesticar a la jerarquía eclesiástica brasileña.

En 2005, la muerte de Juan Pablo II y la elección del sucesor coincidió con el año más crítico del primer gobierno de Lula, que había asumido el 10 de enero de 2003. En abril de 2005 aún no había emergido el escándalo del llamado “mensalao”, que derivó incluso en la renuncia del jefe de la Casa Civil de Lula, José Dirceu. Pero Lula estaba a mitad de su primer mandato y la oposición preparaba argumentos y candidatos para la campaña de 2006. El Partido de la Socialdemocracia Brasileña, el PSDB del ex presidente 1995-2003 Fernando Henrique Cardoso, terminó postulando a Geraldo Alckmin, entonces gobernador del estado de Sao Paulo, cargo que hoy detenta por tercera vez. Alckmin es un miembro destacado del Opus Dei, la institución creada por José María Escrivá de Balaguer, un admirador del dictador español Francisco Franco, quien en la década de 1960 incorporó a miembros del Opus para la gestión económica y financiera del Estado.

Dijo Escrivá a Franco en 1958: “Aunque apartado de toda actividad política, no he podido menos que alegrarme, como sacerdote y como español, de que la voz autorizada del jefe del Estado proclame que ‘la Nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única y verdadera y Fe inseparable de la conciencia nacional que inspirará su legislación’. En la fidelidad a la tradición católica de nuestro pueblo se encontrará siempre, junto con la bendición divina para las personas constituidas en autoridad, la mejor garantía de acierto en los actos de gobierno, y en la seguridad de una justa y duradera paz en el seno de la comunidad nacional”.

En 2010, el elegido por el PSDB para ser derrotado por el PT fue José Serra, el mismo candidato derrotado por Lula en 2002. ¿Conseguirá Alckim otro turno como desafiante de la probable candidata a la reelección Dilma Rousseff en 2014? Por si acaso, el gobernador tiene a mano sus cábalas. En el Palacio dos Bandeirantes, sede del gobierno estadual, hay un facsímil de la primera edición del libro Camino, de Escrivá de Balaguer, con una dedicatoria estampada después de la frase “Victoria”. La victoria a la que alude el libro es la matanza de republicanos por parte del bando nacional en la Guerra Civil Española, librada entre 1936 y 1939.

A cargo de la diócesis católica más grande de Sudamérica, Scherer es un conservador que admira a Joseph Ratzinger. En 2007, mientras preparaba el viaje de Benedicto XVI a Brasil, el país con mayor número de católicos del mundo, defendió las posiciones doctrinarias de la jerarquía vaticana sobre la vida cotidiana de esta manera: “Entiendo las dificultades que existen de comprender la posición del Papa en un mundo controvertido, de diversidad de pensamiento, de opiniones, pluralidad, pero no está en la competencia de la Iglesia cambiar el Evangelio”.

Scherer estuvo a tono con el Papa. En la conferencia de prensa que ofreció en el avión en medio del viaje hacia Brasil, Ratzinger justificó la excomunión en caso de responsabilidad por aborto, con fundamento en el Derecho Canónico, y se mostró ocupado en analizar la expansión evangélica cristiana en Brasil. Dijo que por un lado respondía a “una difundida sed de Dios” y por otro a la búsqueda de atender “a quien se presenta y promete soluciones a los problemas de su vida cotidiana”. Sobre la Teología de la Liberación, condenada por él mismo desde la jefatura de la Inquisición, Ratzinger dijo que “con el cambio de la situación política ha cambiado también profundamente la situación de la Teología de la Liberación, y ahora es evidente que estos fáciles milenarismos, que prometían en lo inmediato, como consecuencia de la revolución, las condiciones completas para una vida justa, estaban equivocados”.

En su gira, Ratzinger condenó el aborto, impulsado entonces de manera indirecta por el ministro de Salud de Lula, José Gomes Temporao, que pedía convocar a un plebiscito. Aunque no llegó ni a enviar un proyecto ni a llamar a un plebiscito, Lula conmemoró la visita de Benedicto XVI lanzando, dos semanas después de la partida del Papa desde Brasil, un gran plan de entrega de anticonceptivos baratos para los pobres.

Jaqueado por el crecimiento de los evangélicos, Scherer osciló desde 2003 entre criticar a los gobiernos del PT por una supuesta desatención de los problemas sociales y, al mismo tiempo, no caer en el cuestionamiento salvaje porque la mayoría de los feligreses, en especial la de los sectores más vulnerables, vota al PT.

Hasta ahora la Historia revela que los Papas no dan sorpresas. Como pontífices no terminan siendo distintos de lo que pensaban y actuaban mientras eran obispos o cardenales. Así sucedió con el progresista Juan XXIII, con el centrista Pablo VI, con el conservador bajo quien florecieron los negocios del Banco Ambrosiano Juan Pablo II y con el ortodoxo Benedicto XVI, mano derecha de Karol Wojtyla para cuestiones doctrinarias.

Si esta comprobación histórica se mantiene, y más allá de cómo ordene el nuevo Papa la curia romana, es posible imaginar que un mayor nivel de activismo hacia América latina se guiaría por preceptos rígidos, opuestos a una mayor separación entre la Iglesia y el Estado y reacios a la pérdida de influencia política de la jerarquía de la Iglesia en bolsones importantes del poder.

Todas estas cuestiones son distintas de cómo ejerce cada uno su religiosidad o su ateísmo, e incluso de cómo la ejercen quienes tienen vocación de experimentarla colectivamente. El problema no es la religión, sino su relación con el Estado.

La Argentina, por ejemplo, introdujo en la reforma constitucional de 1994 la posibilidad de que un presidente pueda no ser católico, pero mantuvo el artículo segundo: “El gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”.

Desde 2003 la ampliación de criterios para el registro de cultos en la Cancillería tendió a equilibrar el peso terrenal de la jerarquía católica argentina, y lo mismo hicieron medidas como la Ley de Matrimonio Igualitario de 2010. A la vez, el debate sobre el aborto libre, seguro y gratuito llegó a la Cámara de Diputados. Pero los subsidios educativos continúan y, en el día a día, el ministro de Salud Juan Manzur tiene sensiblemente menos entusiasmo por la realización y la difusión de campañas sobre anticonceptivos que su antecesor en el cargo, Ginés González García.

Un papa latinoamericano como el brasileño Odilo Scherer o como el argentino Leonardo Sandri, ex auxiliar del secretario de Estado Angelo Sodano, virtual primer ministro de Juan Pablo II, no suenan como la mejor ayuda para separar del todo a la Iglesia, o a las iglesias, respecto del Estado, y tampoco parece que fueran a obrar de estímulo para los cambios que se producen en los dos grandes países de Sudamérica desde 2003.

Ojalá que ningún cardenal de América latina llegue a Papa.

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