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De la necesidad, virtud

 Por Martín Granovsky

Nicolás Maduro será presidente hasta el 2019. El chavismo logró retener el gobierno 15 años después de la primera victoria electoral de Hugo Chávez y a 11 años del golpe de 2002, que triunfó pero fue revertido. Aunque ajustada, la opinión de la mayoría de los venezolanos coincidió, otra vez, con las preferencias de los dos países más grandes de la región: las fuerzas políticas gobernantes de la Argentina y Brasil y sus dos presidentas querían, primero, que Nicolás Maduro fuese el candidato chavista y deseaban, luego, que ganase las elecciones. Ambas cosas ocurrieron.

El triunfo de Maduro se suma, así, a las victorias chavistas que comenzaron cuando Chávez le ganó a Henrique Salas Römer por el 56,2 al 39,97 por ciento. El último triunfo de Chávez fue el 7 de octubre de 2012, cuando derrotó a Henrique Capriles por 54,4 a 44 por ciento.

El triunfo de Maduro refleja al mismo tiempo su capacidad de amalgamar el chavismo y proyectarse como presidente, la popularidad aún vigente de Chávez sobre todo en los sectores populares, el grado de arraigo del chavismo, el tejido de alianzas internacionales para contrapesar a los Estados Unidos y la construcción exitosa de una segunda línea de dirigentes del chavismo.

Con 14 años de gobierno y seis más por delante, el chavismo expresa el ciclo más largo entre los procesos de reforma vigentes en Sudamérica, que por cierto abarcan ciclos largos. El 1° de enero Brasil cumplió 10 años desde que Luiz Inácio Lula da Silva asumió la presidencia. El 25 de mayo próximo la Argentina llegará a los 10 años desde la asunción de Néstor Kirchner. El Frente Amplio uruguayo gobierna desde 2005, primero con Tabaré Vázquez y ahora con Pepe Mujica. El boliviano Evo Morales, desde 2006. Rafael Correa es presidente de Ecuador desde 2006 y acaba de ser reelecto. El gobierno más conservador de la zona, el del chileno Sebastián Piñera, podría no quedar en condiciones de colocar un presidente en las próximas elecciones: su postulante perdería con la socialista Michelle Bachelet.

Por primera vez en la historia contemporánea de Sudamérica, los pueblos de los otros países conocen a los presidentes con tal nivel de familiaridad que podrían encontrarse a cualquiera por la calle y llamarlo por el nombre sin errar. Quizá confirme que la pertenencia sudamericana pasó a ser un valor político –si más simbólico o más tangible depende de quién y cuándo lo diga– y superó las meras invocaciones a la Patria Grande. Quizá confirme dos cosas. Una, que Sudamérica encarna un valor político porque los países superaron juntos sus crisis, y los presidentes lo vienen haciendo notar. La segunda, que encarna ese valor porque el entramado regional es percibido a nivel popular como una dimensión concreta.

Es concreta la relación energética de la Argentina y Venezuela. Es concreto el comercio con Brasil. Es concreto el componente con mayor porcentaje industrial relativo de las exportaciones argentinas al mercado brasileño. Es concreto también el plan de Venezuela de aprovechar la renta petrolera para industrializarse, y hacerlo con la ayuda de la región. Busca el camino de lo concreto la desesperación uruguaya por aprovechar la sintonía política del momento para construir relaciones más sólidas. Los procesos políticos siempre sueñan con seguir en el poder y a veces, como plan b, los dirigentes se ilusionan de buena fe con que buena parte de lo realizado sea difícil de revertir si el viento cambia.

Incluso las fricciones más peligrosas y los choques más frívolos tienen un marco de contención en la perspectiva regional. De los tres presidentes que profundizaron la integración, rechazaron la integración de un área de libre comercio del continente e iniciaron los procesos de reforma en los países más grandes –Brasil, la Argentina y Venezuela– sólo uno de ellos sigue vivo. Néstor Kirchner murió en 2010 y Chávez este año. Lula sobrevivió al cáncer y está cumpliendo su promesa de que cuando estuviese fuera del Planalto se dedicaría a lubricar los vínculos entre movimientos, partidos y sindicatos de Sudamérica. Al Partido de los Trabajadores y al gobierno brasileño les gustaría que Brasil superase el 3 por ciento de crecimiento probable para el 2013, pero Lula puede moverse con un piso político sólido. El PT refirmó sus alianzas estaduales con el Partido del Movimiento Democrático Brasileño y puede construir mayorías en el Congreso. Lula y el PT, que se opusieron a la tentación de la reforma constitucional para habilitar un tercer mandato del tornero metalúrgico, demostraron capacidad para encarnar el proyecto en dirigentes que comenzaron campañas con bajo nivel de conocimiento e intención de voto y al final lograron victorias. La misma Dilma es un ejemplo. Otro, importante por la escala, el triunfo del ex ministro de Educación Fernando Haddad como intendente de San Pablo.

Lula, que hizo campaña por Maduro, nunca ocultó ni su cariño personal por Chávez ni su simpatía por el proceso venezolano. Tampoco disimuló su opinión de que Venezuela aún debe persistir en la construcción democrática de instituciones. Es posible que Maduro deba hacerlo por un motivo muy simple: el líder ya no está a mano y la oposición encontró en Capriles un buen candidato que la unifica. En la Argentina el kirchnerismo creció en popularidad, amplitud y realismo cuando debió tejer alianzas para ejercer el poder al verse privado de la legitimación de una segunda vuelta por la jugada de Carlos Menem de huir del ballottage. En Venezuela la debilidad relativa de no contar con Chávez y el resultado tan ajustado podrían obligar al chavismo a una de las prácticas más habituales de la política: hacer, de la necesidad, virtud.

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