EL MUNDO › OPINION

Barcelona, vida de una ciudad cerrada

 Por Rodrigo Fresán

UNO Memo para mi hijo inexistente: Eso que el domingo pasado flotaba junto a la ventana de mi tercer piso, hacía mucho ruido, era de metal y recordaba a Wagner se llama helicóptero. Y, no: no te puedo comprar uno.

DOS Y después, enseguida –desde entonces hasta este viernes en el que escribo esto para que ustedes lo lean el sábado, seis días luego de mi helicóptero– se han sumado a la fiestita cuatro aviones de combate F-18 Hornet; dos fragatas de la armada modelo Santa María; un avión espía; misiles marca Sparrow, Mistral, Hawk, Aspide y Sidewinder; y ejércitos de policías y guardias civiles llegados desde toda España para conocer y proteger a la Ciudad Condal –abren bolsos, piden documentos– luego de que Defensa ensayara sin éxito cómo evitar un ataque en Madrid de estética talibana. El término técnico es “blindaje”: megacontrol en la frontera y suspensión temporaria de la Condición Schengen (esa que permite el libre tránsito por los países del Viejo Mundo como si se tratara de las habitaciones de una casa muy grande), calles cerradas, tránsito limitado, subtes a tope, hoteles de lujo llenos hasta las terrazas. El motivo es la Cumbre Europea de Jefes de Estado entre el 15 y el 16 de marzo, con España en la presidencia semestral del club. Todos juntitos para hablar de temas que van de la implantación de una nueva y más humana jornada laboral y la creación de veinte millones de nuevos empleos para 2010, pasan por la reorganización del espacio aéreo, hasta los porcentajes de ayuda a países en problemas, los fracasos de las nuevas políticas inmigratorias, la crisis de la educación, el preocupante resurgimiento de cierto entusiasmo xenófobo que siempre estuvo dando vueltas por ahí y –por encima de todo– la liberalización económica. Así, la profunda autosatisfacción de Aznar, el poder creciente del grosero César Berlusconi, las oscilaciones de Blair (el llamado Eje Ultraliberal). Ahí, también, los duelistas Jospin y Chirac y el ceño siempre fruncido de Schroeder (El Otro Eje) y –lo siento, no quiero ofender a nadie– muchos actores de reparto de otros países sin eje pero con ganas de apuntarse en alguno lo más rápidamente posible. Y del otro lado los movimientos antiglobalizadores (esa tan necesaria como infructuosa forma de protesta que combina el turismo aventura, el espíritu del Mayo ‘68 y Woodstock, y el turismo de aventura por un parque temático); veinte manifestaciones autorizadas por el Ministerio del Interior (una de ellas es la de los agentes del orden bajo el casi freudiano lema “Policía en conflicto”, que planteó el jueves un gran momento esquizo: vigilo y protesto al mismo tiempo). Y por encima de todos y de todo, el fantasma palpable del 11 de setiembre y la certeza de que –después de esas dos verticales volviéndose horizontales– cualquier cosa puede ocurrir. Cualquier cosa mala y catastrófica. De ahí que el gobierno local –“ayudado” por la presencia en las calles de manifestantes de Batasuna, brazo político de ETA y el reciente desmantelamiento de una célula de Bin Bang Laden en Barcelona– haya apostado a una campaña algo más que subliminal y estilo “usted quédese en casita viendo tele y no salga a la calle, por las dudas”.
TRES El pasado lunes todos nos quedamos en casita viendo tele para ser testigos catódicos de la victoria de la rotunda Rosa en Operación Triunfo: mezcla de concurso y reality-show que combina rasgos de Gran Hermano y Fama, Si lo sabe cante y aquel monasterio zen de Kung-Fu que ha conmovido a toda España con sus audiencias millonarias y su supuesto “mensaje positivo” para una juventud soñadora. Los hechos: Rosa perdió 27 kilos ahí dentro, va a ganar un montón de pasta, y se ganó el derecho –con su vozarrón privilegiado– de representar a su Madre Patria en el próximo Festival de Eurovisión con una dudosa y pachanguera canción/cumbre titulada “Europe’s Living a Celebration”. A muchos españoles no les gusta eso del título y estribillo en inglés pero qué le vamos a hacer. Así están las cosas. Europa sale de vivir la celebración de comunidad materialista que es el recién implantado euro y ahora apuesta a una celebración más humanística y, sí, europea. O eso dice querer. Es el momento ideal: Estados Unidos pasea por el mundo su paranoia jupiteriana a la vez que propone la idea de una Tercera Guerra Mundial en cómodas cuotas mientras los hijos de Marte de Israel y Palestina siguen buscando la paz pero, todo parece indicarlo, no la encuentran. Entonces se supone que a Europa le corresponde ejercer cierta sabiduría apolínea, dar la hora y la talla. El problema es que no es sencillo. Los tiempos están cambiando, los problemas arrecian y en el marco de la nueva política mundial pareciera que todos aquellos que alguna vez soñaron con ser Winston Churchill o alguien por el estilo, hoy prefieren jugarla de Nostradamus. Es más divertido.
CUATRO Mientras tanto –mientras escribo esto–, Barcelona está blindada, todos los noticieros transmiten desde las faldas de la Sagrada Familia, las encuestas revelan que el 70 por ciento de los catalanes está contento con la pertenencia de España a la Unión Europea pero “es incapaz de señalar las ventajas de tal vínculo” y –seamos sinceros– la verdadera preocupación pasa por lo que sucederá el sábado por la noche en el Camp Nou. Allí volverán a enfrentarse el siempre incierto Barça (el equipo de fútbol más sufridamente porteño de toda Europa) con el centenarista Real Madrid que viene de perder la Copa del Rey la mismísima noche en que alcanzaba el siglo de vida. Dicen que allí saltarán las chispas que no están saltando en la cumbre. Porque, la verdad sea dicha: ¿hay algo más demodé que una cumbre de líderes europeos a esta altura del partido? ¿Tiene sentido –en tiempos de electrónica y velocidad– armar todo este asunto para que unos cuantos tipos se junten a conversar en persona lo que podrían hablar por teléfono sin manos? Las cumbres –supongo– tenían una razón de ser en esos tiempos más acústicos, al final de las guerras del siglo pasado, para repartirse la torta y sacarse de encima a gente molesta como Lawrence de Arabia. Ahora, la sensación es que vivimos en una cumbre perpetua, que no hay ya nada más arriba y lo que corresponde es mirar hacia abajo, bajar corriendo por las laderas, ver qué se puede hacer para ayudar a escalar a los que no tienen dinero para un lindo equipo de montaña. Por lo pronto, último momento, Yugoslavia ha dejado de existir. Descanse en paz de una buena vez por todas.
CINCO Casi siempre pasa: los buenos de la película suelen ser, también, los más ingenuos. Los movimientos antiglobalización protestarán aquí y allá contra “La Europa del Capital”, erigirán un mural zapatista, reivindicarán el uso de la bicicleta, invitarán a una sardinada popular, recordarán al caído en la Génova G-8 del pasado julio, el grupo mimoide Cazalobbies escenificará algo sobre las multinacionales y, como postre world-music de techito golpeado, recital del profeta Manu Chao –a esta altura dueño de una credibilidad político-utópica similar a la que tendría Robbie Williams si un día se le diera por disfrazarse de coya cósmico–, cantando eso tan comprometido de la Chinita y el Baygón. Algunos, por suerte, optarán por las siempre encendidas estrofas de “La Internacional”.
SEIS Ahora es viernes y tengo que enviar esto con media cumbre por delante. Hoy estrena Almodóvar (perseguido por las asociaciones protectoras de animales por haber filmado live la muerte de varios torospara su flamante Habla con ella) y hoy tocan The Strokes: la última moda del sonido viejo. Y sigue la cumbre y uno comprende, de golpe, cuál es el verdadero motivo de todos estos líderes mostrándose como en pasarela de alta costura: hacer que trabajan delante de quienes los han elegido sabiendo que, en realidad, el verdadero trabajo no se hace en estas cumbres sino en aquellos sótanos mientras, por una vez, uno sólo quiere que llegue el lunes, migren los atronadores helicópteros de Wagner y, pequeño mío, volvamos a oír el canto de los floridos pajaritos Bach.

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