EL MUNDO › OPINION

La lógica tras la locura

 Por Claudio Uriarte

Es un error común suponer que el extremismo islámico en Cisjordania y Gaza mueve el piso de Yasser Arafat en sus intentos de lograr un cese del fuego. En realidad, lo que hace es promocionar la imagen del propio Arafat como la única alternativa razonable entre los palestinos, así como magnificar la impresión de la comunidad internacional de que la revuelta de los territorios es imparable. Los ataques son funcionales a Arafat, que piensa –y así lo ha dicho– que EE.UU. tiene el poder de imponer a Israel una solución a la medida de las aspiraciones palestinas. Pero esto no es así, por lo cual la tercera ronda de mediación del general norteamericano Anthony Zinni será tan estéril como las dos que la precedieron, y por lo cual los planes Tenet y Mitchell para lograr una tregua, medidas posteriores de generación de confianza mutua y por último negociaciones políticas se inscriben en el horizonte de la utopía.
En diciembre de 2000, Israel ofreció a los palestinos el 95 por ciento de Cisjordania, el 100 por ciento de la Franja de Gaza y una capital en Jerusalén oriental. Esa oferta ya no está sobre la mesa, y no volverá a estarlo en el futuro previsible. En setiembre de 2000, los palestinos lanzaron la intifada, y en diciembre la redoblaron. La oferta israelí fue contestada con dos exigencias: todos los territorios debían ser devueltos y además los cuatro millones de refugiados palestinos debían poder volver a Israel. Más que una contraoferta, se trataba de una declaración de guerra, y guerra es lo que hubo en los 14 meses que Ariel Sharon ha estado en el poder. Esta guerra es lo que anula toda vuelta a la mesa de negociaciones anterior: si los palestinos usaron sus territorios autónomos para almacenar misiles, explosivos antitanques contrabandeados desde Egipto y el Líbano y para lanzar ataques suicidas contra el territorio israelí, es inverosímil que cualquier futuro jefe del Estado judío acepte una propuesta para darles plena soberanía territorial sobre el conjunto de Cisjordania y la Franja de Gaza; la insistencia en el retorno de los refugiados –que convertiría a Israel en un Estado árabe– muestra que las demandas de Arafat van mucho más allá de un Estado en Cisjordania y Gaza.
El resultado será más guerra y más derechización. Sharon, con su política de incursiones intermitentes, fracasó en detener el terror, y el político más popular en Israel es ahora Benjamin Netanyahu, que propone la reocupación total de los territorios, la expulsión de Arafat y la destrucción de todas las redes palestinas, oficiales o no.

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