SOCIEDAD › REVELAN COMO OPERABA EL VIOLADOR DE BARRIO NORTE

Un seductor de muy alto nivel

 Por Horacio Cecchi

“Disculpe, usted, es que tengo un hijo enfermo”, acostumbraba decir. Después le daba un beso en la mejilla y se iba, dejándola hecha una piltrafa, detrás de Figueroa Alcorta, detrás de la Facultad de Derecho, detrás de la vía del Mitre, detrás de toda vergüenza, dejándola sin comprender nada, sólo que había sido violada. La escena se repitió unas 15 veces. Cinco fueron comprobadas por la Justicia, que ayer le dictó la prisión preventiva a Johan T., un venezolano detenido a fines de febrero, después de haber sido buscado, desde noviembre, por un ejército de mujeres policías como señuelo. Según fuentes judiciales, al menos en una ocasión, la violación tuvo lugar en un rincón de la Biblioteca Nacional. Lograba acceder en general a jóvenes estudiantes de abogacía, haciendo valer sus dotes –”alto de ojos verdes, bien parecido y con buen nivel cultural”, según las víctimas–. Amenazadas, las llevaba a un cajero electrónico y a negocios donde esas mismas mujeres eran obligadas a comprarle electrodomésticos. Después, las violaba. Siempre, un beso de despedida y el hijo enfermo. Hasta que caminando a la pesca por Barrio Norte, una de sus víctimas reconoció lo cínico de ese rostro inolvidable.
Johan T. es venezolano, tiene 26 años, “alto de ojos verdes, bien parecido y con buen nivel cultural”, describe el expediente judicial. Vive en la zona de Quilmes, pero hasta el 28 de febrero, su zona de actividad era la Recoleta, Plaza Francia, el Barrio Norte, las zonas aledañas a la Facultad de Derecho. Siempre de noche, recorría las calles buscando ojos con los que cruzarse. Sus dueñas, en general, resultaron jóvenes estudiantes de abogacía. Unas palabritas, un piropo con acento venezolano, “era muy entrador, el aspecto y su acento extranjero funcionaban como anzuelo”, definió uno de los investigadores que desde noviembre seguía el caso. Entablaba una conversación, amable, sin pretensiones.
En la mayor parte de los casos, Johan T. buscaba la oportunidad para amenazar a la víctima. No estaba armado, pero la sugerencia era clara: “Hacé lo que te digo o te mato”. Y lo que le decía, en principio, era ir juntos hasta un cajero, como quien dijera “dame la plata y te dejo”. En otras ocasiones, aferrada la víctima por el brazo, siempre amenazada con un arma imaginaria, pasaban por una casa de electrodomésticos. Compras con tarjeta. Una vez un discman, otra vez un reproductor de DVD, también variedad musical en CD. Una de ellas hasta firmó la compra de un televisor de 29 pulgadas.
Después, las arrastraba detrás de las vías rápidas que corren más allá de Figueroa Alcorta, para violarlas. Una vez, al menos, según voceros judiciales, todo ocurrió sobre una colchoneta, en algún rincón de la Biblioteca Nacional. Siempre, al despedirse, les daba un beso, pedía disculpas y mencionaba como razón de todo a un hijo enfermo.
Desde que llegó la primera denuncia, en noviembre, mujeres policías recorrieron las calles como señuelo. Pero lo descubrió una de sus víctimas, mientras caminaba con su marido. Lo vio en Sánchez de Bustamante y Las Heras. El, sin recordar ningún rostro: dicen que al violar, todas las víctimas son una sola. El marido lo siguió mientras desde su celular llamaba al Comando Radioeléctrico. Lo detuvieron en Tagle y Las Heras. La policía lo reconoció por la descripción, los tatuajes en brazos y manos, que habían mencionado todas sus víctimas. A la mujer que lo reconoció no le hicieron falta esos detalles. Ese era el único rostro inolvidable.

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