EL MUNDO › OPINION

Dólar kamikaze

 Por Alfredo Zaiat

Todo aquel que está desesperado por sacarse de encima los pesos de los bolsillos y corre a comprar dólares piensa que se salva del hundimiento. Quien se queda con los pesos porque calcula que el dólar está artificialmente alto, precisamente, por la histeria de otros, corre el riesgo de que su capital se termine evaporando. Uno y otro, al final del cuento, terminarán perdiendo aunque con sabor a derrota diferente. El que compró dólares se sentirá seguro con esos billetes, en el bote que lo aleja teóricamente del naufragio. Pero su salvación personal, comportamiento comprensible y lógico dentro de un sociedad que perdió el rumbo, será parte de la ruina del conjunto, que lo incluye.
Los argentinos que corren hacia el dólar, como antes a los bancos para retirar sus depósitos, se asemejan a esa muchedumbre que camina hipnotizada hacia el precipicio. Quien compra dólares retrocede unos pasos en esa ola suicida, pero tarde o temprano le llegará el momento de saltar al vacío. Pese a todo resulta imposible no arrojarse a la trinchera del verde. No existe poder hoy en la Argentina que pueda convencer a miles de no trocar pesos por dólares ni a dejar el dinero en los bancos.
Quedarse en la moneda que vino a reemplazar al austral, evaporado por las hiperinflaciones del ‘89 y ‘90, equivale a una forma de suicidio más cruenta y rápida. Esos pesos devaluados no servirán para nada cuando los precios acompañen la disparada del dólar. Su poder de compra se habrá esfumado y desaparecerá como referencia para determinar valores en la economía.
Quienes compran dólares padecerán, en cambio, la ilusión monetaria de un crecimiento del capital, aunque nominado en pesos. Esa sensación de haberse salvado apenas les servirá para poder mantener, en el mejor de los casos, la misma capacidad de compra que tienen ahora cuando los precios corran también a la par de la devaluación. Se sentirán inmunizados por la coraza verde que tanto sacrificio les costó. Pero su vida seguirá estando aquí, su casa, auto o cualquier otro activo, salvo que sea uno de los tantos que elija emigrar. Y la tierra estará arrasada luego del tifón verde, con banqueros cada vez más ricos gracias a la especulación que saben manejar y con pocos y poderosos exportadores con ganancias extraordinarias. El resto deambulará, algunos con dólares y otros sin ellos, entre los saldos de una economía destruida por políticas, alentadas por el FMI y ejecutada por ministros de turno, que culmina en este suicidio colectivo abrazados al dólar kamikaze.

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