EL MUNDO › HABLAN LOS FAMILIARES Y AMIGOS DE SOLDADOS CAIDOS

“Sus muertes fueron inútiles”

Por F. S.*
Desde Matta

El soldado Kobi Mizrahi, de 19 años, no regresará nunca al moshav (granja comunal) de Matta, donde ha residido toda su vida, con su madre y sus cuatro hermanos, y donde murió hace una década su padre, víctima de un cáncer. El muchacho falleció, junto con otros cuatro compañeros, en el barrio de Zeituni, en un extremo de la capital de Gaza, en el interior de un vehículo blindado del ejército que saltó por los aires tras pisar una mina a comienzos de esta semana. Su cuerpo quedó descuartizado y sus restos esparcidos en un radio de unos 300 metros, para ser luego exhibidos por los milicianos palestinos como botín de guerra.
“Su muerte no ha servido para nada”, llora desconsolada su madre Rivka, de 55 años, originaria de la ciudad marroquí de Fez, mientras sus hijas la abrazan y tratan de consolarla. El soldado Katzin Air, enviado por la oficina de enlace entre el ejército y los civiles, contempla la escena, impávido, cumpliendo la misión que le han encomendado: permanecer con la familia todo el tiempo que sea necesario, hasta que pueda celebrarse el funeral. Los familiares y vecinos escuchan compungidos los lamentos de la madre. En voz baja, como si fuera un mantra, repiten una y otra vez: “Su muerte no ha servido para nada, no ha servido para nada...”. Descalifica con esa frase la guerra de Gaza, en las que en 10 días han muerto 16 israelíes, 13 de ellos soldados, de la Brigada Givati, a la que Kobi pertenecía desde hace cerca de un año.
La misma sensación de derrota y de impotencia se palpaba ayer en el kibbutz Maapil, en el otro extremo de Israel, en las puertas de Haifa, oficialmente el lugar de residencia de otro soldado muerto en combate en Gaza: el sargento Yaakov Mervizi, de 26 años, oriundo de Serbia, de madre judía y de padre cristiano.
Yaakov –originalmente Zelco– había hecho aliyá (fecha de establecimiento en Israel) hace poco menos de dos años, tras haberse licenciado en Educación Física en la Universidad de Novisad, en su país de origen, en el que prestó también en su momento servicio militar. En su nueva vida en Israel se estableció en este kibbutz, donde fue adoptado por los Klein, Zeev y Vered. Luego, tras aprender hebreo en el ulpam (escuela de idioma) e incorporarse al ejército israelí, pasó a estar protegido por Amid, una asociación benéfica que tutela a los soldados que están solos.
“Todo para nada. El sueño de Yaakov era el de cumplir el servicio militar cuanto antes, integrarse en el país y convalidar los estudios de Educación Física que había hecho en Serbia. Pensaba incluso que cualquier día podría viajar a EE.UU. para perfeccionar su formación”, explica Moti Arbel, su abogado y amigo, mientras trata de recabar información de los restos del muchacho.
El moshav Matta y el kibbutz Maapil han quedado unidos con el mismo sentimiento de frustración por esa guerra que se desarrolla en un territorio que no pertenece a Israel y que todos creen que tarde o temprano se deberá abandonar. Son los primeros pasos hacia un frente de rechazo, similar al creado hace 20 años por la guerra en Líbano y que finalizó en el verano del año 2000 con la retirada de Israel.

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.

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