ESPECTáCULOS

“Se va cerrando el ciclo del teatro posmoderno”

El actor y director Roberto Castro estrenó Narcisa Garay, mujer para llorar, una pieza “tragicómica” de Carlos Ghiano. Dice que la puesta, sin pretensiones vanguardistas, busca potenciar su costado humorístico, y retrata los vaivenes sentimentales de la protagonista, “una Madame Bovary de inquilinato suburbano”.

 Por Cecilia Hopkins

Roberto Castro supo que sería actor alrededor de los 15 años, cuando entró a un grupo vocacional de teatro mientras estudiaba para perito mercantil, sin compartir la convicción de sus compañeros que soñaban con ser contadores. Ya para la época de la conscripción, Castro llegaba a las clases de actuación de Juan Carlos Gené vestido de marinero. Poco después, ingresó en el Teatro de los Independientes dirigido por Onofre Lovero y, una vez iniciado en la docencia, a comienzos de los ’80, comenzó su carrera como director. Al mismo tiempo, integraba el elenco estable del San Martín: como intérprete y director abarcó un amplio repertorio (Miller, Shakespeare, Brecht, Discépolo, Cossa, Gambaro) y, aunque en los últimos años se acercó a los nuevos autores, como Jorge Leyes, Pedro Sedlinsky y Marcelo Bertuccio, Castro acaba de estrenar en el Teatro de la Ribera (Pedro de Mendoza 1821) Narcisa Garay, mujer para llorar, un clásico del crítico, periodista y académico entrerriano Juan Carlos Ghiano (1920-1990) estrenado en 1959 con Hilda Suárez en el rol protagónico. Con la adaptación dramatúrgica de Carlos Pais, la obra cuenta con un elenco que encabeza Marita Ballesteros y completan Horacio Roca, Ana María Casó, Mario Alarcón, Silvia Baylé, Mónica Villa, Marcela Ferradás, Luis Campos, Nya Quesada, Jorge Ochoa, Pepe Mariani, Fernando Tur y Santiago Cardigonde. El diseño de iluminación corresponde a Eli Sirlin y la escenografía y el vestuario, a Jorge Ferrari.
Castro fue convocado por los directivos del Complejo Teatral de Buenos Aires para esta dirección: “Hice muchos trabajos por encargo, esto no me conflictúa para nada”, afirma en la entrevista con Página/12, pero acepta que hay textos que no le resultan atractivos desde un principio, y que es el trabajo con el actor y los desafíos que plantea la puesta, aquello que los vuelve interesantes: “Ghiano es un autor muy culto y, aunque se propuso rescatar el sainete y el grotesco, el texto que produjo está a mitad de camino entre uno y otro, sin las virtudes de las grandes obras que corresponden a estos géneros”. Para la puesta, el director dice haberse inspirado en una declaración del autor durante una entrevista: “Si en mi época hubiese estado de moda el realismo exacerbado, me hubiera gustado que trabajasen mis obras de ese modo”. Así, el director se decidió a tomar esas palabras como disparadoras del juego que se expone en escena: “Sin sostenes psicologistas, trabajando las situaciones al mango y sin pretensiones de reproducir nada, hemos logrado que circule por la obra un estilo definido”, afirma.
Ambientada en una casa de pensión, la obra pone de relieve los vaivenes sentimentales de la protagonista y sus vecinos, motivo incesante de murmuraciones y engaños. Aficionada a la magia negra, el tango y el radioteatro, Narcisa Garay necesita creer en un amor que, además, le pague el alquiler. Según el propio autor, la protagonista es “una suerte de Madame Bovary de inquilinato suburbano” sometida a un “destino en el que debían luchar la soledad física de la mujer y la opresión de un ambiente en el que apenas existe la intimidad”. En cuanto al tono de la obra, Ghiano creía que sus personajes encontraban el modo de esquivar la expresión de la soledad y la angustia mediante el comentario malicioso, la burla y la ironía. A Castro lo que más le atrajo de la obra fue, precisamente, el comportamiento de los vecinos, muestra cabal de la inconsistencia de sus opiniones. Y este hecho le trae a colación “la imagen de la reunión de consorcio, que puede funcionar como la síntesis del comportamiento social de nuestra clase media, donde se destapan todo tipo de miserias y pasiones, además de actitudes competitivas y los más diversos modos de entender la moral”.
–¿No le parece esquemático que el Complejo Teatral programe un Hamlet en su sala de Palermo y destine un texto como Narcisa... a la Boca?
–Quizás haya sido porque en la Boca siempre existió la tradición por el teatro nacional y popular, lo cual ha funcionado muy bien: esto empezó con Caminito y El Taller de Garibaldi y después lo tomó el grupo Catalinas que dirige Adhemar Bianchi. Por eso, tal vez, se supone que una obra como ésta va a ser mejor recibida en un teatro inserto en un barrio como éste, que en otro. Por otra parte, lo del Hamlet en la sala Sarmiento se entiende, porque es un espacio que ya viene trabajando con las nuevas tendencias.
–¿Cuál es su opinión acerca de las nuevas tendencias en el teatro?
–Esas nuevas modalidades surgieron, y esto es curioso, coincidentemente con el gobierno de Menem. Ahí apareció una cantidad de autores jóvenes que con mucho empuje y talento –y muchos menos prejuicios que nosotros– actúan, dirigen y escriben a la vez. Enfrentaron a la generación anterior a la mía, fueron generando su espacio, lograron un recambio y hoy en día están en el centro de la escena ocupando un lugar de poder. Pero creo que ese teatro posmoderno ya se está convirtiendo en convencional: por eso me parece que ese ciclo ya se está cerrando. Hace poco leía una frase de Nietzsche que decía que “hay artistas que enturbian las aguas para que parezcan profundas”...; a mí me parece que, en algunos casos, hay formas rebuscadas que tienen una apariencia de profundidad que no es tal, porque su pretensión no se corresponde al alcance que en realidad tienen.
–¿Cómo se trabaja una comedia como Narcisa... para que interese a todo tipo de espectadores?
–Esta es una comedia –o tragicomedia, si se quiere– que no tiene ninguna pretensión, pero en la cual el humor resulta fundamental: el texto no tiene trascendencia si no se logra el efecto cómico. La obra está dirigida a un público que quiere ver un teatro más convencional, pero también al que va al San Martín: alguien que espera encontrarse con un producto cuidado, con actores y directores de trayectoria. Ese es un público ya mayor que fue formado en los ’80, con los abonos estudiantiles y las reuniones en el hall, un lugar que, incluso, funcionó sin proponérselo como espacio de reunión durante la dictadura.

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Roberto Castro le da nueva vida a un texto que fue estrenado en 1959.
 
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