ESPECTáCULOS › ENTREVISTA AL DIRECTOR JUAN JOSE CAMPANELLA

“La idea es debatir qué se hace con lo que todavía queda”

El jueves próximo se estrena la nueva película dirigida por Campanella, Luna de Avellaneda. La historia es muy diferente de la de El hijo de la novia, pero en ella se explora la desazón y la pelea que siguen dando algunos sectores de la clase media.

 Por Emanuel Respighi

Cuando regresó al país, en 1999, Juan José Campanella cayó inmediatamente en la cuenta de que la Argentina que había dejado en 1983 para ir a estudiar cine en Estados Unidos ya no era la misma. No sólo porque los destinos del país habían sido recuperados por el pueblo a manos de gobiernos civiles sino también porque percibió la cruel forma en la que los ’90 habían afectado negativamente al sector de la sociedad argentina que históricamente había funcionado como motor de cambio: la clase media. No por casualidad la primera película que filmó en tierra argentina, El mismo amor, la misma lluvia (1999), se centra en la vida de un individuo de clase media en pleno derrumbe moral. Tampoco puede sorprender, entonces, que en su siguiente película, la exitosísima El hijo de la novia (2001), reconstruya el imaginario social de lo que es la típica familia argentina. En una suerte de continuación de sus films anteriores, en Luna de Avellaneda (a estrenarse el próximo jueves en la cartelera porteña) el director y guionista narra ya no la debacle de una persona o una familia sino la de toda una comunidad de clase media, a partir del desmoronamiento de un club social barrial que está a punto de ser vendido para que en su lugar se monte un casino. “Hablo sobre la clase media porque es lo que más conozco”, señala el director.
En su nueva película, Campanella se centra en la vida cotidiana de un grupo de personas que forma parte de la comisión directiva del Club Social y Deportivo Luna de Avellaneda. Con una abultada deuda municipal y una masa societaria casi nula, el club se dirime entre seguir con las puertas abiertas o aceptar la oferta de compra que impulsa Alejandro (Daniel Fanego), un político local partidario de la instalación de un casino que dará 200 puestos de trabajo. Cargando con sus problemas personales, Román (Ricardo Darín) será el abanderado de los socios que rechazan fervientemente la propuesta. Toda una disyuntiva que sirve de marco para describir el desbarranco post-’90 de un grupo de personas de clase media.
Escrita por el mismo Campanella junto con Fernando Castets y Juan Pablo Domenech, el elenco de Luna de Avellaneda se completa con Mercedes Morán, Eduardo Blanco, Valeria Bertuccelli, Silvia Kutica, José Luis López Vázquez y Atilio Pozzobón, entre otros. Pese a lo que puede suponerse, en la entrevista con Página/12 Campanella confiesa que jamás –ni siquiera en su infancia– tuvo la suerte de pertenecer a algún club social. “Nunca fui socio de ningún club, pero de vez en cuando me colaba en alguno para jugar a la pelota. No formo parte de la cultura de club. Probablemente porque era una época donde se podía jugar mucho en la calle, no como ahora”, señala el director y guionista.
–¿Y cómo surgió la idea de hacer un film centrado en un club de barrio, entonces?
–Estábamos trabajando un guión basado en un cuento de Eduardo Sacheri, Esperándolo a Tito, sobre equipos de fútbol callejeros, cuando nos juntamos con Atilio Pozzobón, que sabe mucho de ese mundo, para que nos cuente sus recuerdos. En la charla, Atilio nos invitó a conocer el Juventud Unida de Llavallol para que conozcamos cómo funcionan los clubes barriales. Y al conocer el club y su gente, nos dimos cuenta de que era más urgente contar la historia de un club en estos tiempos. La relación del individuo con la comunidad y de la comunidad con el individuo es algo que particularmente me interesa indagar.
–Es inevitable asociar Luna de Avellaneda a la decadencia de la clase media en el país. ¿Fue un camino deliberado o un proceso que se dio naturalmente?
–Más que buscado, fue encontrado: la década menemista nos ha golpeado a todos. El guión fue escrito anteriormente a la era K. La película cuenta en clave de ficción lo que estamos viviendo, no como observadores sino como protagonistas de la vida cotidiana. Forma parte del replanteo, que hizo eclosión en el 2001, de lo que somos y hacia dónde queremos ir como sociedad. La historia está escrita en el contexto de los cacerolazos y lasasambleas del 2002. Nos parecía que hacer una película que transcurra en la actualidad y no hablar de lo que nos ocurrió es como hacer una comedia romántica el 13 de septiembre de 2001 y omitir las Torres Gemelas. Son realidades que te sacuden irremediablemente.
–La película comienza con el carnaval de 1959, que se festeja en el club. Tanto usted como los otros dos guionistas nacieron ese mismo año. ¿Había una necesidad generacional de retratar una época?
–Siempre es mejor hablar de lo que uno conoce de primera mano. Los que nacimos por esa época, o antes, formamos parte de una generación que pasó por todas las transiciones: hemos sido criados con grandes expectativas, pasamos por todos los sueños, las revoluciones, los fracasos y las desilusiones... Es una generación muy golpeada, que hasta recibió los coletazos de esos golpes: el cinismo, el desencanto. Una generación cínica que cría otra generación de cínicos. ¿Qué hacemos, entonces? ¿Nos entregamos al cinismo de que nada es rescatable y nos vamos del país o luchamos con la esperanza de que algo podemos cambiar? Y elegimos contar la historia de los que todavía luchan.
–El personaje de Darín es elocuente en ese sentido...
–Es un personaje que además surge de la autocrítica, porque en un momento Román cae en ese cinismo. Porque si bien sigue luchando de manera casi inconsciente, su discurso consciente es el de sí mismo, el de tratar de rescatar lo que tiene y, sin hacer un cambio profundo, sobrevivir. La del ’50 es una generación que cayó en el sobrevivir. Y como dice en un momento Román, “tenemos que ver cómo hacemos para vivir”.
–Si bien la película puede leerse como un reflejo de la decadencia de la clase media, los personajes no se estancan en la queja sino que se empecinan en seguir luchando...
–No queríamos hacer un film que mirara al pasado como algo mejor que el presente. La película intenta debatir sobre lo que podemos hacer ahora con lo que tenemos. Estoy de acuerdo en que hagamos la autocrítica de nuestra responsabilidad, pero tampoco digamos que somos una mierda. Yo no adhiero a esa posición de que la clase media es una mierda total. De alguna manera, gracias a la clase media no ganaron Menem ni Macri. Algo de rescatable tiene que tener. Los cambios surgen de la clase media.
–Por eso remarca en la película que, por más problemas económicos y anímicos, la clase media aún no perdió su dignidad.
–Si nos convencemos de que todo es irrescatable, ningún atisbo de cambio es posible. Caemos en un cinismo paralizante. Nos quedamos en el carreteo y nunca despega nada. Vivimos exagerando nuestra condición: son siempre picos de ilusión y pozos de desilusión constantes, sin nunca quedarnos en una meseta intermedia. Pasó con Kirchner: cuando asumió, parecía que la Argentina era la nueva Noruega y ahora parece que volvimos a ser el peor país. El film, de alguna manera, debate la idea de comprar continuamente buzones con un entusiasmo y un cinismo tremendos. Pero no hay que olvidar que es muy importante mantener los lazos de unión comunitarios. No para caer en un solidarismo barato, porque tampoco eso nos va a sacar, pero sí para reconocernos como iguales. Yo no creo ni que seamos tan mala gente ni tan buena.
–Las tres películas que rodó en el país muestran la realidad social de la clase media. Una mirada muy diferente de la que retrata el denominado “Nuevo cine argentino”, más marginal y oscura...
–Me parece que hay que contar nuestra sociedad íntegramente. La realidad argentina es más compleja, no todo es blanco o negro. Los personajes que hace Darín en las tres películas son bastante distintos; las similitudes que tienen son más retribuibles a que es la misma persona que los interpreta que los personajes en sí. La decadencia moral en la que cae Jorge en El mismo amor... no es la misma decadencia afectiva o espiritual de Rafael en El hijo..., o de la económica y anímica en la que está Román. Son diferentes tipos de decadencia en distintas épocas.
–Y en ese sentido, ¿por qué recae nuevamente en Darín y en Blanco para protagonizar el film?
–Hay muchos factores. Nosotros siempre nos manejamos en un relato en el que el humor es muy importante, y el humor no es dirigible desde la dirección. Nos parece que a ellos le salen naturalmente ese humor. Además, hay una cuestión generacional: son dos actores cuya edad se corresponde con la de los personajes. Tienen un carisma en pantalla muy fuerte. Si son grandes actores, tenemos la misma sincronía en el humor, nos llevamos bien y dan con los personajes, ¿por qué no convocarlos? Mientras sigamos hablando de personajes de esta generación, en este estilo, no tengo necesidad de cambiar.
–¿Cómo fue volver a trabajar y estrenar un film después de una película tan exitosa como El hijo de la novia?
–Algo de presión hay. Lo bueno de esta película es que apenas empezamos la filmación nos copó, ocupó todos los espacios. A mí me parece superior. Es un film más complejo y ambiguo. La experiencia de filmar fue muy emocional, muy fuerte, llegó un punto en que nos olvidamos de El hijo de la novia. Ahora, con el lanzamiento, empiezan a surgir las comparaciones. Pero son películas que, si bien tienen similitudes en el tono, tienen diferencias muy grandes, en cuanto a la temática, el contenido y hasta en las certezas. Es una película para debatir, que no tiene la pretensión de plantear certezas ni soluciones.

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“Apenas empezó el rodaje, esta película nos copó. Llegó un momento en que nos olvidamos de El hijo de la novia.”
 
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