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Un debate de alta escuela entre Fernández y Carrió

El ministro Aníbal Fernández respondió ayer a las declaraciones de Elisa Carrió, que lo calificó de “vergüenza nacional”. Dijo que esas expresiones fueron provocadas por la “abstinencia de hidratos de carbono”.

 Por Luis Bruschtein

De “maleducada” a “gordo”, o al revés, no se sabe bien porque no es tan importante, aunque en realidad parece que fue al revés, Elisa Carrió, principal dirigente del ARI, y el ministro del Interior, Aníbal Fernández, entrecruzaron calificativos como si fueran tortazos de crema en una película de Carlitos Chaplin. El jueves Carrió dijo que Fernández “es una vergüenza nacional, porque ese chico no fue educado en ningún lado” y Fernández retrucó ayer con la misma elegancia al diagnosticar que esas expresiones de Carrió fueron provocadas “por la abstinencia de hidratos de carbono”.
La preocupación de Carrió por la educación del ministro y la de éste por la salud de la dirigente opositora pusieron de manifiesto un nuevo estilo en el debate político, donde antes que nada está el bienestar del otro.
Esta característica de la polémica, aunque didáctica en cuanto a la nueva modalidad que se plantean sus principales protagonistas, sería loable si tanta preocupación del uno por el otro no relegara a un segundo plano los temas principales en un país que está obligado a rediscutir casi todas las reglas de juego de la economía, la educación y la política. En general, tanto la fuerza que dirige Carrió como el gobierno que integra Fernández han rechazado los vicios del viejo sistema político.
“De los Fernández –afirmó la chaqueña el jueves por televisión– no puedo hablar porque son de una vulgaridad extrema. Ya un problema de educación me impide hablar de los Fernández.”
Sensibilizado por estas palabras, Aníbal Fernández reaccionó ayer en un plano gastronómico al reflexionar, en declaraciones radiales, sobre las afirmaciones de Carrió: “Mantiene desvaríos en forma permanente, no sé si por abstinencia de hidratos de carbono fermentados o refinados, no sé cuál de los dos, pero los desvaríos hacen que agreda”.
Al hablar de “los” Fernández, Carrió demostró cierta delicadeza porque dejó abierta a la interpretación de cada uno a qué Fernández se refería, la guía está llena. Y además, en una actitud de recato, dijo que no podía hablar. El ministro devolvió ese gesto al expresar su duda de si se trataba de hidratos de carbono “fermentados o refinados” y al subrayar: “no sé cuál de los dos”. Es decir, con ese toque sutil dejó abiertas todas las posibilidades.
Fernández agregó, al destacar la religiosidad de su oponente, que “cuando (Carrió) llega al colmo de la discusión, invoca su relación con Dios y descalifica a todos los demás”. En otras declaraciones radiales el ministro aprovechó la polémica para ofrecer una breve clase de historia y política internacional: “Son insultos tras insultos, blasfemias, acusaciones, agresiones –se quejó–, debe ser terrible vivir con tanto odio” y trazó un paralelo con los tribunales nazis los que, ilustró, “tenían una visión sesgada de la política, con lo cual cualquier cosa que se tomaba tenía que pasar solamente por el vidrio del concepto del partido nacionalsocialista”.
Esta clase conceptual fue una forma amable de tranquilizar la preocupación de la dirigente chaqueña por la suerte del ministro ante posibles exámenes, ya que ella, quizá por su experiencia docente, se inquietó porque algunos ministros no estaban en condiciones de pasar “examen de lectoescritura alguno”.
“Nosotros no tomamos dirigentes del ARI”, se excusó Fernández, y explicó que éstos se alejan de esa fuerza política por la forma de reaccionar de Carrió. O sea, el ministro fue extremadamente cuidadoso, como quien da su pésame a un ser querido, al no manifestar alegría por ese proceso aunque lo favorezca. El nivel del debate en la política argentina es la mejor demostración de que se están dejando atrás viejos vicios.

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