EL PAíS › OPINION

Siempre fuimos compañeros

Confluencias entre el Gobierno, Moyano y Caló. La lógica de una reelección. Posibles mejoras para la CTA. ¿Y la personería?

 Por Mario Wainfeld

No hay que dar por sucedido nada antes de tiempo, en estas comarcas de realismo mágico. Pero es casi seguro que el martes Hugo Moyano, conforme con lo esperable y con lo construido, será reelegido secretario general de la CGT. El metalúrgico Antonio Caló no será su competidor (una especie mediática de baja intensidad en la que los protagonistas jamás creyeron) sino su compañero en la conducción de la central obrera.

La triangulación entre el líder de los camioneros, el Gobierno y el metalúrgico consulta necesidades convergentes.

Moyano es un aliado importante del oficialismo, con ascendiente sobre sus representados, capacidad de movilización y un nivel de disciplina que no siempre se le reconoce. Es un lugar común expandido soslayar su lugar institucional, importante en cualquier país capitalista. También cunde la leyenda de una brutalidad poco limitada, lectura que combina cuotas de clasismo, gorilismo e intereses patronales. La conducta de los trabajadores del transporte durante el lockout y los cortes de rutas que asolaron el país tuvo una templanza superior a la de los productores soliviantados. Habla de una extendida autocontención en la sociedad argentina, pero también del ascendiente de Moyano.

Consagrado por sus logros reivindicativos, por su batallar contra el menemismo y por su potencialidad para tomar la calle, Moyano es un aliado deseable para la idea de gobernabilidad que acuñó Néstor Kirchner hacia 2004 o 2005, intocada por la actual Presidenta. Por otro lado, no hay a la vista un dirigente sindical que le haga sombra.

No todas son rosas para el camionero. No ha conseguido acrecentar de modo significativo alianzas al interior del movimiento obrero desde que se aposentó al frente de la CGT ganando la pole position en un triunvirato que no le oponía pares. Si se mira en detalle, sus cabales compañeros de ruta son una suerte de agrupación de gremios de transporte con el agregado de los empleados judiciales, esto es, la misma base del MTA parido hace cosa de quince años.

Es un sustento exiguo, en previsión de años turbulentos acaso menos pródigos que los precedentes. Tanto a Moyano como al Gobierno, que no suele operar pero sí dictaminar sobre la cúpula de la CGT, esa relativa soledad los preocupaba.

El metalúrgico Caló no es un competidor posible de Moyano, hoy y aquí. No da la talla, tabulan en la Casa Rosada y en los pasillos del edificio de Azopardo. Su trayectoria no lo ranquea tan alto. También lo limita una regla no escrita pero inexorable de la lógica cegetista: los metalúrgicos no son hoy un sector de punta del proletariado, muy a la vera de los camioneros, o de sus “hermanos” (Caín y Abel también lo eran) del Smata, sin ir más lejos.

Un dirigente afín al Gobierno, menos bilioso para su paladar que los Gordos, puede, empero, servir de bisagra para que éstos también (valga la expresión) engruesen el consejo directivo de la CGT.

Con ese frente ordenadito y relativamente unido, será tiempo de convocar al Consejo del Salario, un tanto demorado (como tantas cosas) por el conflicto del “campo”.

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La otra Central: En el paleozoico, antes del 11 de marzo, la Presidenta recibió por separado a dirigentes de la CGT y la CTA. En esas horas dispensó trato afectuoso al Momo Venegas (el peculiar representante de la peonada rural) y zarandeó de lo lindo a Hugo Yasky, secretario general de la CTA.

El agua corrida bajo los puentes ha retocado el imaginario kirchnerista, no podría ser de otro modo. “Hugo jugó bien” reconocen en el primer círculo de la mesa chica, aludiendo a Yasky, que (sin bajar banderas) eligió a su modo (más coherente que vociferante) entre el Gobierno y la asonada corporativa.

En este contexto avanzan a buen paso reclamos tradicionales de la CTA. El más consistente es el de acortar la brecha entre las capacidades y competencias de los sindicatos con personería y los que no la tienen. La legislación vigente maniata a los alternativos, consolidando su condición de tales. En la Secretaría Legal y Técnica y en Trabajo se analiza reforzar las facultades de los gremios sin personería. En especial conferirle mayores facultades para colectar recursos económicos y aportes, muy monopolizados por los gremios “legales”. Otra demanda muy sentida por la CTA que también se piensa legislar es la protección de los dirigentes gremiales de sindicatos alternativos contra los despidos o las prácticas desleales de la patronal.

Con esos dos medios, los integrantes de la CTA creen que aumentaría su competitividad y su posibilidad de retener o convocar afiliados.

En correspondencia, se vuelve a escuchar en el primer círculo del Gobierno (el único que cuenta) la hipótesis de reconocer la personería a la CTA, demanda histórica y justa siempre relegada por el kirchnerismo.

Vaya a saberse si esta vez será o habrá otra dilación. Las autoridades competentes al efecto, es conspicuo, son apenas dos. “Es una deuda, no hay grandes justificaciones para proseguir sin cumplirla. Pero eso depende exclusivamente de Néstor y de Cristina”, redundan cerca (pero debajo) de ellos en la Rosada.

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Imagen: Leandro Teysseire
 
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