EL PAíS › OPINIóN

La política que viene

 Por Fernando Peirone *

En el corazón de una paradoja siempre anida un dilema interpelante. Tal el estadio en el que parece ingresar la política frente a una legitimidad que guarda una relación crítica entre lo que representa y su potencialidad transformadora. Nos referimos a una práctica corporativa que comienza a estar retrasada respecto de una época que demanda un aggiornamiento efectivo. El dilema aparece cuando se evalúan las derivaciones que implica la alteración de un dispositivo, viciado pero conocido, frente a otro que se presenta incierto e imperioso. Ahora bien, ¿cuánto de esto asume la corporación política? ¿Lo avizora como una encrucijada propia? O mejor: ¿cómo se piensa a sí misma la política en una época que reformula fácticamente sus paradigmas? Si la inmediatez del día a día no le permite a la política tener perspectiva, lo natural sería que ese déficit sea suplantado por las ciencias sociales, pero el involucramiento en el barro de la historia no cotiza demasiado entre los cientistas sociales. No registran que la asepsia puede corromper tanto como el dinero, sobre todo porque la asepsia se sustenta con dinero.

Nadie está a salvo del pathos de su tiempo. Y éste no es un tiempo más, lo que tardemos en comprenderlo es lo que nos falta para sincronizarnos con la época que nos tocó en suerte. Por ejemplo, no hay ninguna razón para suponer que el riesgo que hoy corren los diarios en papel no puedan correrlo las universidades, los partidos políticos o los sindicatos. Mientras tanto, la contemporaneidad, que aún es leída con términos modernos, se ensancha sin miramientos. Quien no lo registre, no sólo puede volverse anacrónico, también puede quedar fuera de juego.

Este escenario, que obviamente no es endilgable a nadie en particular, pero que no deja de hacer advertencias, trajo aparejado, entre otras cosas, el retraimiento juvenil de la política. Las nuevas generaciones no conciben su participación en los términos que todavía dominan el campo de la militancia política. Pero la corporación política, sumida en la lógica partidaria y los ritmos electorales, parece lejos de admitir que ésta es una defección de su competencia. Cualquier cambio en el andamiaje donde se sostienen sus rutinas les provoca vértigo. La primera reacción es abroquelarse y resguardar el coto de caza. Pero la oxidación es un lujo poco recomendable frente al ingenio privado, que tiene reflejos rápidos pero concentrados en el dividendo propio, o frente a las maniobras de otros Estados, cuya cesión de la iniciativa puede significar la diferencia entre ser un país protagonista y uno rezagado.

A pesar de todo y contrariamente a los prejuicios, los jóvenes no son renuentes a la política. Si la entendemos como la responsabilidad de administrar lo público en su relación con el presente y su proyección en el futuro, los jóvenes del tercer milenio asumen el tiempo en el que viven con absoluta responsabilidad. Es probable que quien lea estas líneas pregunte dónde están esos jóvenes, pero para verlos es preciso mirar de otro modo. Cuando Copérnico descifró la travesía de la tierra alrededor del sol, el mundo ptolomeico no se había acabado y no lo haría por bastante más de una centuria. Estamos en un punto de inflexión, en consecuencia es completamente lógico que nuestra idiosincrasia personal siga siendo moderna, pero eso no quiere decir que no haya indicios de un tiempo nuevo que ya está entre nosotros y que se funda con una lógica diferente.

Los jóvenes son conscientes de la dimensión planetaria que tiene su época y actúan en consecuencia, aún cuando muchas de sus conductas personales sean una expresión inercial de la modernidad. Su idea de lo político no está asociada a las naciones. Conciben otro modo de ejercer el poder, que no está enfocado en los espacios que tradicionalmente disputó la política; el territorio donde despliegan su accionar es el mundo, en tanto hábitat común. Sus objetivos no incluyen ningún palacio de invierno. Su discusión –ellos nunca usarían la palabra “lucha”– es cultural, mejor aún: fáctica. Veamos algunos ejemplos concretos. A la generación del tercer milenio no le resulta indiferente el medioambiente. Su actitud individual y colectiva es inversamente proporcional a la de muchos Estados que habiendo firmado el Protocolo de Kyoto, se niegan a ratificarlo y a implementar medidas que disminuyan el efecto invernadero. Sin temor a equivocarnos, podríamos decir que “los bárbaros” –tal el modo en que suelen llamarlos algunos pensadores abocados a interpretarlos– heredan y asumen, por ejemplo, las banderas del Foro Social Mundial, predispuestos a una nueva ética política y social, donde la pobreza, la violencia sexual, el SIDA, los acuerdos comerciales y la deuda de los países subdesarrollados sean temáticas insoslayables. La cultura Wiki y el Software Libre, sin ir más lejos, abrevan en la mejor tradición socialista y su filosofía es adoptada cada vez por más gente en el mundo entero. La pregunta que nos asalta en tiempos de reforma política es: ¿dónde está la contraparte institucional para este gesto generacional que tiene claras connotaciones políticas? ¿Qué puertas de acceso abrimos para estas nuevas concepciones políticas?

Las redes sociales que los propios jóvenes supieron construir aprovechando las nuevas tecnologías, tal vez sea lo que más se aproxime a una respuesta. La era digital les permitió asociarse empáticamente de un modo que no tiene antecedentes en la historia, uniendo lo diverso y lo distante en un territorio nada despreciable: el planeta. Esto hace posible que el 30 por ciento de los jóvenes interactúen con el futuro intercambiando algo más que emoticones: archivos, conocimiento y pensamientos a escala planetaria. Son prácticas disociadas de las instituciones. No es poco si entendemos que mientras sus criterios, de alcance político incierto, son globales, ellos –los chicos– siguen siendo argentinos. Los criterios con que pensemos esa argentinidad próxima es nuestra suerte y nuestra dificultad. Nuestra propia paradoja.

* Director de la Facultad Libre de Rosario.

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