EL PAíS › VALERIA RAMíREZ RELATó QUE DURANTE LA DICTADURA FUE LLEVADA AL POZO DE BANFIELD POR SER TRAVESTI

“Otros se ponían la camiseta del che nosotras teniamos los pechos”

Con 22 años empezaba a trabajar en la calle. Estuvo secuestrada en el Pozo de Banfield, pero no se veía como víctima del terrorismo de Estado. Ayer testimonió en la Secretaría de Derechos Humanos.

 Por Alejandra Dandan

“Nosotras teníamos nuestra camiseta que vendría a ser nuestra identidad: otros militantes se ponían la camiseta del Che Guevara, nosotras teníamos los pechos.” Algo de esa militancia política que las travestis construyen sobre sus propios cuerpos, empieza a aparecer ahora como la probable razón por la que terminó secuestrada durante la dictadura. Valeria Ramírez tenía entonces 22 años, era travesti y recién empezaba a trabajar en la calle. A muchos años de ese momento, ayer denunció por primera vez en la Secretaría de Derechos Humanos de Nación sus dos secuestros en el Pozo de Banfield. Y no es que hasta ahora no sabía que había estado en un centro clandestino, sino que demoró en normalizar una situación que para las travestis es parte de un paisaje cotidiano y en los últimos años pudo entenderse como parte de las víctimas del terrorismo de Estado.

Algunas horas después de la declaración, Valeria intenta bajar los nervios y los calores ante los pulmotores de un turbo pequeño alojado en la piecita de un hotel de Constitución. Hacia la calle cuelga a modo de bandera la leyenda de la Fundación Buenos Aires Sida de la que forma parte. Y la pieza es justo eso, un territorio ganado en medio de las sobrevidas del edificio y la calle desde donde hace su militancia.

A los 22 años de Valeria, en el país empezaban los años del terrorismo de Estado. Ella vivía en Llavallol y en 1976 consiguió su primera “plaza” de trabajo frente a lo que era el Hotel Colonial de Camino de Cintura. “Me dieron una parada, ponele que en una cuadra había tres o cuatro más, y a mí me tocaba la esquina.” En ese momento, también le explicaron las reglas: había que pagarle al jefe de calle una vez por semana; ese mismo jefe podía pedirle además que salga con él, y “una tenía que aceptar –dice–, eran los códigos”.

Al comienzo, caía presa como todas. De un lado de la calle era jurisdicción de Lomas de Zamora y del otro de Luis Guillón. Si caían del lado de Lomas, sabían que quedaban presas durante días; del otro lado no, porque tenían código de faltas. “Igual una pagaba lo mismo –aclara–, pero tenías que estar con miedo y corriendo todo el día, a veces venían de otra jurisdicción, de la brigada de Monte Grande, de Avellaneda y te manoteaban.”

Un día la llevaron a la comisaría de Llavallol como sucedía cada tanto. Ellas sabían que para no ser tan golpeadas, o para comer mejor, tenían que acceder a los pedidos de las guardias pero esa vez detuvieron a tres, les tomaron las huellas de las manos y les dijeron que iban a tener que ser trasladadas porque no había lugar.

“Estar presa ahí o en otro lado, para nosotras era lo mismo”, dice. A un costado suena un celular y una de sus compañeras la mira con unos alucinados ojos celestes. “A la tarde o noche nos trasladaron a las tres al Pozo de Banfield, iba el patrullero, un chofer, un milico adelante y otro atrás; cuando estamos por llegar nos dicen: agachen la cabeza y cuando levantamos la cabeza estábamos adentro de una entrada, un portón de chapa cerrado y había un escritorio y un milico gordo ahí.”

–¡Traigo a estas tres! –le dijo uno.

–Bueno, ya sabés, subilas.

Valeria estuvo cuatro días. Subió escalones, bajó otros, entró en un corredor y terminó en uno de los buzones. Sus compañeras quedaron en otros dos. Ni en ese momento ni después las tabicaron, ni sus represores se tapaban las caras. “¿Para qué?”, dice sentado al lado Alex Freyre también integrante de la Fundación que a su vez integra la Federación de LGBT. “Si la vida de ellas no valía nada.”

En las celdas, a Valeria la violaron: “Si no accedíamos a lo que ellos querían nos ponían la comida muy salada o muy picante y a veces agarraban y nos decían: ‘¿Querés comer?’. Y agregaban: entretenete y pasaban el miembro por el buzón”. Así, dice, sin profiláctico, con vejaciones que muchas veces terminaban con derrames en la boca.

La segunda vez que la secuestraron vio desde el patrullero el lugar y reconoció la zona como Banfield. Esa vez estuvo siete días adentro. La levantaron con esas siete compañeras que ella va nombrando, cuyos nombres le preguntaron en la Secretaría de Derechos Humanos, pero de las que sólo tiene apodos, como sucedía con otros militantes. Eran la Perica, Mara, Romina, Sonia, otra chica que le decían Hormiga y era la única que no estaba muerta, pero murió el año pasado, dice ella. Porque entre otras cosas, el promedio de vida de las travestis es de poco más de 37 años, un dato que alimenta la idea desmotorizadora del destino trágico y además la posible escasez de las sobrevivientes.

Esa noche pasó un patrullero como todos los días por la zona, pero les dijo que volvieran a la madrugada, que tenían que irse porque iba a haber una razzia. “Pero ninguna se fue –dice–, teníamos una Shell que el sereno era muy copado porque en invierno nos dejaba poner los tapados, y a veces corríamos y nos metíamos ahí, y él nos hacía pasar por el fondo, pero ese día yo vi que las chicas fueron perdiendo, y a mí me sacaron”. A Mara se la llevaron al destacamento de Puente La Noria, dice. Y a ellas a Banfield.

“Mi mamá pensó que estaba incomunicada, y una amiga le dijo que haga algo porque no estaba en Llavallol: le dijo que me habían trasladado y ella se asustó porque llevaba siete días sin aparecer; mi mamá que era mayor y analfabeta no sé si hizo un hábeas corpus pero se plantó en la comisaría y les dijo: ‘Yo de acá no me voy hasta que me entreguen a mi hijo’. ¿Viste como hablaban las madres de antes?”

Valeria salió ese mismo día entre las diez y doce de la noche. En el Pozo que funcionaba como maternidad clandestina había escuchado los gemidos de un parto. Cuando se topó con la parturienta en un baño y la vieron, una mujer policía primero le dijo “puto de mierda”, después “qué haces vos acá”, “¿sos pelotudo?”. “Me agarró de los pelos con tanta fuerza que me hizo caer arrodillada, me hizo lastimar, iba arrastrándome por el piso de Port-land, pasé por toda la suciedad de la sangre, se me pegó y estuve hasta el otro día sin poder bañarme.”

Al lado, como en subrayados, Freyre habla: “Valeria supo desde la primera vez que el lugar donde la llevaban le decían el Pozo de Banfield, y después supo siempre que era un centro clandestino, lo que no linkeó hasta pasado el tiempo es que lo que le pasó a ella tenía el mismo peso, la misma lesión que los treinta mil desaparecidos. Ella no tenía esa construcción de derechos, los mezclaba con la realidad que se sigue viviendo en muchos lados. La forma en que me lo cuenta a mí nos sorprendió a todos porque tardó ocho años en abrir la boca, dos años en dar una nota y otros dos en hacer la denuncia”.

En la Secretaría de Derechos Humanos le explicaron cómo tenía que hacer el trámite de reparación económica. Un derecho que el Estado reconoce pero a su nombre de varón. “Quiero que esa reparación se la den a Valeria porque la víctima fue ella”, dice y le manda un mensaje al ministro Florencio Randazzo para que active la reglamentación de la ley que les permita acceder a sus documentos.

La presentación de Valeria podría abrir nuevas líneas de trabajo en el campo de los derechos humanos. Freyre lo imagina como un leading case: “El hecho de que a ella se la llevaran de Camino de Cintura ejerciendo la prostitución es anecdótico –dice– porque en esa época, la podían haber llevado simplemente por poner un pie en la calle: la militancia se transformaba en subversiva cuando era llevada a la esfera pública; si una persona se disfraza con un toallón o se maquilla, no pasa nada, el Estado no interviene pero lo hace cuando deciden construir su identidad y pretenden ser Valeria”.

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“Estar presa ahí o en otro lado, para nosotras era lo mismo”, dice Valeria Ramírez.
Imagen: Rolando Andrade
 
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