EL PAíS › PANORAMA POLíTICO

Una semana kirchnerista

 Por Luis Bruschtein

Fue una semana con el sello del kirchnerismo estampado en cada día. Una semana donde el kirchnerismo festejó la reelección de Cristina Kirchner el domingo con un aluvión de votos, el miércoles las condenas a Astiz, el Tigre Acosta y los demás del Grupo de Tareas de Massera y el jueves realizó las conmemoraciones emotivas por el primer aniversario de la muerte de Néstor Kirchner.

Un país reflejado en una fuerza política, casi sin dejarle espacios a otra manifestación, pero un fenómeno que no se dio por imposición, sino por expresión de las voluntades de miles de personas que pusieron el voto, el cuerpo y sus sueños. Una hegemonía por ausencia del otro y por la potencia de una sucesión en pocos días de hechos históricos que mostraron el potencial y ratificaron la proyección de una fuerza política.

Ha sido una semana kirchnerista como es lógico después de una elección ganada. Así suele suceder con quien le toca ganar en cualquier elección. Pero a ésta habría que agregarle todas las marcas que rompió Cristina Kirchner al convertirse en la candidata presidencial más votada desde el retorno a la democracia. Y habría que agregarle también, para dimensionar el impacto real, las condenas a los que integraron la ESMA, uno de los símbolos del terror durante la dictadura y de la impunidad durante la democracia.

Miles y miles que festejaron el domingo, otros miles que festejaron el miércoles y otros miles que salieron a la calle el jueves, esta vez para llorar. Se festejó mucho en las dos primeras. La alegría fue un torrente desbordado al festejar el triunfo electoral porque pocas fuerzas tuvieron tan en contra a los grandes medios y grandes opinólogos que instalaron un clima despectivo, lleno de suspicacias y de malevolencia contra el kirchnerismo.

De la misma manera se soltó la alegría el miércoles cuando empezaron a leerse las condenas a los represores y se escuchó “perpetua” para Astiz, mientras el secuestrador de las Madres y las monjas acariciaba desafiante una escarapela. En otra época, a lo largo de todos los años en que ellos ganaban por artilugios legales y por la mediocridad de políticos conservadores y progresistas, esos gestos de desafío dolían y daban bronca, porque en el fondo estaba la sospecha, casi la certeza, de que nunca serían juzgados ni condenados. Pero la noche de este miércoles fue nítida la voz del juez, fue claro el eco de la palabra “perpetua” asociada a un Astiz, cuyo gesto ahora no aparecía desafiante, sino patético.

La alegría de reencontrarse con la justicia, de reconciliarse con una sociedad y un país que se decía solidario pero no terminaba de comprometerse, un país que no se atrevía, que les seguía teniendo miedo o seguía dándose explicaciones como durante la dictadura del tipo de “por algo habrá sido” o de “la justicia de un solo ojo” y otras injurias que victimizaban otra vez a las víctimas, que los condenaba durante todos esos años a ciudadanos de segunda.

La alegría por la palabra “perpetua” que resonó en Tribunales y en los televisores de todas las casas fue por eso, porque era un país que abría los brazos y se reconciliaba con las víctimas de la dictadura. Ningún discurso de político de ocasión, ninguna promesa incumplida o respuestas evasivas como a lo largo de todos estos años de democracia. Fue la palabra “perpetua” en la boca de un juez que redignificó a una sociedad que se dejaba disuadir por sus propios miedos, por ese temor a levantar la vista que dejaron los años de plomo.

En ese festejo estaban los militantes de los organismos de derechos humanos que habían estado antes en los festejos del domingo y que estuvieron después, con los ojos llenos de lágrimas en los actos por Néstor Kirchner. Si alguien se pregunta la razón del respaldo de la mayoría de los organismos de derechos humanos a Cristina Kirchner, encontrará la respuesta en esa condena y en todos los años anteriores de complicidad con los represores o de promesas incumplidas por parte de todos los políticos. Hay una relación entre estos tres hechos tan potentes de la semana. Porque una de las primeras medidas de Néstor Kirchner fue impulsar la anulación de la legislación de impunidad que permitió los juicios y ese fue el hombre al que se homenajeó el jueves. Y porque el aluvión de votos que recibió Cristina implicó también un respaldo inocultable, indiscutible y no subestimable a la política de derechos humanos que impulsó el Gobierno. Eduardo Duhalde y Elisa Carrió, los dos candidatos que más habían cuestionado esas políticas, fueron repudiados por el voto ciudadano.

Ante la impotencia, desde un sector progresista antikirchnerista se escuchó hablar de “hegemonía” o decir que el oficialismo está tratando de construir el “mito de Kirchner” o que “no hay que agrandar lo que hizo Kirchner”. Error: si les preocupa la hegemonía tendrían que hacer un ejercicio de honestidad intelectual a fondo para responderse sobre las causas de un respaldo tan masivo y emotivo.

No basta con la cháchara de la situación económica de que “ahora la gente tiene plata en los bolsillos”: Si siguen pensando así, seguirá la hegemonía que tanto les preocupa, que no es hegemonía, sino preponderancia política. Tienen que partir del respeto a las personas, escucharlas y dejar prejuicios a un lado.

La gente que fue a los actos por el aniversario de la muerte de Kirchner no hablaba de plata en el bolsillo, tenía explicaciones más sencillas: “Hizo lo que decía”, “cumplió lo que prometió” y cosas por el estilo, algunas con referencias a “gobernar a favor del pueblo” o a los derechos humanos. Muchas de esas personas habían estado en las manifestaciones de protesta del “que se vayan todos”. Se puede no coincidir con esas explicaciones, pero no se las puede negar, tienen que empezar por respetarlas. Ojo, estos respaldos son cualitativamente diferentes del voto al menemismo. Si quieren hacer un buen diagnóstico les conviene no confundir una cosa con otra. A esta altura se puede decir que el kirchnerismo no termina en el 2015.

La teoría despectiva de los mitos populares la construyen los que no entienden esos fenómenos como los de Gardel, Maradona, Evita o el Che. La propaganda por sí sola no construye los grandes mitos. Y menos en este caso, donde la imagen de Néstor Kirchner fue denigrada permanentemente por los grandes medios. Después de la 125, el discurso cuasi corporativo de este sector tan poderoso, que tiene cautivo a más del 80 o el 90 por ciento del público, era que Néstor Kirchner arrastraba a su esposa al abismo, que había que separarlos. Eso fue hace sólo dos años. La llegada que puede tener la propaganda del Gobierno es ínfima comparada con la de esa megacorporación granmediática. Es evidente que la explicación tiene que ser más compleja, lo suficiente como para que el surgimiento de cualquier mito popular no dependa solamente de la decisión de un gobierno. Y con respecto a que no hay que agrandar lo que hizo Kirchner, parece un chiste de Paz y Rudi. ¿Con relación a qué es grande o es chico lo que hizo Kirchner? Si no hay nada para comparar. Ninguna fuerza política, progresista o conservadora tiene nada que pueda servir de comparación. Si se lo compara con una gestión provincial prolija, como podría ser la santafesina, está a siglos luz de la acción del gobierno nacional de Néstor Kirchner, por el impacto económico y cultural, por el impacto regional, político y social que tuvo. Es un error compararlas, pero si se las compara, la gestión de Kirchner parecerá gigantesca.

Es cierto que una gestión concreta siempre quedará disminuida frente a una Argentina en el plano de las utopías, o de los deseos. Pero eso también sería mezclar peras con bananas. Al gobierno de Kirchner se lo puede criticar desde lo mejor en el plano de las ideas, pero no se lo puede comparar con ninguna gestión anterior desde el retorno a la democracia. El veredicto popular se hizo escuchar el domingo. El veredicto de la historia será más lento, pero tendrá mucho de los argumentos del veredicto popular.

Más allá de cualquier disquisición, estos días son de festejo para el kirchnerismo y de reflexión para la oposición. Son los días de gracia de una nueva gestión, aunque en este caso se trata de una reelección.

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Imagen: Leandro Teysseire
 
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