EL PAíS › PANORAMA POLíTICO

Una generación

 Por Luis Bruschtein

Sin ser un fanático de Spinetta, nadie me pudo sacar nunca de la cabeza que el Flaco vivía cerca de mi casa y que Almendra ensayaba en el barrio. No es para hacer demagogia con un tipo que no se merece un golpe bajo, pero yo no vivía en Belgrano, sino en Castelar y estaba seguro de que se juntaban a tocar en una casa en Haedo. Lo había escuchado o alguien me lo había dicho.

Tenía la misma edad que yo, pero siempre pensé que era más grande porque yo siempre era el más chico de los grupos de amigos y Almendra apareció cuando yo era chico. Siempre pensé que él tenía tres o cuatro años más. Somos parte de la misma generación de agrandados, llena de pasiones, fundaciones, aventuras y tragedias y empezamos todos juntos con las mismas rebeldías de mochileros de pelo largo, amores libres y nuevas músicas. Estábamos los militantitos de Filosofía y Letras y de otras carreras que nos juntábamos días enteros a estudiar y trasnochar en La Perla del Once, junto a los jazzistas y los primeros rockeritos que salían de La Cueva. Digo militantitos y rockeritos, porque muchos apenas salíamos de la adolescencia.

En plaza Once se conmemoraban los 17 de Octubre. Y a los que estaban en La Perla y no estaban en el acto, se les llenaban los ojos de lágrimas por los gases de la Guardia de Infantería, y los que estaban en el acto les tiraban bolitas a los caballos de la Montada que resbalaban sobre el asfalto. Era inútil meterse a La Perla para escapar porque los policías siempre terminaban metiéndose. Y así iban presos porque eran de la Jotapé o porque tenían el pelo largo.

Eran los primeros años de la dictadura de Onganía y todavía todo el mundo se interesaba por todo, se exploraban nuevos caminos y todo estaba un poco mezclado. No sé si el Flaco estuvo alguna vez en La Perla, pero él ya estaba en la música y además se interesaba por el planeta y transitaba las reuniones donde se discutía de nuevos mundos, de revoluciones y del peronismo. Y, a su vez, los que discutían de política, los más chicos, iban a escuchar música. Primero fue Manal, Los Gatos, el sello Mandioca, y enseguida Almendra y sobre el pucho Sui Generis.

Había muchos puntos de entrecruzamiento como La Perla o Mandioca y hasta el Di Tella, donde podía tocar el Flaco en un happening de Marta Minujin al mismo tiempo que algunos artistas de vanguardia entre los que estaban León Ferrari, Nicolás Rosa o Roberto Jacobi lanzaban el manifiesto de Tucumán Arde. Resulta interesante que el manifiesto denunciaba la desinformación que realizaban los grandes medios sobre las luchas de los obreros del azúcar que estaban siendo duramente reprimidos. Los firmantes del manifiesto pensaban la intervención artística como un medio de contrarrestar esa desinformación de los grandes medios. Ferrari había presentado en el Di Tella un Cristo tamaño natural crucificado en un F-16 cargado de bombas en protesta por la guerra de Vietnam.

Un país extraño, donde al mismo tiempo que en el Di Tella se presentaba una muestra sobre el Che Guevara, poco después de su muerte en Bolivia, en el Chaco había un bandido social, Isidro Velázquez, que tomaba pueblos rurales, secuestraba a terratenientes, repartía el botín entre los campesinos y se escapaba por los montes, hasta que lo mataron en una emboscada. Se escribió un libro sobre Velázquez y se hizo una película. Sus autores, el sociólogo Roberto Carri y el cineasta Pablo Szir murieron años después en la guerrilla peronista.

A lo mejor son dislates. Pensar en la forja de una generación donde intervienen tantas cosas. Ni tampoco se trata de asignarle a Spinetta una identidad política post mortem, pero hay una forja común, caminos entrecruzados y la sensación de que somos pasajeros del mismo transatlántico que avanza en el tiempo como el gran paquebote de Amarcord. Está una de las primeras canciones del Flaco, esa que dice: “para saber cómo es la soledad” y estaba el mito de los que empezábamos a militar –teníamos 17 o 18 años– de que la había escrito por un amigo que había caído en cana. Tiempo después se supo que no fue así, pero se creaban esos cruces. Podía haber discusiones furiosas por diferencias, pero estábamos en el mismo barco, la misma generación navegando sobre un tiempo encrespado de fundaciones. Al principio no nos dábamos cuenta, pero después de un tiempo todos teníamos los mismos paisajes en la retina, nos habíamos acompañado en ese viaje.

Hubo también senderos que se bifurcaban y el que militaba pensaba que el rockero se evadía de la realidad y el rockero, que la política no arreglaba nada, pero igual casi todos seguían queriendo cambiar el mundo y rompiéndola con la música. Y además la cana nos corría a todos por igual y lo mismo cuando llegó la última dictadura y muchos rockeros se tuvieron que exiliar. Al primer B.A. Rock en el Velódromo, en el ’70, fui solo y casi en la clandestinidad y me encontré con varios como yo, mezclados en la tribuna llena de hippies.

La idea del cambio y la transgresión estaba en el centro de las movidas de esa generación. Y no era de chantas. Porque la autoexigencia era necesaria para transformarse y no repetir lo que se quería dejar atrás. La autoexigencia para no dejarse atrapar por la inercia del statu quo formaba parte de la matriz de esa generación.

Hay una foto de los últimos años que tiene que ver con algo de esa idea. Es una fotografía que el Flaco se sacó cuando se presentó en el Salón Blanco de la Casa Rosada. Está Spinetta, azorado, sentado en el sillón presidencial. Y el presidente Néstor Kirchner, sonriendo con picardía, de pie a su lado, pasándole el brazo sobre los hombros.

Un rockero en el sillón de Rivadavia. La cara de Spinetta es muy graciosa, está como pasmado, sorprendido en una travesura que en el fondo lo divierte como nada. Los dos tenían la misma edad. Kirchner en la política y Spinetta en el rock. Los dos eran hombres maduros en un punto cenit de sus vidas, pero el impulso de la transgresión está en esa foto. Junto a Spinetta, seguramente Kirchner tenía también esa sensación de viajeros que se han hecho compañía a lo largo de un extenso y único viaje. Y es probable que en el fondo, Spinetta haya sentido lo mismo al sentarse en ese ridículo sillón que ha otorgado seriedad a tantos chantas. Hubo un lazo generacional, un guiño de pares en esa broma armada por los dos como si fueran aquellos pibes rebeldes que fueron en los años ’60 y que los marcó toda la vida.

Dedicarle al Flaco Spinetta un panorama político parecerá raro. No sé si el Flaco era kirchnerista o no, pero ése no es el tema. Como tampoco la intención de recordar esa foto es para embanderarlo con nada. Pero hay una generación que recibió una historia como carga y como problema y le tocó vivir su iniciación en la vida en momentos más endiablados todavía. Ahora todo eso es historia pura, pero en la fragua de esa generación, en la carga y los mandatos que la sociedad cargó en sus mochilas hay muchas más respuestas sobre lo que es este país y las trampas que suele hacerse a sí mismo. Es una generación que está en el último tramo de su protagonismo y cierra un círculo donde aquellos años de iniciación tan impactantes convergen con los actos de la madurez también impactantes.

Una generación que ha tenido mucho protagonismo tanto al comenzar como en estos últimos tramos. Es una generación que en gran medida está en esa foto incluso haciendo abstracción de contenidos políticos o musicales. Son dos hombres que tienen un peso superior por lo que significaban los dos en ese momento, uno en la política y el otro en el rock. Y ese impacto que eran capaces de producir en sus últimos tramos en la vida explicaba a su vez el tremendo impacto que también habían generado cuando apenas eran unos chicos que pateaban el tablero de lo establecido. Ellos dos como una generación. Pasajeros del mismo barco.

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