EL PAIS › UN PAIS SIN MENEM, CAVALLO NI ALFONSIN

La jubilación

El ballottage será el final político de Menem, que seguirá la derrota hacia el ocaso de Cavallo y Alfonsín. También colocará en un segundo plano a Duhalde. Las cuatro personalidades dominantes en las últimas dos décadas dejarán el centro de la escena, pero no el hegemónico Partido Justicialista. Esta módica renovación abrirá un ciclo nuevo. Pero el electorado también votó con sensatez en 1983 y 1989 y está visto que eso no garantiza un gobierno a la altura de las aspiraciones populares.

 Por Horacio Verbitsky

Las especulaciones previas, los sondeos sobre intención de voto, sirven para imaginar escenarios futuros, prever desarrollos y combinaciones posibles. Pero con los resultados de la elección emerge una realidad que siempre difiere de las previsiones. Los comicios de la semana pasada no fueron una excepción y el cambio de clima es inocultable. Vale la pena enumerar sus efectos.
1 Lo pasado, pisado. El 24,34 por ciento de votos por El-Hombre-de-Anillaco-Radicado-en-el-Norte-del-Gran-Buenos-Aires puede leerse de distintos modos. Es impresionante que pese a todo el daño que hizo, casi una cuarta parte del electorado aún le responda. Pero también es cierto que perdió la mitad de sus adherentes desde la última vez que se presentó a elecciones presidenciales, en 1995. El altísimo índice de rechazo que el ex presidente Carlos Menem concita descarta con alto grado de certeza que pueda volver al Polideportivo de Olivos. Ni siquiera tiene el consuelo de haberse impuesto en la interna de su Partido Justicialista, ya que casi un millón de quienes votaron por él lo hicieron con las boletas de la Unión de Centro Democrático, el partido de la familia Alsogaray. En el cierre de la campaña le preguntaron qué haría de ser derrotado. “Me presento en el 2007”, dijo con una sonrisa. Es sólo una expresión de deseos. Su destino parece más bien tejer calceta y cambiar pañales.
2Presentismo. La asistencia a las urnas del 77,53 por ciento de los empadronados fue tal vez la mayor sorpresa de la jornada electoral. Las cifras reales serían aún mayores, ya que siguen figurando en los padrones muchos muertos, según admiten en privado las autoridades electorales. Hace 20 años, en pleno furor democrático, votó el 83 por ciento. Además, ahora sufragó en blanco menos del uno por ciento y poco más del 1,5 por ciento anuló su voto. En octubre de 2001 los votos nulos y en blanco expresaron el hartazgo popular ante las promesas incumplidas, la corrupción ofensiva y el empobrecimiento colectivo. Esto permitió que Eduardo Duhalde se proclamara vencedor en la provincia de Buenos Aires aunque sólo lo habían votado dos de cada diez empadronados, y Rodolfo Terragno en la Capital, con uno de cada diez. Esos votantes descontentos no querían el quiebre institucional que se produjo dos meses más tarde, cuando el pacto entre los senadores bonaerenses Duhalde y Alfonsín forzó el alejamiento del incompetente mandatario Fernando de la Rúa y abrió una aventura de final incierto.
3Lo pasado, pisado (II). El 2,34 por ciento del padrón que se inclinó por la fórmula oficial de la UCR, integrada por dos íntimos colaboradores de Raúl Alfonsín, marca el peor registro de ese partido en su historia. Leopoldo Moreau y Marito Losada obtuvieron menos votos en la elección general que en la interna partidaria. Que se esfumen los firmantes del obsceno Pacto de Olivos con el que lotearon el poder sería una satisfacción parcial pero significativa de los reclamos populares. No es tan claro qué ocurrirá con Duhalde. Derrotado en las elecciones de 1999, entró dos años después por la puerta forzada del Congreso en llamas. Pero tuvo el buen tino de no postularse y apoyar a un candidato ya instalado y que no formaba parte de su círculo íntimo. Además lo rodeó de hombres más jóvenes y/o no estigmatizados, como Ginés González García, Felipe Solá y Roberto Lavagna. Dentro de tres semanas, tendrá una nueva oportunidad. Si aprende del triste ejemplo de Menem y Alfonsín, podrá replegarse en orden con sus Toledos, sus Citaras, sus Caporales, sus Caterbettis y sus Rodríguez y conservar una discreta influencia en el nuevo escenario que se abrirá el 25 de mayo. El eclipse de Menem podría asegurarle una vejez tranquila pero las ínfulas de su dueña y la angurria de su tribu conurbana tenderán a meterlo en líos. De ser así, Kirchner pagará las consecuencias. Sólo el Gran Buenos Aires quintuplica el padrón completo del Comahue y la Patagonia.
4Despolarización. La despolarización sin precedentes, con cinco candidatos que obtuvieron entre el 14 y el 25 por ciento de los votos, sugiere que el presentismo electoral no implica entusiasmo por ninguna de las ofertas sino compromiso con el sostenimiento de las instituciones. Una cosa es el fastidio con los candidatos, que no se ha desvanecido, pero otra distinta la destrucción del sistema. La apuesta parece ser corregir sus defectos de adolescencia, no demolerlo. La despolarización no alcanzó a los orígenes partidarios, sino todo lo contrario. Tres peronistas y tres radicales sumaron el 93,3 por ciento de los votos. El peronismo se rearmará en torno del vencedor y terminará de deglutir a otro de sus propuestos enterradores. En cambio está en duda la continuidad del radicalismo como algo más que una federación de cacicazgos provinciales. Es difícil imaginar un aglutinante que vuelva a unir a López Murphy y Carrió, pero acaso alguno de ellos pueda rescatar más adelante los restos del naufragio.
5Ocaso del quesevayantodismo. El año pasado, los organismos de derechos humanos decidieron no asistir a la movilización en reclamo de una asamblea constituyente que dispusiera la caducidad de los mandatos, la remoción de los jueces de la Corte Suprema de Justicia y el no pago de la deuda externa. Un documento de circulación reservada sostuvo que esas “consignas vacías de contenido” radicalizaban las posiciones e impedirían construir “un amplio consenso social, capaz de producir transformaciones en el funcionamiento del sistema democrático”. El documento proponía, en cambio, “reunirse en torno de algunas reivindicaciones imprescindibles para la democracia”, entre las cuales mencionaba como “temas cruciales que permiten reunir voluntades democráticas y definiciones indiscutibles” la desocupación, “el deterioro de los derechos sociales, en particular la salud y la alimentación, la violencia de las fuerzas de seguridad y la reacción ilegal del Estado frente a las protestas sociales, la crisis de representación política y la degradada sombra del servicio de justicia”. Los resultados del domingo marcan el ocaso del quesevayantodismo y ratifican la vigencia de esa agenda pendiente, a disposición de quien decida asumirla con seriedad y perseverancia. La primera oportunidad serán las elecciones de renovación legislativa y de los ejecutivos provinciales y municipales que tendrán lugar de aquí a fin de año.
6El ganador. La previsible victoria de Néstor Kirchner abrirá un ciclo y una incógnita nuevos. El aporte del aparato justicialista bonaerense fue decisivo para su pase a la segunda ronda. En un distrito que representa al 37 por ciento del padrón nacional obtuvo el 43 por ciento de todos sus votos y el 63 por ciento de su ventaja sobre Ricardo López Murphy. Pero es previsible que esta incidencia del duhaldismo menguará el 18 de mayo, ya que el generalizado rechazo al menemismo producirá una cosecha de otro origen, tanto en Buenos Aires como en el resto del país. Esto debería permitir a Kirchner llegar menos condicionado a la presidencia.
7De museo. Ni la pintoresca alianza entre stalinistas y trotskistas (sin par en el mundo), ni el trotskismo puro y duro que rehusó sumarse a aquella porque no le parecía bastante revolucionaria, ni las distintas voces que postularon la anulación del voto encontraron eco en la sociedad. Todas las etnias de la izquierda paleolítica, que no han aprendido ni olvidado nada y que truenan consignas de hace medio siglo como si nada hubiera ocurrido en el mundo desde entonces, podrían encontrar en el análisis de los resultados del domingo valiosos temas de reflexión. Pero es improbable que lo hagan, porque se sienten a gusto en la sala más oscura del museo de la historia, desde la cual apostrofan a la CTA y a Víctor De Gennaro, sindicados como el enemigo principal. Antes aún habían emprendido un exitoso trabajo de demolición de las asambleas populares, surgidas con vitalidad para reclamar formas nuevas de participación que enriquecieran la burocratizada y corrompida representación política. La vieja doctrina de que todo lo que no se copa se destruye funcionó a pleno. Con palabras más evangélicas el Consejo Latinoamericano de Iglesias, que esta semana sesionó en Buenos Aires, previno en contra de los “esquemas ideológicos absolutistas” ya que “oponerse al neoliberalismo no significa ignorar el valor de las libertades individuales”. No les fue mejor a quienes expresaron la nostalgia por el golpismo castrense. Entre las tres fórmulas verdeoliva apenas superaron el 1 por ciento del padrón. Su premio consuelo fue que el coronel Enrique Venturino, de la Confederación Para Que se Vayan Todos (sic), superara (0,76 a 0,74 por ciento) al autodenominado “Jorge Altamira”, del presunto Partido Obrero. Es imaginable que el antiperonismo más cerril no pueda decidirse en la segunda vuelta y que la paleoizquierda, que ya ha comenzado a plantear la abstención o el voto en blanco porque su astigmatismo político no le permite ver diferencias entre ambos candidatos, se consuele atribuyéndose tal incremento. En ese universo en el que pululan cínicos dirigentes rentados, sinceros jóvenes militantes y todo pelaje de servicios de informaciones tampoco es descartable que algún minúsculo núcleo de desilusionados se radicalice de modo estruendoso.
8Una base. La diputada Elisa Carrió, que en un momento pareció seguir el camino autista de Luis Zamora, hizo una oportuna revisión. Ella misma calificó como equivocado ese desfallecimiento, a partir del cual comenzó a declinar en las preferencias electorales, que hasta entonces encabezaba. Aun así alcanzó un resultado notable, sobre todo a la luz de la austeridad de su campaña, que sugiere una forma distinta de hacer política. Los 2,7 millones de votos que la acompañaron (14,15 por ciento) pueden ser la base de una fuerza alternativa, si ella se decide a escuchar otras voces y participar de una construcción menos personal. Carrió formó parte del Frente Nacional contra la Pobreza que en diciembre de 2001 convocó a una consulta popular sobre una propuesta redistributiva simple y clara, para rescatar a los compatriotas caídos por debajo de la línea de pobreza. Los 3.300.000 votos obtenidos entonces por el Frenapo pueden redimensionarse ahora: equivalen al 16,7 por ciento, porcentaje superior al obtenido por la tercera fuerza, el Movimiento Federal para Recrear el Crecimiento. Sigue pendiente el desafío de organizar esa fuerza social en una opción política consistente.
9El discurso y la práctica. Ni la paleoizquierda, ni el ARI, ni el unificado Partido Socialista han logrado manejar una contradicción ostensible entre el discurso (que describe en forma elocuente los terribles riesgos y acechanzas de poderosos enemigos internos y externos que se ciernen sobre el golpeado pueblo argentino) y la práctica (que rehúsa la búsqueda de alianzas y consensos viables para resistir aquellos embates apocalípticos).
10Caricaturas. La caricatura del peronismo histórico que ofreció Adolfo Rodríguez Sáa sólo hizo pie en Cuyo pero se demostró inviable a escala nacional. Es previsible que esos electores (1,75 millones) decidan por su cuenta y se nieguen a ser transferidos como una encomienda a otro candidato. El gobernador de San Luis siguió la receta de Juan D. Perón para construir un rancho político, pero no se acordaba bien la proporción de los materiales. Lo más simpático fue su derrota en los tres distritos bonaerenses de los que reclutó a algunos de sus impresentables aparceros: San Isidro (Malhechor Posse), San Miguel (Aldo Rico) y Merlo (Raúl Othacehé) y en la Capital Federal, donde tiene más candidatos a jefe de gobierno que militantes (entre ellos el pagador de los laboratorios medicinales Pablo Challú, el ex ministro de la flexibilización laboral menemista Enrique Rodríguez y el ex socio de Domingo Cavallo, Gustavo Beliz).
Lo que vendrá
Las elecciones son apenas un momento del proceso político-social. La construcción de proyectos y alternativas se hace en la labor cotidiana entre dos convocatorias. El día de los comicios sólo se constatan sus logros y carencias. Al evitar una segunda ronda entre las propuestas liberales y represivas de Menem y López Murphy, el electorado se pronunció con cierta sensatez, que permitirá alguna forma de renovación. Pero también fue estimable el voto mayoritario en 1983 y 1989, que derrotó a las opciones más retrógradas y potencialmente represivas, y está visto que eso no garantiza un gobierno a la altura de las aspiraciones populares. Apenas ganar tiempo para impedir catástrofes peores.
El discurso de “la producción y el trabajo” puede alcanzar para vencer en las urnas pero no para revertir el cuadro de alta desocupación y generalizada pobreza del que Menem no es el único responsable. Bajo el duhaldismo los grupos económicos locales transnacionalizados prevalecieron sobre los otros sectores del capital más concentrado (a su turno hegemónicos con Menem/Cavallo/De la Rúa). Su estrategia son las exportaciones, concentradas en menos de un centenar de grandes empresas y generadoras de escaso empleo. El asistencialismo con el que Duhalde apaciguó a los mayores grupos de trabajadores desocupados, desde los más afines de la FTV hasta el neovandorismo rojo del Bloque Piquetero, redujo aún más el piso salarial de la economía. Hoy, más que nunca, ni siquiera tener empleo es un seguro contra la pobreza. Sin una política activa hacia el mercado interno y decisiones políticas distribucionistas que rompan este círculo vicioso, el mal menor que se votará dentro de dos semanas será un pobre consuelo para más de la mitad de la población.

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