EL PAíS › KIRCHNER Y LULA SE PROMETIERON CONSULTA POLITICA PERMANENTE

El matrimonio ya se hizo oficial

Kirchner dedicó su primer viaje como Presidente a Brasil. Firmó con Lula un documento en el que los dos países retoman una “alianza estratégica” y se comprometen a apurar el parlamento por voto directo. Azúcar y alcohol, otra clave de las negociaciones. Los brindis. Y el fútbol.

 Por Martín Granovsky

“Llamalo a Ginés”, pidió el Presidente a su vocero. Cuando Ginés González García, el ministro de Salud, atendió la llamada de Miguel Núñez, escuchó a Néstor Kirchner a los gritos del otro lado de la línea: “¡Le regalé a Lula la camiseta de Racing y se sacó la foto!”, dijo el Presidente como un chico. Era el final de un día entero de gestos que un largo comunicado resumió con vocabulario burocrático pero esta vez no tanto: “Los presidentes señalaron, con satisfacción, el ímpetu renovado con que Brasil y la Argentina retoman las consultas bilaterales después de la elección del Presidente Kirchner”. “Renovado”, “retoman”, “elecciones”. Más nitidez, imposible.
Kirchner, Núñez y González García son el terceto racinguista dentro del Ejecutivo. Una fina tarea de lobbying consiguió que Luiz Inácio Lula da Silva, de Corinthians, dijera ayer, en un momento solemne del almuerzo que ofreció a la delegación argentina en su Olivos, el Palacio Alvorada: “Sí, soy un torcedor (hincha) de Racing”. El detalle es que la camiseta tiene el auspicio de Petrobras, la petrolera estatal brasileña. La situación que enmarca el detalle es que por primera vez desde principios de la democracia dos presidentes de la Argentina y Brasil se comprometen a construir una política común y no solo a revitalizar el Mercosur.
Un alto funcionario argentino definió así el clima de la reunión:
–Fue raro para un encuentro entre delegaciones de dos países. Hablábamos y nadie se cuidaba de nada. Terminamos con el triple registro de diferencias entre lo que se dice, lo que se oculta y lo que en verdad se quiere decir.
Primero hablaron Kirchner y Lula a solas. No era un día fácil para Lula. La reunión se hizo en el Palacio Alvorada y no en Itamaraty, la cancillería brasileña, porque los estatales que forman la base electoral del PT en Brasilia protestaban contra una reforma jubilatoria que afecta solo al 6 por ciento de los asalariados de Brasil. Pero la principal preocupación que transmitió Lula fue la caída de la producción industrial, producto de una tasa de interés del 26 por ciento. Pese al secreto que ambos se impusieron trascendió que Kirchner, a su vez, le contó su reunión de anteayer con el secretario de Estado Colin Powell como “un encuentro adulto, sincero y crudo”. El Presidente recordó la frase que había dicho a Powell (“Las relaciones carnales están terminadas y ahora, si nos quieren tanto, hágannos sentir el cariño”) y explicó a Lula su posición de buscar con el Fondo Monetario una reprogramación a largo plazo de la deuda externa.
–Me ponen como un pescador que debe ir cambiando de carnada –dijo el martes Powell a Kirchner y el canciller Rafael Bielsa.
Ayer, Kirchner y Lula coincidieron en su posición de que la única forma de negociar el Area de Libre Comercio de las Américas es a través de una “participación cohesionada” del Mercosur, “fundamental para la defensa de los intereses del bloque en las negociaciones”.
También se pusieron de acuerdo en que, sin llegar a una discusión conjunta sobre la deuda, cada país usará al otro para aumentar su poder de negociación con el Fondo. En definición de un ministro: “A la Argentina le sirve un Brasil elogiado por los organismos de crédito. A Brasil, un aliado que no pide dinero”.
El vuelco diplomático quedó traducido, ayer, en que los funcionarios no tomaron la nueva política de seducción de los Estados Unidos para generar una pelea entre la Argentina y Brasil sino para intercambiar información. De regreso de Chile, mientras compartían el avión del secretario de Estado, Powell le dijo a Bielsa que Brasil ejercía “un liderazgo enorme” pero que la Argentina aportaba lo suyo en un plano “cualitativo”.
–Es que ustedes tienen tres premios Nobel –dijo a Bielsa el canciller brasileño Celso Amorim. Olvidó dos, quizás porque Carlos Saavedra Lamas y Adolfo Pérez Esquivel no habían ganado el Nobel en ciencias duras como Bernardo Houssay, César Milstein y Luis Leloir.
Los funcionarios argentinos, tras la reunión, parecían conformes por la promesa firmada de traducir la convergencia “en consultas frecuentes y permanente coordinación política entre los dos gobiernos”, como una forma de fortalecer “considerablemente la alianza estratégica Argentina-Brasil”. Pero también asomaba su preocupación por dotar de contenido concreto a la integración. Uno de los miembros de la comitiva dijo que para cuando Lula visite la próxima vez Buenos Aires, a principios de septiembre, varios de los proyectos deberán tener comienzo de ejecución. De los económicos sobresale uno. Brasil, a través de Amorim, propuso la reconversión de parte de la industria azucarera argentina para fabricar alcohol con destino a la alconafta de los coches brasileños. Sería una operación de alrededor de mil millones de dólares en la que estaría asegurada la compra de la producción argentina por parte de los vecinos. Sería, también, un modo de quitar un símbolo de fricción, el azúcar, de la relación bilateral.
Los legisladores argentinos –estaban Cristina Kirchner, el lopezmurphista Ricardo Gómez Diez, Alicia Castro y el radical Leopoldo Moreau, y faltó inexplicablemente el ARI– colaboraron en otro de los puntos de acuerdo, un Parlamento del Mercosur con voto directo, que no tiene mayores definiciones ni plazos.
En noviembre deberá realizarse un encuentro sobre Seguridad y Defensa. El lugar no está mal: Calafate.
La Triple Frontera, una obsesión norteamericana que la Argentina atiende y Brasil desdramatiza, quedó en el documento final de 32 puntos como “el compromiso de continuar trabajando en la prevención de ilícitos en esa zona”.
Las comitivas terminaron la reunión a solas de los presidentes, el encuentro de los ministros, al que se agregaron Roberto Lavagna y Antonio Palocci, y el almuerzo general con discursos en el parque de la residencia, a la sombra de un árbol plantado en homenaje al presidente Juscelino Kubitschek.
Kirchner se refirió a “un proceso de integración torpemente demorado durante muchísimos años”.
Lula usó la palabra “sintonía” y se comprometió a “hacer lo que prometimos en las campañas electorales”.
Los dos se llamaron “amigo”.
Ya de noche, de vuelta en el avión presidencial, un testigo del día contó que al final del almuerzo, donde Lula homenajeó a José Sarney y Raúl Alfonsín, protagonistas de la primera integración, el presidente brasileño dijo: “También brindo por la buena suerte”.
“La vamos a necesitar”, dijo Kirchner.
No dijo si hablaba de Racing o de la Argentina.

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