EL PAIS › OPINION

30 D

 Por Eduardo Aliverti

Estamos cumpliendo 30 años trascendentales y es una buena oportunidad para hacer algunas reflexiones conducentes, tal vez, a comprender las coyunturas desde un lugar distinto. Más universal. Menos apretado.

Hay una fórmula descriptiva, usada chiquicientas veces, cuyo impacto suele ser seguro. Consiste, tratándose de períodos extensos, en comparar a lo mucho o puntual que en el presente se toma con toda la naturalidad del mundo. El resto es confiar en el cimbronazo que eso provoca, sobre todo respecto de quienes viven en un vértigo permanente, imparable, ya sea en la visión de la política como de los aspectos sociales y personales, sin reparar jamás en que inevitablemente se viene desde algún lugar siempre complejizable. Situadas en diciembre de 1983, y por más deterioradas que estuviesen, había tribus militares con poder de coacción sobre una civilidad que no terminaba de confiar por completo en lo firme de las urnas reaparecidas (o peor: esa misma sociedad civil era la que había respaldado el golpe del ’76, y la misma que continuó sustentándolo hasta que en marzo del ’80 cayó el primer gran banco privado, el BIR, y empezaron a esfumarse las fantasías del país con clase media satisfecha). Internet y celulares eran idioma desconocido, cuando ahora regulan nuestra cotidianidad. Circulaban casi clandestinos, o de contraseña, los cassettes de Silvio y Pablo. No había ley de divorcio, existía la Unión Soviética, la Iglesia Católica seguía mostrándose oronda en su dictamen público de lo que sí y lo que no. Cantábamos que sólo le pedíamos a Dios, volvía del exilio la Negra Sosa y retornaba el código Serrat, pero el liberalismo sexual seguía viviéndose con culpa. Los gays andaban escondidos, los peronistas decían que Alfonsín era el líder de la Coca-Cola, los radicales advertían que significaban la paz contra la rabia de Perón, el PC y su complejo de culpa venían de apoyar a Luder y Herminio, y los liberales se aprestaban a que Alsogaray fuese un icono de que la democracia pro-mercado era movida única, como si no se hubiera provenido de idéntica movida pero bajo horror milico. Decir “ecología” era como recitar en ruso al revés; nos creíamos o decíamos que la patota del doctor Oscar Alende era revolucionaria; el porro no era el romanticismo lisérgico de sesenta y setenta sino una transgresión que mejor esconder. No había troscos ni militantes del verdor capaces de creer que está a la vuelta de la esquina la revolución proletaria, o la de las ONG, que por algo cuentan con tanto financiamiento a la hora de confiar más en el individualismo de las redes sociales, y en la lucha contra la caza de ballenas, y contra el fracking, y contra la explotación petrolífera en el Artico, que en un Estado progre construido desde la política. Como sea, para estar de acuerdo o no, consideraciones como éstas deberían llamar la atención sobre lo cerca que queda lo antagónico de lo que pasaba hace, apenas, 30 años. O sea: sobre la necesidad de que seamos mucho menos expeditivos en nuestros análisis de entrecasa.

Para quien firma esta nota, y como ya lo expresó en otros muchos artículos que trataban de balances o repasos, los “arqueos” políticos deben incluir el análisis –o la cita, aunque más no fuere– de los comportamientos populares y sectoriales. E incluso, el de la actuación individual. En general, los periodistas de opinión no tendemos hacia allí. Los recuentos suelen posarse con exclusividad sobre el objeto de estudio “clase política” y, más aún, específicamente en torno de la actuación de los gobiernos de turno: nunca alrededor del papel de las dirigencias opositoras. Ni qué hablar del ejercicio de la autocrítica profesional. Para el caso de estos 30 años, el más largo período de vigencia democrática conocido por la corta historia argentina, un esquema cerrado de esa naturaleza significa que Alfonsín cayó solamente por la impericia propia de un partido como el suyo, que jamás demostró una valentía contundente en el dictado del poder. Que al menemato lo parió el sexo de los ángeles y que su ratificación en las urnas, en 1995, fue producto de un país que mal que mal se había modernizado y estabilizado. Que la Alianza entre los radicales y las viudas peronistas, cuatro años después, ganó porque la corruptela del sultanato ya no se aguantaba. Que el estallido de 2001/2002 subrayó la ineficacia de cualquier experiencia que no sea pejotista. Que el surgimiento de la “anomalía” kirchnerista fue casi nada más que la obra de una casualidad, o de un descarte, tras los fracasos de Duhalde con sus dos grandes esperanzas blancas: Reutemann y De la Sota. Y que la base de apoyo popular a los K, capaz de sostenerse con por lo menos un tercio del electorado tras diez años de gestión y más de la mitad después de ocho, es análoga a la fiebre consumista clasemediera que sostuvo al riojano y que liquidará al kirchnerismo en 2015. Todo eso, sin necesidad de abundar, es “solamente”. Es decir, no existe que a Alfonsín terminó de tumbarlo un golpe de mercado fenomenal; ni que Menem berreó en un parto populista por izquierda para terminar ratificado por derecha con el voto-licuadora; ni que la esperanza del mayor grueso social resultó pobrísima al suponer que bastaba con derruir la corrupción; ni que el comienzo de siglo fue un fin de fiesta mediático de los gerentes ideológicos que hablaban de modernización y estabilidad, y que lograron una transferencia de ingresos bíblica favor de los privilegiados; ni que los Kirchner fueron el vector de una lectura acertada respecto de que no había salida por medio de otro ajuste, así lo perpetraran Reutemann, De la Sota o Mandinga.

En esos análisis incompletos, ordinarios, que no tienen en cuenta el rol que juega la conciencia de las masas y la diferencia entre sus necesidades y sus intereses, ni la posibilidad de que una franja social significativa recupere con gusto el valor de la política como único instrumento de cambio, se pierde la chance de profundizar. De asumir contradicciones. De asimilar que la política, surcada invariablemente por medidas que van para acá o para allá, es y debe ser conflicto inevitable. La democracia debe serlo. Hace pocos días, con el cientista político Edgardo Mocca, recordábamos el principio de Maquiavelo que tan bien harían en tener presente, y aceptar, los consensualistas extremos: la grandeza de Roma se debe al conflicto entre el Senado y la plebe. Uno no les pediría a los cultores de la frivolidad que se inoculen con ese concepto elemental. No tienen cómo, o sencillamente no quieren. Esa gente que juzga las cosas a través de shows televisivos disfrazados de periodismo, que se caga de risa con chistes fáciles presumidos de osadía, y que hasta se cree que mediante ese solo recurso ya porta información suficiente. Pero las variantes grasamente coloreadas del otrora profesor Mariano Grondona, así como los “republicanistas” circunspectos, deberían admitir que ese principio maquiavelesco es terminante: sin conflicto no hay política, y si no hay política que no choque con éstos o aquéllos no hay nada que no sea masturbación. Como señaló recientemente Horacio González, hace falta algo de retorno al patio griego. Lo dijo con referencia al nivel de debate paupérrimo que sufre la vida universitaria, pero al firmante le parece que es un concepto extensible más allá de esos muros. Si el ágora ateniense es hoy una puteada atrás de otra, como toda acción de pensamiento crítico, estamos puestos.

Los 30 años de democracia ininterrumpida que se cumplen mañana son los de las virtudes y deméritos de las gestiones oficiales. Pero lo son igualmente de lo que los “balances” invisibilizan por eso del extremismo consensual, cómodo, no interpelante. Estamos a 30 años de venir sufriendo políticos de mierda, como lo estamos en un durante que tiene a Germán Abdala, a Jorge Rivas y a tantos otros. Tres décadas del Alfonsín aldeano de Chascomús y del gordito de bigotes que como pudo se la bancó contra las mafias sindicales del PJ, contra un partido militar decadente pero presionante, contra la propia inexperiencia de gobernar, contra los eternos patrones del campo y contra la curia. Estamos a 30 años que incluyen un vendepatria como Menem, y un matrimonio presidencial tan millonario y contradictorio como restituyente de que la política no está vencida frente a los barones de la exclusión social. A 30 años de un pueblo que se demostraría más avanzado que ningún otro en el juzgamiento de sus asesinos, en sus Madres, en sus Abuelas, en su movilidad intelectual y movilizadora. Y simultáneamente, una sociedad que sucumbiría en el egoísmo estúpido de su clase media, cuando reprodujo, dos veces, en Domingo Cavallo, en democracia, la ensoñación del dólar 1 a 1 que Martínez de Hoz dejó imponer a sangre y fuego. Esa sociedad que se reproduce en tanto desconcientizado que insiste en reclamar mano dura, en tantos triviales que vuelven a creer que todo se arregla si no hay corrupción oficial, en tantos racistas contra la Asignación Universal por Hijo. Y somos periodistas que debimos rendirnos, en los ’90, a ser empresarios de nosotros mismos, porque se trataba de subsistir en el cable o en la radio con auspicios de empresas privadas que nos condicionaban el discurso. Periodistas que pujamos por una ley de medios de la democracia, hasta que salió esa ley pero contrariando a nuestras patronales. Periodistas que estábamos bárbaro cuando Menem se caía, y bastaba con hacerse el compadrito denunciando corruptelas mientras no fueran sistémicas. Periodistas de izquierda que no contábamos con que un gobierno peruca nos viniera a correr por ahí, por izquierda, y con éxito, con argumentos. Somos todo eso, los argentinos, y tantísimo más, en la suma neta de estos 30 años.

Lo que no deberíamos ser es la suma bruta. Y como quiera que fuere, felicidades.

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