EL PAIS

De la convivencia a la violencia

Los linchamientos, el rol de los medios y la relación con los cacerolazos opositores

Opinión

El fascismo societal

Por Norma Giarracca *

Boaventura de Sousa Santos acuñó el concepto de “fascismo societal” para describir un fenómeno nuevo que se distancia de los procesos políticos de los años ’30 y ’40 del siglo pasado. No es un régimen político, sino social, civilizatorio. Fue necesario generar procesos de “fascistización” social para desplegar el estadio salvaje del capitalismo que conocemos como “neoliberalismo” (desposesión, despojo, concentración de la riqueza). Se trata de “domesticar” y hasta trivializar las democracias a fin de promocionar este tipo de régimen pivoteado por los grandes actores económicos. Es un tipo de fascismo pluralista producido por la sociedad en lugar del Estado, que o bien es un testigo impotente o complaciente o culpable y activo. Ciertos procesos favorecen su instalación y a su vez son consecuencia del mismo; fragmentación y compartimentación social; la aparición de grupos paraestatales a cargo de las “tareas sucias” para territorializar las relaciones de despojo hasta la proliferación de dispositivos mediáticos que instalan determinados temas, por ejemplo “la inseguridad”, para mantener aterrada y disciplinada a la población.

Hace tiempo que observamos estos procesos en nuestra propia sociedad, hasta llegar en los últimos años a hechos de indiscutible “fascistización”, como los ocurridos en las últimas semanas con los denominados “linchamientos”, o sea, venganza en manos de personas comunes contra supuestos ladrones, arrebatadores de carteras o simples “portadores de rostros”. Los interrogantes que muchos nos hacemos es cómo hemos llegamos a esta situación; cómo poblaciones de barrios porteños que hace poco más de una década protestaban al grito de “piquetes, cacerolas la lucha es una sola” o integraban a los pibes de la calle a sus marchas a la Plaza de Mayo, hoy actúan como bandas violentas dispuestas a asesinar a supuestos o probados carteristas. Son preguntas de difíciles respuestas, procesos complejos que, en una década, pueden inclinar la balanza, el humor ideológico para un lado o para el otro. Habría que tener en cuenta condiciones de todo tipo, pero un papel muy importante lo juegan los formadores de opinión pública: medios de comunicación, intelectuales, y los llamados “think tanks”, centros que en la actualidad pueden ser un portal, un blog, una página de Facebook, destinados a convencer a políticos y diseminar determinadas ideas, ideologías entre las poblaciones.

Cuando llevamos a cabo el registro y análisis de los “cacerolazos” que comenzaron en septiembre de 2012 y se incrementaron en 2013, con los iconos de 8N, 18A, etc., pudimos observar y analizar el papel de esos “think tanks” en el fenómeno; actuaban en la difusión de la convocatoria, en la decisión de lugares por donde marchar, consignas para llevar en los carteles, etc. La mentada “espontaneidad de las redes sociales” estaba solapando ciertos operadores que compartían una clara ideología de muy baja densidad democrática (para decirlo suavemente). Personajes actualizados en técnicas de comunicación, tanto en Internet como en otros niveles, con preparación universitaria, ligados de algún modo a partidos políticos de centroderecha, a la Iglesia conservadora, y a organizaciones que promueven que se terminen los juicios a los genocidas. Varios de estos personajes son los que aparecen en estos días con un desfachatado apoyo a los denominados linchamientos, e incluso asesinatos, y comienzan a circular por los programas periodísticos que tratan el tema.

Estos grupos operando en los bordes de la democracia estuvieron desde muchos años atrás. Actualmente, en esta transición de un gobierno a otro en 2015, ven la posibilidad de volver a los años oscuros, pero ahora sin violentar la democracia formal, haciendo uso de lo que Sousa Santos llama régimen social fascista. Se ha avanzado mucho en tal sentido, pensemos en la fragmentación y compartimentación social, en grupos paraestatales asesinando obreros, campesinos indígenas, pero hay ciertos límites que se han cuidado y tienen que ver con los juicios a los delitos de lesa humanidad y los derechos sociales conquistados desde la democracia: divorcio, matrimonio igualitario, etc. Nuestra hipótesis es que estos grupos habilitados por los medios de comunicación, apoyados por periodistas, intelectuales de derecha, profundizan año a año la “fascistización” para lograr sus objetivos con consenso social y electoral.

¿Cómo contrarrestar esta situación? ¿Cómo obstaculizar estos procesos de fascistización societal en marcha y recuperar la solidaridad social? Difícil decirlo, pero a nuestro juicio son necesarios encuentros, generación y cuidado de espacios donde nos mezclemos socialmente, utilicemos la palabra, la música, el arte en general, los deportes, los juegos... Ya no son las marchas (que se tornaron polisémicas) esos lugares, sino que hay que volver a los barrios, las escuelas, las charlas en las plazas, en los territorios en resistencia y en todo lugar donde podamos reconocernos, respetarnos y volver a pensar la política.

* Socióloga, Instituto Gino Germani (UBA).


Opinión

Los vecinos y los otros

Por Martina Miravalles *

El chico que boquea en el suelo mientras lo patean es el que vestido de soldadito hace un poco más de 30 años se fue, aplaudido, a morir congelado y maltratado en Malvinas. Los vivadores de ayer y pateadores de hoy también son los mismos. Son los vecinos que hace un poco más de 30 años no vieron ni escucharon, ni sintieron nada frente a otros –que nunca son vecinos– que, de un día para otro, no estuvieron más.

Agudeza perceptiva nula en el pasado, águilas implacables hoy para descubrir sin dudar a un supuesto ladroncito de sus billeteras. Esas de donde salen los billetes para gratificar al agente cuando exceden la velocidad, para la atención al empleado que agilizará su trámite o para comprar en la calle Warnes –o como se llame en cada ciudad– repuestos usados de otros vecinos con quienes comparten el amor supremo por el coche, el odio supremo por los que no son vecinos y el desconocimiento sobre del origen de los repuestos y de lo que les sucedía a los no vecinos que de un día para otro no se vieron más.

Más coincidencias. Los vecinos pateadores no tienen cara ni nombre conocido. Resguardan su privacidad, la misma que exponen en las redes desde sus Blackberries que también les sirven para autoconvocarse –por sus vidas amenazadas– en los mismos barrios a donde patean hasta matar a los otros no vecinos para asegurar su seguridad. Cuando postean, sólo muestran sus zapatos y la presa. Nunca los colmillos.

Los no vecinos: los soldaditos, los supuestos ladrones y los ladrones de billeteras y los que hace un poco más de 30 años de un día para otro no se vieron más, tienen rostro, miran. Hasta muertos miran. Insisten, se obstinan en recuperar el nombre que una madre les dio cuando nacieron. La madre del David asesinado (no del pastor pobre que venció a Goliat) no se esconde ni explica, mira y cuenta del hijo persona y pide justicia a la Justicia. No venganza. Las Madres, las Abuelas, de los no vecinos que de un día para otro no se vieron más pidieron, piden justicia y no venganza.

Me gustaría creer que desde sus cavernas reforzadas algunos vecinos pudieran experimentar algo que los inquiete frente al dolor de los otros. Pero no, no lo creo. Entonces más allá de los vecinos, los otros, nosotras, seguimos pidiendo y luchando por la justicia. Aunque a veces nos cueste mucho, justicia, no venganza.

* Socióloga.

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Imagen: DyN
 
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