SOCIEDAD › OPINIóN

El pobre Colón y la sabiduría política

 Por Mempo Giardinelli

En el reciente Salón del Libro de París, en el breve minuto en que me tocó saludarla, la Presidenta me sorprendió ante varios colegas que fueron testigo: “Yo sé que usted muchas veces nos critica, Mempo, pero sé que lo hace siempre de buena fe, no deje de hacerlo”. Aparte de sentirme honrado, consideré que era una muestra de sensatez política.

La evocación de ese episodio viene a cuento, ahora, porque frente a un asunto que desde hace meses algunos ciudadanos visualizamos como un error político (y cuyas consecuencias podrían llegar a ser muy negativas) sería aconsejable que desde la cima del poder de esta república se ensaye otro gesto de sensatez y, además, sabiduría.

Ese asunto no es otro que el zarandeado monumento a Cristóbal Colón, hoy desmontado y sufriendo los rigores de la intemperie y de la siempre sórdida, nefasta, prédica mediática imperante.

Como ya se dijo en estas mismas páginas el año pasado, fue una donación a la nación argentina hecha por la colectividad de inmigrantes italianos –la más numerosa de nuestra historia– con motivo del Centenario de 1810. Eso sólo justificó su emplazamiento, pero además, hay que decirlo, se trata de una de las obras escultóricas más hermosas de la capital argentina. Creación del escultor italiano Arnaldo Zocchi, es de una belleza y calidad de realización extraordinarias. Exquisito por donde se lo mire, el conjunto escultórico impactó a varias generaciones de argentinos y a millones de inmigrantes y turistas, llegando a constituirse en uno de los iconos más importantes de la Ciudad de Buenos Aires por su belleza, tamaño y volumen. Por eso duele ahora que sus casi 25 metros de altura y 600 toneladas de mármol de Carrara estén en este momento en una especie de limbo jurídico y político, mientras lo que se ve desde las rejas que enmarcan el predio a espaldas de la Casa Rosada es una dispersión de mármoles y trozos dolorosa e incalificable.

El destrato deriva de un empeño acaso inconsciente y mal medido por parte del gobierno nacional, el cual fue respondido con torpeza y cinismo, y con el oportunismo que los caracteriza, por parte de las autoridades municipales. Ello a su vez derivó en acusaciones, medidas cautelares y chicanas de diversos sectores que vieron otra oportunidad de esmerilar al gobierno nacional. Con lo que el asunto, naturalmente complejo desde los puntos de vista histórico, económico, legal y artístico, se convirtió en el actual embrollo jurídico.

Hoy se dice en algunos medios que habría acuerdos entre los gobiernos nacional y capitalino, pero todavía no se ven frutos de ello. Sí se ve, en cambio, que hay por lo menos una cincuentena de entidades y asociaciones que opinan y discrepan acerca de cuestiones técnicas de alta complejidad (600 toneladas no son, como se dice vulgarmente, moco’e pavo), mientras el pobre Colón, revolcado, sigue pagando el pato. Y con ello lo único cierto y constante es que se deterioran tanto el monumento como la confianza de la ciudadanía.

Por eso el conflicto debería terminarse de una vez, y no parece tan difícil la solución. Simplemente se requeriría una decisión del más alto nivel para reconvertir lo que fue un error político en un acto cargado de sabiduría política y grandeza de miras.

Lo mejor, más barato y más veloz es restaurar la obra de inmediato, recolocándola en el mismo lugar en que estuvo durante un siglo, y tornando pueriles los argumentos revisionistas que buscan todavía hoy condenar al almirante genovés. Lo contrario sería insistir en una especie de acto absurdo, como si en París se demoliera el Arco de Triunfo porque allí flameó la bandera del nazismo desde 1940, o como si en la Avenida Monumental de Richmond (capital del estado norteamericano de Virginia, equivalente a La Plata) se removieran las estatuas de los generales Lee, Davis y Jackson porque fueron esclavistas y sostuvieron una sangrienta guerra civil que duró cinco años.

No es así, removiendo y tapando, como se hace la Historia. Y al menos en este caso que ha demostrado ser tan sensible, parecería más sabio que el gobierno nacional cierre con elegancia el asunto, y de paso evite jugarse en contra para felicidad de, por ejemplo, el macrismo, que cacarea desde hace tiempo una supuesta “defensa” del monumento a Colón, lo cual en rigor les importa un pito, como es evidente cuando se observa el deterioro del Parque Lezama y decenas de otras estatuas valiosísimas, o el intento destructivo del Hospital Borda y de casas históricas como la de Ricardo Güiraldes, o la tala de árboles en aras de negocios inmobiliarios o construcciones de dudosa utilidad.

Aquel viejo navegante que llegó a este continente que hoy ni siquiera lleva su nombre –y que no fue más que un hombre de su tiempo y un enorme cabeza dura– no merece tanta afrenta. ¿No sería entonces una manera de reparar el daño reponer con urgencia el monumento en su lugar, arreglándolo para darle fin a este asunto tan desdichado? ¿No sería bueno que la Presidenta dispusiera terminar con esto, dando un paso en el sentido políticamente más correcto y demostrativo de olfato político?

¿Y entonces poner toda la energía restauradora emplazando el imprescindible monumento a Juana Azurduy, generala de la república, en terrenos del campo de polo de Palermo, que son terrenos, además, propiedad del Ejército Argentino?

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