EL PAíS › OPINION

Sabiduría de la celda

 Por Horacio González *

La lectura de la entrevista a Eduardo Jozami por María Moreno permite entrever lo que es el libro Memorias de un preso de la dictadura. El inestimable texto periodístico sobre este libro de Jozami pudo leerse en Radar del último domingo, y sin aun tener un ejemplar en mis manos, me animo a proponer algunas reflexiones sobre las condiciones del pensar político y el sentir moral, que en la entrevista se revelan nítidamente. ¿Cómo pensar, qué pensar y cuándo pensar en una cárcel? Al dejarse rozar por el ejemplo célebre de Gramsci –cuyos libros pudieron entrar a la cárcel de Caseros, pero no Borges–, Jozami afirma que el que siente una disidencia que podría afectar el primer gesto del preso político –el de afirmarse en su creencia del último día de libertad–, puede elegir aminorar ese sentimiento autocrítico. Sacrificando en algo la voluntad de revisar hechos y orientaciones, se beneficia así la unidad del grupo de prisioneros, entre los que crece una solidaridad en el ingenio, la escasez y la amenaza disciplinaria. El medio es hostil, todos juntos pueden dedicarse así a explorar las fisuras –inevitables– del sistema disciplinario, volverlas a su favor. No obstante, creo recordar que en el patio de recreos de la cárcel de Turi, Gramsci sufría cierto aislamiento por parte de los demás presos comunistas. Trascendían ya sus ideas no economicistas sobre la vida política (que él veía catártica), lo que no figuraba en los argumentos dominantes del estalinismo de la época.

La cárcel siempre fue inspiradora de experiencias, ámbito de transformación del pensamiento y creadora de un tiempo irreal medido por poderes exteriores, que dejan un raro vacío. En ese ambiente precintado, cercado por reglas, conspiraciones y castigos, puede nacer un escritor. Desde ya, la cárcel es destructora de lenguajes, y ejerce su dominio a través del vejamen. Otorga otro lenguaje, y su ideal postrero es crear una sociedad enclaustrada de guardias y prisioneros que hablen en la fisura imaginaria de las lenguas corrientes, allí donde habitan los verbos más primitivos pero las metáforas más audaces. Las de la desventura, la criminalidad, la utopía, el evangelismo o por el revés, la construcción inesperada de la ética del encarcelado.

Por eso, tal condición devastadora del común existir, toca por su extremo con la posibilidad de ejercer una obra de elaboración de una conciencia nueva, que el militante poseía quizá sin saberlo. No se trata de “cursos de formación” que se practicaban en épocas de cárceles más amenas. La de Jozami no lo fue, aunque no eran campos ilegales sino los conocidos institutos penitenciarios, tal como funcionaban en la época del poder militar.

Se trata de un rasguido en la propia lengua de uno. De una revelación laica, que dice por el reverso lo que el militante, en su seno obligatorio de acción, no atina a desplegar. El tiempo del militante en acción es imaginado sin humillaciones, como un tiempo lineal que oculta lo disperso, por tanto repleto de incidencias. En la cárcel, el tiempo es humillado, se secciona, se pone en fila, se hace cuerpo vigilado, luz de día permanente y carestía de acontecimientos heterogéneos. El rumor –tal como lo aseveró Emilio de Ipola en su escrito La bemba– es el sustituto de la lengua autoral. Cierto que en sociedades complejas la conversación autoral, con garantías argumentales, convive también con las habladurías del miedo. Pero para el encarcelado, no hay conversación autoral, a no ser que se interne en la propia lengua carcelaria, rica en claves recónditas y convenciones herméticas (desde el punto de vista de la lengua, lo que emana de la conjura penitenciaria es una formidable invención que pasa luego a la lengua ciudadana). Pero la otra posibilidad es abrir un tipo diferente de fisura por cuenta propia. Esto es, sin auxilios evangélicos, que saben bien acechar al penado. En el caso de Eduardo Jozami ocurre a través de lo que le revela la literatura universal, con la circulación de un libro –él es el bibliotecario de los penados–, que también trata de un encierro: La montaña mágica, de Thomas Mann.

Este libro, hoy, lo leen poco más que especialistas y encarcelados. Su tema es la enfermedad como un síntoma oscuro de la historia. Es un libro de prisioneros, también por el insumo temporal que exige su lectura. La avidez lectural subsiste hoy en cartujas de autodidactas, algunos cursos de alto nivel universitario con exigencias estrictas, quizás en monasterios. Pero siempre hubo un estilo de lectura y escritura carcelaria. La cárcel da amplitud a la primera y presión dispersiva a la segunda. Gramsci es un ejemplo en su manera dispersiva, arácnida, desperdigada en numerosos comentarios de libros en cuyo transcurso aparece el repentino chispazo que ilumina un sector nuevo del pensamiento. Por lo demás, el ambiente del encarcelado político suele elegir lecturas atípicas –es el verdadero lector– pero muchas veces acepta participar de un clima antiintelectual. Una escena del gran relato del comunista brasileño Graciliano Ramos, Memorias do cárcere, sin embargo muestra a sus compañeros de prisión, ante una requisa, escondiendo entre sus ropas las cuartillas que estaba escribiendo sigilosamente, precisamente aquel libro de memorias.

Jozami se transforma en escritor sin dejar de ser militante. La entrevista de María Moreno lleva las cosas hacia ese lugar. Sutil y elegantemente trata de esa conversión vital del militante que, sin dejar de serlo, adquiere ahora otra lengua, antes refugiada en entretelas secundarias, que el tiempo de encierro hace resurgir. Reflexiones morales, pues, sobre la relación escritura, política y prisión, que por razones obvias aún nos falta en el caso de los campos de concentración, aunque estamos rodeados y constituidos por los relatos que de ellos se originan. Ardua tarea del sobreviviente. No tenemos aún un Primo Levi, oficio que le cabe al que sobrevivió luego de que el horror hiciera su tarea masiva, total. Pero en el caso de Jozami, sobrevolaba también, en la ficción de un régimen carcelario normal, la realidad efectiva de las “leyes de fuga” que se habían empleado contra prisioneros legalmente reconocidos. Estar preso, entonces, era estar preso de ese fantasma. Había que leer y escribir en las pausas de la fatídica palabra “traslado”.

El planificador máximo del peronismo, José Figuerola, preso en la cárcel de Las Heras en 1955, escribe un libro sobre la experiencia carcelaria que no es desdeñable, tajantemente titulado ¡Preso! Como planificador, resume con precisión los aspectos disciplinarios del pensamiento penitenciario: es repetitivo, serial, anónimo, crea su poder desde el ojo central de vigilancia. Cita a Jeremy Bentham, insólito amigo de Bernardino de Rivadavia, y futuro inspirador del famoso libro de Foucault, Vigilar y castigar. A Figuerola, descubrir que la cárcel es casi un caso de planificación de la vida, le produce un tormento especial, decide abandonar la política.

No pasó lo mismo con el formidable August Blanqui, el gran preso del siglo XIX, que durante sus años de encierro escribió La eternidad por los astros, donde imagina un cosmos de hombres sosias que Borges (admirador juvenil de este anarquista-comunista) definió así: “En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular... El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben”. De alguna manera, en el relato de Jozami había cierta justicia en que el Borges escritor no pudiera pasar las fronteras de las cárceles dictatoriales que alguna vez había elogiado. Crónica de un fracaso político generacional y de una recreación biográfica con las astillas de ese mismo fracaso, el libro de Jozami, al examinar la humillación y el extrañamiento desde el interior del vínculo de reclusión, se torna la reinvención ética del despojado. Es el libro que podemos leer sobre lo que los prisioneros escriben. Pienso que trata finalmente sobre el acto de rescatar la dignidad del lenguaje político, que nuestra hora actual consiguió subordinar a un racimo de estereotipos, injurias y primitivismos que son torpes celdillas cotidianas, vigilancias que atolondran.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

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Imagen: Martín Acosta
 
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