EL PAíS › OPINIóN

Obama y los derechos humanos

 Por Rocco Carbone *

Cuba: el 21 y el 22 de marzo será visitada por el presidente de los EE.UU. Un hecho histórico por cierto. Se trata de la visita a la patria de esa Revolución que en América Latina marcó el comienzo de nuestra historia contemporánea. Cuba: un país que los EE.UU. embargó durante medio siglo con impactos dramáticos para su pueblo; un país donde –al mejor estilo imperial-colonialista– mantiene el enclave de la base de Guantánamo, una cárcel o más bien un dispositivo desaparecedor de personas, subproducto de la “la lucha contra el terror” que aloja detenidos con supuestas vinculaciones con Al Qaida y los talibán, uno de los mayores oprobios contra los derechos humanos de todo el continente. Antes de la Revolución, EE.UU. disfrutó de la isla como de un “Tropicana” propio, entre el Hotel Nacional, el Habana Libre (antes Hilton), el Malecón. Esa historia de alguna manera está resumida en los “almendrones”: autos clásicos que desde los 50 del siglo pasado ruedan –lo siguen haciendo–, pese a la falta de repuestos. Circulan gracias a la inventiva y capacidad de los cubanos, que se sobreponen al embargo con lo que tienen a mano.

En una nota de la White House referida a esta visita, se especifica que el president Obama se propone “expresar nuestro apoyo a los derechos humanos”. Esto en cuanto a Cuba. Pero se da el caso que Obama visitará también la Argentina y estará aquí el 24 de marzo. Una fecha cargada de simbolismos intensos. Como todos los 24 de marzo, nos disponemos para un potente ritual de conmemoración, que este año coincide con los 40 años del inicio de la última dictadura, que por cierto fue menos argentina que regional. Esa(s) dictadura(s) que EE.UU. propició, saludó y ayudó. Traumas y marcas cicatriciales que rememoramos año tras año, día tras día con nuestros ritos particulares y colectivamente con nuestros memoriales, con las políticas de Memoria, Verdad y Justicia, implementadas como necesidad y entusiasmo militantes en los últimos doce años y con esa subjetividad ni invicta ni genuflexa que son nuestras Madres, las mismas que hace pocos días tuvieron dificultades para acceder a nuestra Plaza de la Revolución –la de Mayo– para su histórica marcha del jueves. Con nuestras Abuelas, también.

La genealogía de los traumas y las marcas cicatriciales que ellos dejan tras de sí –el legado de EE.UU. en nuestra región que no vamos a olvidar– se cifra en esos estados de shock que los eufemismos de la CIA nombraban como técnicas avanzadas de interrogación o interrogatorios coercitivos, cuyas primeras declinaciones consistían en la privación de los estímulos sensoriales para inducir a los “compañeros desaparecidos, presentes ahora y siempre” a un estado de regresión. Con vistas a impedir que su mente perdiera el contacto con el mundo exterior, para forzarlos a introvertirse. Para llevarlos a un estado libre de interferencias humanas que pudieran crear patrones de distorsión. Esto es: a un estado “libre” no contaminado por “ideologías peligrosas”. Es todo menos anecdótico que un sector del altillo de la ex ESMA se llamara “Capucha”. Y esas “técnicas avanzadas” de choque y regresión apuntaban a destruir a los militantes, a privarlos de su ser, de su identidad. A desaparecerlos. “Técnicas avanzadas”: modos de torturar, investigados sistemáticamente por Ewen Cameron, un psiquiatra escocés-norteamericano famoso por su participación en el Proyecto Mkultra de la CIA. Sus teorías “estaban basadas en la idea de que llevar a sus pacientes a un estado de regresión crearía la condiciones ideales para el ‘renacimiento’ de ciudadanos impecables” (N. Klein, La doctrina del shock). “Estado de regresión” se vuelve sinónimo de repautación psíquica del cerebro: (obligar a) volver a nacer de nuevo. Las investigaciones de Cameron desde el Departamento de Psiquiatría de la McGill University, impresas por la “editorial” de la CIA, vía la Escuela de las Américas, llegaron al Cono Sur. Aquí fueron implementadas por los aparatos represores sobre el cuerpo de esos compañeros que recordamos con la plegaria laica que recitamos en la Plaza cada 24 de marzo: “30 mil compañeros desaparecidos, presentes, ahora y siempre”.

La presencia de Obama el 24 de marzo es por lo menos motivo de preocupación. ¿Su visita apuntará, como en Cuba, a expresar el apoyo a los “derechos humanos” ahora encarnados por el gobierno Macri? ¿Será acaso para pedir perdón por las aberraciones que su país cometió en América Latina, en la Argentina, en nuestra región? No sería nada impertinente ni menor, aunque fuera un ademán meramente simbólico. Significaría apostar al lado “negro” de la historia, a estar de la parte de “los negros”, que sería un estar del lado de la memoria abierta, esa que da lugar a construcciones alternativas, aptas para recordar y conmemorar otros costados de la historia (burocratizada) y afirmar los aspectos históricos, éticos y políticos de memorias insumisas. Esa memoria abierta que se fija intensamente en momentos del pasado para indicar puntos de fuga hacia porvenires que ya fueron (muchas veces) esperados. De no ser así, el riesgo latente (y tampoco tanto) es el de un huracán antiimperialista como defensa de los derechos humanos.

* Profesor. Universidad Nacional de General Sarmiento, Conicet.

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