CONTRATAPA

Sobre el río

 Por Juliana Mandolesi

Estamos en la selva amazónica, sobre el río Ucayali. El barco zarpa y se detiene cada dos por tres, se posa sobre la barranca de alguna comunidad, carga cosas, descarga otras y prosigue. La gente vela en las ventanillas, reza sobre las sudadas cabelleras de sus hijos; apelmazados hijitos uno encima del otro llorando del calor o del hambre o de la sed. Las madres no saben ya qué hacer con las desperdigadas esperanzas de llegar para el domingo, ya se rumorea que por la corriente y otras cosas, será lunes por la tarde el momento de arribar en la ciudad de Pucallpa. Las madres y las abuelas llevan los ojos agrios: no habrán traído la suficiente agua quizá, o no juntarán el valor para pedírsela a alguien o dinero como para comprarla en la humilde despensa del barco.

En la hamaca de al lado mío duerme una mujer, es pequeñita como un terrón del desierto colombiano y la piel quemada por el sol, parece de 20 pero ya tiene más de 30. Lleva larga y espesa sotana verde y un manto negro que le cubre la cabeza y el pelo. Hay varias mujeres vestidas como ella en el barco, dicen que se visten así porque así lo dice Dios. Sólo tiene al descubierto sus chiquititos pies descalzos y su rostro, que no es más que una boca modesta y un par de ojos apretados y renegridos con los que reojea, en profundo silencio, las caras de las madres ajustadas cada cual en una ventana, atrapando como con gomera el único aire que por ahí les entra. Abanicos trenzados de hoja de palma agitan el hervidero de aire delante de las caras de sus hijos que, casi desmayados en el ferroso suelo amarillo del barco, sorben el espeso vapor que mana de las morenas manitas de mamá.

En el barco, después de ya tres días de montados en él, la gente comienza a desesperarse; del aburrimiento digo. Si nomás anoche un hombre, de madrugada, quiso entretenerse acariciando a dos niñas. Ahí salió ya la madre o la tía, como gallina furiosa, gritando en plena oscuridad lo que estaba pasando. Al hombre lo bajaron del barco entre repudios en ese mismo momento. No tengo idea a dónde lo habrán bajado si alrededor no hay más que bruta selva y río. Pero que lo han bajado lo han bajado, dicen las señoras, en plena noche. "Y que Dios haga de él lo que deba", dijeron después. Y la madre o la tía de las niñas, repetío una y otra vez, ofendida: "Hombre mayor, tocar así a mis chiquitas..." buscando resguardo en las demás mujeres. Y la mayor de las niñas dijo "Yo lo vi. Yo lo vi parado al lado nuestro y vi como bajó la mano para tocar a mi hermana".

El barco, el barco, el barco... veo a los más chicos bebiendo sin reparo el oscuro fluído de los grifos que es el agua del propio río que nos rodea, marrón y espesa. El barco tiene sed, es ya mediodía, las interminables colas para obtener la comida que incluía nuestro barato pasaje empiezan a formarse. El sol hace resonar el chaperío del techo que se calienta conforme pasan las horas. La gente discute si alcanzará para todos. Pasa que somos muchos, en un barco para 250 personas viajamos infelizmente más de 400. Dicen: "Somos muchos más que de costumbre", y después: "Ah pero qué bien que comen los de los camarotes", porque es bien cierto que los de los camarotes por haber pagado algo más tienen un trozo más grande de pollo sobre su arroz y baño privado y limpio. Y comen primero que todos. Nosotros pagamos la barata tragedia de lo popular, amontonando hamaca con hamaca para caber en el espacio que haya. Es lo que elegimos. Pero para algunos debo decir que es lo que pudieron. Y eso es lo triste. No poder elegir.

Las diez últimas señoras que subieron no han conseguido dónde colgar hamaca. Han pasado ya dos noches sentadas en la tabla de madera que pisan las ventanas. No se han apoyado a dormitar sobre sus bolsos porque sobre ellos están sus nietos o sus hijos, no distingo, aquí nietos e hijos muchas veces tienen la misma edad. Yo me he despertado a la madrugada y he visto el titilar brillante de sus ojos de comadreja en medio de la noche, y sus manos negras adentro de las polleras porque ahí, en la madera que oficia de banco bajo la ventana, hace calor de día y frío de noche. Si me pongo a sentir digo que me siento mal por no haberles dado mi hamaca aunque sea por una noche.

Hay gallinas atadas a los bolsos de algunas mujeres que se asoman asustadas. Hay hasta pequeños monos a bordo, mascotas de los niños. La gente de las comunidades en que frenamos carga pesadas colas de caimán y también caimanes sin cola y sin cabeza; cargan patos, cerdos, grandes cachos de plátano. Es todo tan surrealista que me preocupa creerlo un sueño cuando ya esté fuera de aquí, lejos, en casa, sentada en mi sillón con Latifah ronroneando sobre mis piernas sin memoria.

El barco va dejando rastros de humanidad por donde pasa. Digo las bolsas, las bandejas, los plásticos. Yo grito desde las barandas "¡Que no tiren! ¡No tiren basura al río!" pero nadie hace caso. La gente penetra la virginidad del amazonas tirando en él, en su gruesa canaleta, la angustiosa señal de que por aquí pasamos nosotros, de que no queda casi nada sano para mañana. Así repartirán el duro pan en que se convertirá esta tierra los hijos que no tendré, el amor ya sin nombre que no cultivaremos juntos.

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