EL PAIS › EL PASADO RECIENTE DE LA RELACION BILATERAL Y LOS INTERESES GEOPOLITICOS DE ESTADOS UNIDOS

Lo que dejó la visita de Obama

Opinión

La doctrina de Troilo

Por Juan Gabriel Tokatlian *

Hace tres años, en noviembre de 2013, publiqué en El País (España) una nota en la que indicaba que aunque el Secretario de Estado John Kerry había señalado el fin de la Doctrina Monroe, eso no significaba el repliegue de Estados Unidos frente a América Latina. Dije entonces que era aconsejable empezar a contemplar el despliegue de la “Doctrina Troilo” en referencia al proverbial Nocturno a mi barrio, en el que Aníbal Troilo dice y se pregunta: “Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio. ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? Si siempre estoy llegando”. Creo que como dice el tango, Washington nunca se ha ido del barrio, siempre regresa y siempre intenta asegurar su proyección de poder en Latinoamérica.

En términos de inversión, comercio, asistencia socioeconómica, ayuda militar y policial, y venta de armamentos, así como en el tema de los flujos migratorios, remesas de nacionales a sus lugares de origen, penetración tecnológica, y planes antidrogas, Estados Unidos sigue siendo la contraparte más importante para la mayoría de los países de la región. A su turno, asuntos político-diplomáticos recientes como la normalización de las relaciones con Cuba, el respaldo al proceso de paz en Colombia, la actitud paciente frente a la delicada situación de Venezuela y la promesa de desclasificación de documentos sobre la dictadura en Argentina, han puesto de presente que Washington procura reconstruir, al menos en América Latina, su práctica del soft power (poder blando).

En ese contexto, cabe destacar que de los 53 países (los miembros de la ONU son 193) que hasta el momento ha visitado Barack Obama en sus dos mandatos, once son de la región: el 20,7 por ciento de sus viajes han sido a países latinoamericanos. La nación más visitada ha sido México, a donde ha ido cinco veces y con el cual tiene la agenda bilateral más densa, variada, compleja y contradictoria del continente. Ha ido a tres países de Centroamérica (Costa Rica, El Salvador, Panamá), a tres del Caribe (Cuba, Jamaica y Trinidad y Tobago) y a cuatro de Sudamérica (Argentina, Brasil, Colombia y Chile).

El redespliegue de Estados Unidos en el área es calculado, balanceado y ambicioso: no se trata solo de reafirmar su influencia en su característico mare nostrum, la amplia Cuenca del Caribe, que constituye, a su vez, su principal perímetro de defensa.

Sin duda hay motivos geopolíticos que explican el renovado interés en el área. Existen razones de orden doméstico, como las urgencias para asegurar y/o recuperar mercados para las exportaciones estadounidenses, así como el peso demográfico y electoral interno de los latinoamericanos. Existen también razones de orden internacional como la creciente gravitación de diverso tipo y propósito de actores extra-regionales como China, Rusia, India e Irán.

La novedad es que lo anterior coincide con tres fenómenos que reflejan un escenario muy diferente al de comienzos del siglo XX. Por una parte, y debido a cuestiones de naturaleza interna que concentran la mayor atención de los respectivos gobiernos, México ha ido perdiendo cierta influencia en América Central y Brasil ha ido bajando su perfil en América del Sur.

Por otra parte, hay un importante realineamiento de fuerzas políticas en la región con un debilitamiento del denominado progresismo latinoamericano.

Y por último, pese a los avances materiales de los últimos años, se avizora un estancamiento del crecimiento en toda la región y con ello un potencial aumento de la inestabilidad en cada país.

En ese contexto, al menos en el corto plazo, la reafirmación de la “Doctrina Troilo” parece más posible. La visita de Obama a la Argentina debe ser leída en esa clave.

* Director del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales, Universidad Di Tella.


Opinión

Semejanzas y diferencias

Por Roberto Feletti *

La reciente visita de Barack Obama nos retrotrae al anterior encuentro bilateral entre un presidente estadounidense y uno argentino: el ocurrido en noviembre de 1990 entre George Bush (padre) y Carlos Menem. Ese hito marcó el fin de las tensiones que surcaron los dos primeros años del gobierno de Menem y el resuelto abrazo a los lineamientos del Consenso de Washington planteado por unos EE.UU. triunfantes de la Guerra Fría. En 1991 avanza la convertibilidad del peso, la reestructuración de la deuda en default en el marco del Plan Brady, la desregulación completa de los mercados y la venta masiva de activos públicos.

Este recorrido admite sin embargo algunas complejidades. Entre 1991 y 1994 la economía argentina creció en forma relevante, por una combinación adecuada de una fuente interna de recursos –el producido de las privatizaciones– y un programa financiero sustentable otorgado por la reprogramación de pasivos del Brady. El nuevo ciclo de endeudamiento se inicia a fines de 1994 con el agujero fiscal de la Anses, provocado por la privatización del sistema previsional y el choque externo de la crisis de México, conocido como efecto “Tequila”. La economía nunca se recuperó de ese hecho –pese a abultar la deuda en u$s 33 mil millones durante el segundo quinquenio de la década de 1990– entrando en recesión definitiva a fines de 1998, para colapsar en 2001.

La primera reflexión sobre ese período es que tomar deuda para resolver un desequilibrio externo y fiscal sólo concluye en una crisis financiera, con beneficio para pocos.

Por el contrario, el crecimiento genuino depende de una fuente de recursos endógena con un programa de deuda equilibrado. El ciclo expansivo 2003-2015 se sustentó en la autonomía alcanzada por los dólares provenientes de las exportaciones primarias e industriales, aunado a una reestructuración de deuda también autónoma. Las presiones sobre el esquema de autonomía nacional, vividas a partir del 2013, combinaron negativamente la reducción de las exportaciones industriales por demanda, de las primarias por precio y el jaque a la reestructuración de la deuda perpetrado por los fondos especulativos.

La segunda reflexión necesaria apunta al rol de los EE.UU. En 1990, innegablemente, el país del Norte se erigió en el ordenador político continental –y subsidiariamente comercial– para la nueva etapa que por entonces surgía. En efecto, Argentina se alineó incondicionalmente con las políticas occidentales y el déficit de balanza comercial con EE.UU. creció súbitamente en 1994. Desde entonces, el promedio anual del mismo fluctúa en torno a los u$s 3500 millones. Bush (padre) se aseguró de vendernos, aunque no nos compraran.

Repasado aquel momento, ¿se puede interpretar un rol similar en el actual paso de Obama por la Argentina? En principio EE.UU. emerge fortalecido en el mundo multipolar delineado a partir de 2001 y del crack global del 2008. Ha recuperado competitividad a partir de la mayor producción de energía, haciendo descender los precios de las materias primas en forma sostenida y revaluando el dólar sin necesidad de recurrir a una suba de su tasa interés. Asiste sin intervenir al grave conflicto de la Europa del euro y ha arrinconado al bloque Brics, que reúne un tercio de la demanda global. El alineamiento continental de la Argentina y la iniciativa comercial del Tratado Trans-Pacífico, parecieran ser las bazas que jugó en esta etapa el actual presidente norteamericano.

Sin embargo, este recorrido también admite sus complejidades. A pesar de la visita, Macri no cuenta, hasta ahora, con una fuente de financiamiento interna potente, y a la vez se encamina a incrementar significativamente la deuda pública sin generar ingresos de divisas, alterando el esquema de sustentabilidad definido por los canjes de 2005 y 2010. Con lo cual los supuestos necesarios para el crecimiento no se encontrarían presentes.

Se ha hablado mucho del ingreso de inversiones, pero es bueno recordar que en los últimos veinte años el flujo de capitales por inversiones en el país no tuvo predominio de EE.UU.

Si se torna inviable una entrada de capitales financieros o de inversión que sostenga una cuenta corriente deficitaria, producto de un acuerdo global de libre comercio, ¿cuál es la agenda con Obama? Tal vez el próximo blanqueo de capitales.

Los EE.UU. presionan crecientemente a los paraísos fiscales y financieros para forzar la reducción de sus beneficios de ocultamiento e impositivos. Hay una clara política de regular los capitales de residentes en el exterior provenientes, sobre todo, de países emergentes.

Tener “dinero afuera en negro” es cada vez más difícil. Pululan los “arrepentidos” y aumentan las investigaciones y regulaciones. En ese escenario, un gobierno liberalconservador en la Argentina podría ser receptor de importantes fondos de argentinos en el exterior, que encontrarían más confort en un país desregulado y abierto que en el país del gobierno anterior (2003-2015), cuyo plan de exteriorización de capitales fue boicoteado por los bancos.

Es una posible fuente endógena de recursos que el gobierno ha comenzado a explorar, ¿contará con el apoyo de Washington? Eso es lo que está por verse.

* Ex viceministro de Economía de la Nación; secretario de Hacienda de La Matanza.

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Imagen: Télam
 
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