EL PAíS › OPINIóN

Libre la queremos

 Por Sandra Russo

Hace un año, en un país muy diferente, el 3 de junio estalló algo más que una plaza extendida hacia todas sus calles laterales. Una convocatoria surgida de un colectivo de mujeres periodistas con militancia de género florecía mucho más allá, incluso, de esas calles desbordantes de mujeres y de hombres, que ayer replicaron su presente. En una nota publicada esta semana en el periódico digital Nuestras Voces, Florencia Abbate, miembro de ese colectivo, recordaba la sorpresa en los días previos al 3 de junio de 2015: en el muro de Ni una menos se multiplicaban incesantemente las respuestas desde todo el país, en voces de mujeres de todas las generaciones, con historias atravesadas de una u otra manera por la violencia patriarcal.

Ni una menos funcionó como una amalgama de muchísimas voces desperdigadas e inaudibles, que simultáneamente reaccionaron ante la posibilidad de tronar todas juntas, pasando por encima de diferencias entre sí. La consigna, que era y es clara y abierta, generó en principio un extraordinario fenómeno de comunicación, nunca visto antes, en un país que lentamente perdía los parámetros de la información y se iba hundiendo en el ruido de las operaciones y las falsas agendas.

Eso fue lo que pudo, en esa primera instancia, la conjunción de esas tres palabras: “ni” establecía un límite; “una” indicaba que cada una de las víctimas nos representa y es representada por todas; “menos” traía las imágenes y los nombres de las mujeres que faltan, las que no están. Desde la comunicación, Ni una menos las trajo de nuevo, las devolvió a esa otra agenda, y no es la única, que se abre paso en la sociedad a través de vías abiertas por la lucha y no por los canales preestablecidos por los medios.

Es oportuno subrayar ese aspecto de la capacidad comunicativa de Ni una menos, porque indica un camino. Vino de abajo para arriba, no fue sectario, recogió y vitalizó el sentido de mensajes que circulaban desperdigados y debilitados. Llegó a capas racionales y emocionales de una sociedad cuyo sentido común, si bien sigue atado a los mecanismos sexistas de la cultura de masas, tiene grietas para celebrar. Porque en este tema y en otros, precisamente es por las grietas que es posible ingresar al pensamiento hegemónico, fosilizado primero por el patriarcado y luego por la industria del entretenimiento y la lógica de la publicidad.

El patriarcado goza de buena salud y permanece naturalizado en miles de escenas cotidianas que protagonizan mujeres y hombres anónimos sin preguntarse si está bien o si está mal, si los hace felices o infelices, si es justo o es injusto todo el amplio abanico del maltrato y el avasallamiento. Sigue muriendo asesinada una mujer por día, y en general es asesinada por decir que no. Porque no quiere seguir adelante con una relación sentimental, o porque se resistió a un abuso o una violación: son los dos grandes móviles de los femicidios. Ahí está la cosificación hecha delito y hecha a su vez cultura: las mujeres no podemos decir que no en muchas circunstancias. Lo primero de lo que nos despoja el patriarcado es del poder de decisión.

Cuando hablamos de patriarcado, solemos pensar en la cultura judeocristiana. Pero patriarcados hubo y hay en muchas culturas, también en esa otredad geográfica y simbólica, como la asiática y la africana. Esos sistemas jerárquicos, muchos de cuyos rasgos ignoramos pero algunas de cuyas características reconocemos, mantienen la dominación de un género sobre el otro, y adoptan otras formas pero mantienen su esencia. En distintas épocas, en distintas lenguas, nuestra especie ha elaborado esos sistemas políticos, económicos y culturales tan disímiles unos de otros, pero constantes en la variable del sojuzgamiento de las mujeres. En China les quebraban los pies para convertirlas en fetiches vivientes. En algunos países africanos todavía les mutilan los genitales para dejar asegurada en principio la fidelidad, pero en el fondo el linaje: la cultura las ataca quitándoles la posibilidad el placer.

Hace un instante histórico que podemos elevar la figura del femicidio como escándalo o ignominia. Hasta hace muy poco, esos asesinatos no eran visibilizados ni cultural ni institucionalmente como hechos devenidos del odio de género. Algunos de ellos eran vistos por la cultura de masas como “excesos de amor” –y se los musicalizaba con fondo de boleros–, y otros como consecuencia de la provocación de las mujeres. Hoy podemos inferir que la provocación de esas mujeres, muchas de ellas apenas niñas, consistía precisamente en ser mujeres. Ser mujer, allanadas todas las excusas cómplices de la violencia, era un móvil para golpear, abusar, insultar, agredir, despreciar, explotar, acosar. El asesinato era el exceso de lo normal. Si hoy podemos inferir que esas excusas de la pollera corta, la insumisión o la vida ligera eran excusas cómplices es porque por la grieta del sentido común hemos logrado colectivamente sacarle la máscara a ese dispositivo mediático que retroalimentaba la idea de que “algo habría hecho” esa mujer.

Así de empañados están los ojos de nuestra cultura, que es falocrática. Tienen lagañas hechas costra para mirarnos. No quieren mirarnos a los ojos, porque alguien perdería dinero. La cultura de masas está estructurada en base a las mujeres como embajadoras de la limpieza de las medias de los hijos, y como cocineras a punto de la cena que encuentra el varón al llegar a la casa. Fuera de los roles de madre y esposa, las mujeres somos mercancías que la cultura de masas ofrece a sus audiencias mixtas. Y no se trata sólo y nada menos que del entretenimiento televisivo. En uno de los recientes avisos institucionales del gobierno macrista, uno de esos en los que mucha gente termina haciendo una empanada, se ve a la madre, se ve a la maestra, se ve a costurera, y después viene el diputado, el ministro, el presidente. El dudoso gabinete del brasileño Temer, por otra parte, ofrece otra postal de género de la derecha corporativa: ni un negro ni una mujer. Cuando se habla de la restauración de la derecha, también se habla de esto: de la restauración de la división patriarcal del trabajo.

Desnaturalizar. Informarse. Indignarse. Gritar. Luchar con otros. Es la secuencia de los cambios culturales. Estamos al principio de un camino lateral del que venimos recorriendo desde hace muchos siglos. El patriarcado no es un tema de hombres contra mujeres, sino un sistema de castración para las mayorías y un destructor de la empatía entre géneros y transgéneros. Por delante no hay una avenida, sino senderos que habrá que seguir uniendo. Hoy hay más conciencia, más voces, más espacio para decir estas cosas que un año atrás, pero sigue muriendo una mujer por día después de decir que no. Y a la violencia que conocíamos hace un año, se le ha sumado la violencia política cuyo objetivo ejemplificador es una mujer de piel oscura, rasgos collas y la insolencia de haber desafiado al establishment blanco en Jujuy. A Milagro, libre la queremos.

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