EL PAíS › LA SANGRE NO LLEGO AL RIO ENTRE KIRCHNER Y LAVAGNA, PERO LA TENSION FUE REAL

Entre el cruce y la reconciliación

Paradójicamente, la negociación de la deuda es la fuente
de las tensiones entre el Presidente y su único ministro con base propia y también es el yugo que los une. Lo que hace posible que, terminada la batalla con el Fondo y los bonistas del ancho mundo, cada uno siga por su lado.

 Por Mario Wainfeld

Un escenario posible, no más que eso ni nada menos que eso, se ha instalado en la política argentina. Los analistas, los propios involucrados, otros protagonistas de primer nivel han cavilado sobre el tema en estos días y lo tendrán presente de aquí en más. No es un anuncio, ni un augurio, es una hipótesis de trabajo que nadie podrá soslayar al decidir sus conductas y sus tácticas. No es el escenario más posible ni el más racional. La conveniencia aúna al Presidente y a su ministro de Economía. Sus enfrentamientos de estos días no hicieron llegar la sangre al río. Lo más racional, lo más factible, es que la dupla siga su ciclo por cuatro años. Pero nadie puede dejar de tener en cuenta que, cuando se termine las negociaciones con los acreedores privados y con el Fondo Monetario Internacional (FMI), puede ocurrir que Roberto Lavagna deje de integrar el gabinete de Néstor Kirchner.
Es crónica y congénita la tensión entre el Presidente y el único de sus ministros con rango de presidenciable y con peso político propio en la opinión pública. La tensión tiene sus picos, sus mesetas y sus hondonadas y hasta ahora la vienen llevando bien. En los últimos tiempos ha escalado y tuvo su clímax a partir del episodio del Banco de Nueva York. Ese pico de presión ha sido controlado desde el primer nivel del Gobierno y de Economía que en las próximas semanas concordarán en “bajarle el precio” a lo sucedido. Y es predecible que esa crisis dentro de la crisis irá menguando.
Todo ocurrió simultáneamente con dos situaciones que mostraban un recalentamiento dentro de la crónica tensión: las tratativas con la República Popular China y el anuncio del “paquete social” de fin de año (ver recuadro aparte). Venía habiendo reproches mutuos, desplazamientos, críticas cruzadas. Pero el epicentro del sismo de estos días ocurrió cuando el Banco de Nueva York anunció que se desvinculaba del canje de deuda. Desde el ala política del Gobierno, en forma muy concordante, se hizo saber:
a) que Kirchner se había enojado mucho,
b) que Lavagna se había equivocado en su trato con el mentado banco. Error que algunos cargaban sólo en la mochila del ministro y otros en la del secretario de Finanzas, Guillermo Nielsen, y el subsecretario de Financiamiento, Leonardo Madcur. Nielsen acompaña a Lavagna desde su gestión con Duhalde, no es hombre de su riñón pero sí tiene la camiseta de su equipo. El joven Madcur es, cuentan los íntimos del ministro, uno de sus funcionarios favoritos, “su pollo”, al que distingue con una peculiar confianza política. Es del caso señalar que Nielsen y Madcur tienen una buena relación de trabajo que se prolonga a su trato personal.
El relato de la Rosada variaba según los protagonistas y los auditorios. Algunos ministros comentaban, con tono entre tolerante y perdonavidas, “Roberto cometió un error”, ante oídos periodísticos. En la intimidad (ver nota aparte) había más crueldad.
La distancia entre Economía y la Rosada (el ancho de la calle Hipólito Yrigoyen) no se basta para amenguar la potencia de las malas ondas. Lavagna la registró y acumuló bronca.
Nielsen, en su cono del silencio sito dentro de las cuatro paredes del décimo piso de Economía, definió la situación ante sus confidentes: “Me tiran todos los días un camión atmosférico”. La acusación básica fue haber omitido firmar un contrato con el BdNY. La réplica oficial de Economía fue que hubiera sido un dislate suscribir un acuerdo con el banco que hubiera expuesto al país a un juicio en caso de rescisión. La réplica no oficial, mencionada intramuros, fue acusar a Alberto Fernández de propalar las invectivas al ministro. Sin privarse de señalar que Fernández no califica para hablar de negociaciones internacionales ya que, entre otras cosas por no saber inglés, no es apto para dialogar con ellos.
Fernández y Lavagna tienen una proverbial mala relación. El jefe de Gabinete, como muchos kirchneristas, incluyendo al Presidente, endilga al jefe de Economía excesivo individualismo y protagonismo. Lavagna lo sospecha de intrigante y lo sindica como un hombre que se inmiscuye en competencias para las que no califica técnicamente. Ante sus colaboradores, Lavagna pasa lista de los cavallistas que, según él, aconsejan a Fernández: Horacio Liendo, Marta Oyhanarte, algún otro. Las reyertas entre el jefe de Gabinete y el principal ministro son un clásico de esta gestión, casi tanto como las que enfrentan a Lavagna con Julio De Vido y ya es decir mucho.

Los límites de Pepito

Pero esta vez el clima se puso espeso como casi nunca. Tanto que un colaborador estrecho de Lavagna la ranqueó como una de las dos más tensas de toda su relación, la anterior fue en la culminación de una negociación con el FMI.
Sin embargo, nadie creyó en el Gobierno que la cosa llegaría más allá de lo que ocurrió. El miércoles, en el epicentro de la tormenta, antes de la postergación del lanzamiento del canje (que obró como factor de consenso y bálsamo), una figura esencial de Economía desdramatizaba (ma non troppo) el entuerto. “No pueden desplazarnos –discurría ante Página/12–, debilitaría ferozmente el frente interno y Kirchner lo sabe. Además, imaginen que alguien, llamémoslo Pepito, supliera a Lavagna. ¿Qué margen tendría para negociar? No podría cambiar la oferta en perjuicio de los acreedores que se retirarían en malón. Y si la ‘mejorara’ acá lo lapidarían en horas.”
“¿Quién podría ser Pepito?”, se interesa Página/12. “Hay una sola persona que se está moviendo descaradamente en ese rumbo”, comenta el funcionario y señala con precisión de su despacho hacia afuera, hacia la histórica Plaza de Mayo. Página/12 tiene una dificultad, se desorienta fácil en los edificios grandes. Debe asomar a la ventana y corroborar con su mirada el rumbo que señala el brazo del interlocutor. Es una línea de puntos que va hacia la calle Reconquista, rumbo a la avenida Corrientes. En Reconquista al 200 están las señoriales oficinas del Banco Central de la República Argentina donde hoy sienta sus reales Martín Redrado.
Acudiendo a su memoria y en tono de pura especulación, Página/12 rememora que en la anterior crisis que menta su contertulio sonó el nombre de Javier González Fraga. En esa época, éste tenía un lastre ilevantable: es amigo, y hasta maestro, de quien entonces era presidente del Central Alfonso Prat Gay y de Pedro Lacoste, principal integrante del directorio. Era inimaginable que Kirchner, celoso de centralizar el poder, dejara en manos de un grupo tan estrecho el manejo de la economía y de la moneda. Hoy, Prat Gay y Lacoste no están más en funciones.
Pero eso son sólo especulaciones, razonamientos virtuales. Aunque es cierto que, si se terminara con éxito el canje, el argumento esencial para dictaminar la inviabilidad de Pepito pierde bastante fuerza.

Razones y sinrazones

La jerga política cotidiana acuña vocablos típicos de toda habla profesional, pragmática, algo cínica, desdeñosa de la ambigüedad. “Instalar” y “esmerilar” son dos palabras de esa parla, que hoy vienen a cuento. Es patente que la Casa Rosada (en su conjunto, empezando de su vértice) quiso “esmerilar” a Lavagna “instalando” como tópico su traspié con el ya mítico BdNY. Le pasó una factura, quiso llegar sólo hasta ahí... y generó un huracán. Ahí brotaron, como ya es de rigor, las desmentidas, las sorpresas por el modo en que se trató la información. Al disco rígido del Gobierno le aconteció algo que le es habitual, las versiones que echó a correr cobraron más fuerza de lo que esperaba el emisor. Nadie es dueño de la información que emite en una sociedad compleja, una lección que el oficialismo olvida con asiduidad preocupante.
Hasta acá los hechos. Lo demás es futuro, lo que implica decir dinámica de impensado, librada en buena medida al obrar de los mismos protagonistas. Especulemos, pues, con cautela.
Kirchner y Lavagna son dos aliados firmes que vienen consiguiendo un éxito impensado, a fuer de alto. Su reputación ha crecido, manteniendo la relación de primacía del Presidente, combinación virtuosa que debería ser un reaseguro para la continuidad. Kirchner es avaro a la hora de decidir cambios en sus gabinetes. En Santa Cruz no lo hacía casi nunca. Argentina, un lugar más vasto y peliagudo para manejar, lo forzó a prescindir de Gustavo Beliz, de Alfonso Prat Gay y de Torcuato Di Tella, pero su criterio básico sigue indemne.
Lavagna es mucho más político de lo que suele parecer y sabe hasta dónde llevar un enfrentamiento. El Presidente, a su vez, no es el adolescente setentista (víctima de sus rabietas y sus prejuicios) que gusta pintar la derecha mediática. Tiene, como buen peronista, un pragmatismo apreciable que lo lleva a manejar sus relaciones de poder con tino y astucia, refrenando sus tirrias y sus pasiones. Piénsese en cómo ha llevado, entre otras, sus cuitas con Estados Unidos, con Juan Carlos Blumberg, con el movimiento de desocupados, con Eduardo Alberto Duhalde. La competencia con su ministro estrella existe e incordia, los beneficios de la sociedad siguen siendo ostensibles.
Lo más racional, entre actores racionales que vienen acumulando juntos, sería seguir juntos y ése es un dato central. Un eventual distracto, después de una negociación exitosa podría en teoría tentar más al Presidente, para aliviarse de un rival político, que al ministro. Pero para cualquiera de ellos el riesgo de un cambio de elenco en un año electoral sería de temer.
Un rebusque periodístico, en temas a veces áridos, es acudir al bello verso borgeano dedicado a Buenos Aires que dice “no nos une el amor sino el espanto”. Parafraseemoslo. A los políticos de raza (venimos hablando de dos) no los une el amor sino el deseo, que suele ser más directo y lineal.
El escenario más lógico, aventada la crisis dentro de la crisis, es que la tensión entre la Rosada y Economía sea un dato que dure cuatro años. Y sin embargo, las inquinas existen, los enfrentamientos dejan su huella, los entornos suelen ser más crueles que los protagonistas y agravar el daño y los enfrentamientos. La crisis dentro de la crisis ya fue, sus propios actores la aplacaron. Empero, es el deber del cronista sugerir al paciente lector que relea el párrafo inicial de esta nota.

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